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viernes, marzo 10, 2023

Diligencias, caballos, mulas y borricos (2 de 2)

 Leer parte primera (1 de 2)

Otros carruajes y animales de carga y transporte

Las diligencias con tiros de 8 a 10 cuadrúpedos eran utilizadas en viajes largos. Para trayectos más cortos a poblaciones cercanas, estaciones de ferrocarril o dentro de la ciudad, se utilizaban los coches de colleras, con tiros de 6 mulas o menos. Otros carruajes menores eran las incómodas galeras y tartanas. Para uso privado existían variedad de modelos,  adaptados a las necesidades y encargos de los clientes.

Diligencia a la estación
Los trayectos cortos disminuían las horas de incomodidad, aun así, los inconvenientes no facilitaban las ganas de viajar. Incluyo un fragmento del relato contenido en el libro "Estampas requenenses", publicado en 1962, del cronista de Requena, Rafael Bernabeu López, que ofrece una imagen costumbrista del viaje en diligencia de Requena a Valencia, unos 68 km de distancia, para los que se tardaba día y medio en recorrer:
Hace cosa de doscientos años, la poca gente que tenía necesidad de viajar lo hacía en diligencia, cuando no en carreta o a caballo.
La diligencia era entonces el vehículo por excelencia; pero... Imagínense ustedes un carromato tambaleándose por endiablados caminos, entre barrizales y nubes de polvo; con mil atascos que el postillón resolvía con su látigo y la típica oratoria que dio nombre al cerro de la Hostia...

Dentro de aquélla maldita jaula, los infelices viajeros iban de un lado a otro, entre zarandeos y congojas que les ponían en trance de cambiar doblones y pesetas.
Ilustración de la portada del libro:
Young Americans in Spain de Miss Susan Hale
Fuente: Library of Congress
El servicio regular de diligencias entre Requena y Valencia data de mediados del siglo XVIII.
Nuestra diligencia era de cinco caballos y tenía su estación de servicio en el parador del Conde o del Carmen (propiedad entonces de don Nicolás García-Dávila, conde de Ibangrande); luego, en el Portal y, por último, en el de San Carlos.

De buena mañana, unos bocinazos prevenían a los viajeros. Tras las despedidas y reiteradas recomendaciones, restallaba la fusta del mayoral, y el pesado vehículo, entre adioses y cascabeleos, abandonaba la ciudad.

Horas después, en la venta del Relator o en Venta Quemada, cambio de caballos; pues lo de la parada y fonda no rezaba con los que llevaban avío para una semana y una bota de media arroba para distraerse en tan largo camino.

Por la tarde, se escalaba penosamente el Portillo de Buñol, llegando los molidos viajeros a la posada de Chiva, donde finalizaba la primera etapa.

Al día siguiente, a rodar de nuevo en post de los paradores del Poyo y del Ciprés. El cruce de la llanada de Cheste-al-campo era ya coser y cantar.

Al fin, el bravo conductor detenía su polvoriento carromato junto a la muralla, en la puerta de Cuarte. Y entre dos luces, la diligencia hacía su entrada triunfal en la famosa Valencia, rindiendo viaje en el parador de la Carda, próximo al mercado.
Y los viajeros, renqueando como inválidos, abandonaban aquella maldita nave, dando gracias al Altísimo por el feliz arribo.

Dos días después, la diligencia emprendía el regreso con nuevas víctimas que llegaban derrengadas y maltrechas a la famosa Requena.
Una vez en la ciudad, había la posibilidad de tomar un "taxi", es decir una tartana, en plan económico, o un coche de caballos o calesa, si la economía lo permitía, y la categoría de la población lo hacía posible. En su visita a Valencia, en 1859, el escritor y dibujante A. C. Andros y acompañante, alquilan una tartana para un recorrido por la ciudad:

Tartana
Amias Charles Andros (1837-1898)
Pen and Pencil, Sketches of a Holiday in Spain
1860
Fuente: Ministerio de Cultura...
Hacia el mediodía alquilamos una tartana o taxi español. Un vehículo cubierto, totalmente carente de suspensión y terriblemente incómodo, en el que nos zarandean y mueven hasta la Alameda, o paseo público, una hermosa avenida que bordea las orillas del río Turia, o Guadalaviar, atravesado por dos enormes puentes, aunque el arroyo, al ser utilizado en gran medida para regar el país, está casi seco. Glorioso es el paisaje circundante, rico en álamos, algarrobos, olivos y palmeras...

Más explícito se muestra el barón de Davillier, en sus comentarios sobre un trayecto de Valencia a la Albufera, en una tartana o galera, quien en compañía del ilustrador Gustave Doré, recorrió España hacia 1860, publicando por entregas su experiencia entre los años 1862 y 1873. 

Un tartanero
Dibujo de Gustave Doré (1832-1883)
L'Espagne
Barón C.H. Davillier
Llegó el momento de partir; habíamos tenido la precaución de contratar con varios días de antelación una tartana en la posada de Teruel, porque todos los vehículos de cualquier clase, estaban comprometidos para el día grande. Antes del amanecer, nuestro tartanero nos esperaba en la puerta de la fonda; poco después salimos de Valencia, echando una mirada de despedida a sus campanarios; pasamos bajo la soberbia puerta de Serranos, - la puerta de los montañeses, construcción del siglo catorce, cuyas dos torres maquiavélicas, iluminadas de rosa por los primeros rayos de sol, parecían una decoración de ópera. Pronto cruzamos el Guadalaviar, y entramos en la huerta.

Nuestro tartanero, que se llamaba Vicente, como las tres cuartas partes de los valencianos, nos hizo pasar por caminos abominables, con el pretexto de tomar el más corto, y nuestro vehículo, completamente desprovisto de resortes, se puso a dar espantosos saltos, para los que, afortunadamente, en nuestro viaje de Barcelona a Valencia habíamos empezado a acostumbrarnos. Sin embargo debo decir que Vicente no nos hizo caer, aunque se propuso adelantar a los carruajes de toda condición que llevaban muchos cazadores; sabía salvar los baches con gran destreza; se mostraba muy orgulloso de ello, y deseaba justificar ante los extranjeros, la reputación que tenía entre sus compatriotas de ser el más hábil calesero de toda España.

Para el transporte de las mercancías se utilizaban tartanas adaptadas, y sobre todo, carros en multitud de formas y armazones.
Amias Charles Andros (1837-1898)
Pen and Pencil, Sketches of a Holiday in Spain
1860
Fuente: Ministerio de Cultura...


A su paso por Sagunto, A.C. Andros, se sorprende por la cantidad de carros y personas, camino del trabajo en el campo.

Los caminos llenos de campesinos, que van a su trabajo diario. Numerosos carros cargados con figuras recostadas, y acompañantes, sentados de lado en sus pacientes mulas, adornadas con llamativas borlas rojas, pasan a nuestro lado a cada minuto. Los carros son artilugios primitivos, que no tienen más que una plataforma de madera montada sobre ruedas, con toscos palos en los laterales. 


Carro transportando tinajas en Murcia
La curiosa fotografía de 1870, tomada por Jean Laurent (1816-1886), sirvió para ser reproducida en varios libros de viajes posteriores. El grabado de la derecha fue incluido en un libro de 1894  


  
Carro con seis mulas en Toledo
Young Americans in Spain de Miss Susan Hale
Fuente: Library of Congress

Caballos, mulas, burros, asnos y animales de carga, fueron indispensables en España, hasta mediados del sigo XX. Sin ellos, las actividades cotidianas de las personas hubieran sido enormemente duras y penosas. La compra-venta de caballerías, llegó a ser uno de los negocios más lucrativos, y origen de algunas acaudaladas fortunas.
Grupo de asnos y mulas en los alrededores de Aranjuez
Dibujo de Gustave Doré (1832-1883)
L'Espagne
Barón C.H. Davillier

En el pasaje del viaje a Toledo desde Madrid, el barón Davillier escribe:  

El viaje desde Madrid se hace ahora por ferrocarril, y sólo requiere tres horas. Hacía poco que había salido el sol, cuando el ómnibus de la estación vino a recogernos a la fonda; bajamos rápidamente, y apenas tuvimos tiempo de saludar al pasar por la Puerta del Sol, donde los rayos del sol naciente coloreaban de rojo los agrietados muros. Sobre el camino  se alzaba una nube de polvo levantada por una interminable caravana de burros y mulos cargados de agua, carbón, haces de leña, frutas y verduras, y otras provisiones para la ciudad; los campesinos a pie subían lentamente por la colina junto a sus bestias, tatareando su monótona canción.

Entre las tareas, en las que se empleaban animales, las había de todo tipo, y unas eran menos penosas que otras, al igual que el trato de sus dueños, que variaba según el carácter de los mismos, y su estado de ánimo diario. En el grabado siguiente, Gustave Doré dibuja una escena, en la que una pobre mula, da vueltas a una noria, mientras dos niños pequeños la azuzan, golpeándola con palos, el padre, de pie, los observa, y la madre, sentada de espaldas, sostiene entre sus brazos otra criatura.  

La noria
Dibujo de Gustave Doré (1832-1883)
L'Espagne
Barón C.H. Davillier

Para los burros y asnos, estaban reservadas tareas conforme a su tamaño y fuerza, siendo una de las más comunes, la de acarreadores de cántaros y tinajas con agua, para suministro de propios y extraños, oficio que ejercían los aguadores.
Burros transportando cántaros de agua
Young Americans in Spain de Miss Susan Hale
Fuente: Library of Congress
En los años 1823 y 1850, el médico e historiador francés, Émile Bégin (1802-1888), viajó por España y Portugal, y en 1852 publicó un libro con sus impresiones sobre el país, habitantes y costumbres, dedicando un capítulo entero al agua, los aguadores y aspectos relacionados con la tarea, en distintas zonas de la Península.
Aguador y clientes en Granada
Ilustración de Rouargue frères
De Voyage pittoresque en Espagne et en Portugal
 
El agua, considerada como una mercancía, sostiene, alimenta cantidad de empleos. Mientras que en Francia, el oficio de porteador de agua no se ejerce más que en Paris, en España se encuentra en todas las principales ciudades; en Madrid, una plaza de aguador se vende como un cargo de notario. Desde que un aguador de nombre, es decir un comerciante de agua consigue el puesto, hereda la clientela de su predecesor, convirtiéndose en el proveedor de confianza, recibe encargos, hace recados y vive a expensas del burgués. El aguador es necesariamente, un gallego. En Sevilla, Cádiz, Málaga, Valencia, los aguadores comercian y forman un gremio numeroso. Son los auténticos, los únicos dispensadores de la salud pública. Especialmente en Sevilla, una ciudad elegante donde, incluso en las cosas más pequeñas, hay una cierta búsqueda del buen gusto y de la limpieza, los aguadores se distinguen por su manera de mostrar la mercancía o por la forma especial de distribuirla. Sus pequeños negocios están llenos de plantas, con ramas de limonero, naranjo o higuera; recorren las calles con cántaros de arcilla amarilla, ...
Émile Bégin. Voyage pittoresque en Espagne et en Portugal. 



Los aguadores
Source gallica.bnf.fr / BnF 






Grabado de Gaston Vuillier (1845-1915), que muestra a los aguadores, y gentes con cántaros de agua, dirigiéndose a la puerta de Las Tablas, en Ibiza, que da acceso a la ciudad alta o vieja (la Vila)
Ilustración incluida en el libro Les Iles oubliées del mismo autor que el dibujó, publicado en 1893.
 





 

—¡Oh hijo de mis entrañas, nacido en mi mesma casa, brinco de mis hijos, regalo de mi mujer, envidia de mis vecinos, alivio de mis cargas y, finalmente, sustentador de la mitad de mi persona, porque con veinte y seis maravedís que ganaba cada día mediaba yo mi despensa!

Pasaje del "Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha", en el que Sancho Panza se lamenta del robo de su asno.



Sancho Panza y su asno

Grabado de Tony Johannot  (1803-1852)
Color digitalizado



Termino esta entrada con un cuadro costumbrista del pintor Eduardo Zamacois, en el que representa una estampa amable, que refleja la tozudez que la fama atribuye a los sufridos borricos.  

Regreso al convento
Eduardo Zamacois y Zabala (1841-1871)
Museo Carmen Thyssen Málaga














viernes, diciembre 16, 2022

Diligencias, caballos, mulas y borricos (1 de 2)

Campesina  a lomos de una mula (1835)
(Peasant girl on a mule)
Acuarela de John F. Lewis
The Sketches of Spain & Spanish Character
Fuente:Biblioteca del Banco de España
Tras la guerra de los españoles contra Napoleón, España, que hasta entonces había quedado relegada en las rutas viajeras, se puso de moda en Europa.

Los relatos de los soldados ingleses, franceses y otros países involucrados en el conflicto que, de vuelta a sus hogares, contaban sus impresiones y experiencias, despertaron la curiosidad de sus compatriotas, y los forasteros, trotamundos, aventureros y espíritus inquietos del continente comenzaron a llegar.

Algunos visitantes, reflejaron sus vivencias en forma de libros, o en entregas por capítulos encargados por editoriales, que debían incluir grabados, basados en dibujos o acuarelas, a veces realizados por los propios viajeros o algún artista que les acompañaba, y en otros casos, debidos a la imaginación basada en la descripción del relato. Muchas ilustraciones representaban imágenes con burros, mulas, caballos, diligencias, ventas y posadas.

Esta entrada está dedicada a los medios de transporte, y a los animales que hacían posibles los desplazamientos, y que eran esenciales en la vida cotidiana de las personas.

Las diligencias
El transporte de pasajeros, que perduró incluso después la llegada de las primeras líneas de ferrocarril, se hacía en carruajes tirados por caballos y mulas. A los viajeros extranjeros les causaba asombro la formación de los tiros de animales, y de los responsables de llevarlos a buen término, el mayoral, el postillón o delantero y el zagal o cuarteador.      
Diligencia
Amias Charles Andros (1837-1898)
Pen and Pencil, Sketches of a Holiday in Spain
1860
Fuente: Ministerio de Cultura...
"El transporte está formado por diez caballos y mulas, aparejados con extrañas y artísticas combinaciones de cuerdas, cadenas y cueros sin curtir; tan desvencijado es todo el atalaje que tenemos que detenernos cada hora, de promedio, para reparar los daños. El postillón, un joven de radiante aspecto, con un gran sombrero, pañuelo rojo anudado a su cabeza, chaqueta púrpura y pantalones azules, monta en cabeza, el mayoral, o conductor, sube al pescante y agarra una gruesa cuerda sujeta a los cabestros; el zagal, o ayudante se abalanza sobre los caballos y los azota sin piedad. Todos gritan y chillan al unísono: "¡arrea!¡arrea!¡alza!¡alza!¡alza!" y salimos con toda la fuerza que los animales se permiten". 

Los caminos estaban llenos de peligros y obstáculos, y en los pasos montañosos había que reducir la marcha y extremar las precauciones, sobre todo cuando la oscuridad de la noche hacía más arriesgado el viaje.

Puerto de Arenas (ruta de Granada a Jaén)
Grabado sobre dibujo de Gustave Doré
L'Espagne (1862-1873)
Barón Jean Charles Davillier (1823-1883)
Source gallica.bnf.fr / BnF 
"Los desfiladeros desiertos que recorríamos se prestaban admirablemente a historias de bandoleros; a un lado del camino, un precipicio cuyo fondo se perdía en la oscuridad; al otro lado, una alta pared de rocas escarpadas que se alzaban sobre nuestras cabezas como gigantescos obeliscos; a veces un enorme bloque, que se había desprendido del macizo, sobresalía por encima de la carretera, y parecía haber sido detenido en su caída por la mano de un gigante. El gran farol de la diligencia iluminaba la escena con fantásticos destellos; la luz se reflejaba en el más pequeño saliente de las rocas, que proyectaban grandes sombras, cambiando sin cesar en formas diferentes. Las diez mulas de nuestro largo carruaje hacían brillar sus pompones, las primeras a plena luz, las otras se perdían poco a poco en las sombras; el cielo, oscuro y tormentoso, sólo mostraba unas pocas estrellas; si, en un recodo del camino, hubiéramos visto unas toberas, parecidas a las que tienen los órganos de las iglesias españolas, nos hubiera parecido lo más natural del mundo, y bastante acorde con la situación en el sombrío puerto de Arenas: tal es el nombre de este desfiladero, poco tranquilizador para los tímidos o crédulos, que todavía creen en los bandidos."

Los percances y accidentes, principalmente vuelcos de los carruajes, eran más frecuentes de lo deseable. El estado de los caminos no ayudaba a los vehículos, que a veces volcaban a causa de baches, o quedaban atascados en vados y barrizales. 

Un accidente
Grabado sobre dibujo de Gustave Doré
L'Espagne (1862-1873)
Barón Jean Charles Davillier (1823-1883)
Source gallica.bnf.fr / BnF.
"La diligencia es el medio de transporte aristocrático que sólo circula por los caminos reales o carreteros. Aunque sería más exacto decir: sólo ha circulado, ya que desde que hay ferrocarriles en España, este anticuado vehículo ha desaparecido casi por completo. Otra de sus desventajas, no estaba exenta de peligro: era cuando se producía un "vuelco", es decir, cuando la diligencia volcaba, lo que pasaba con demasiada frecuencia, y el mayoral se exponía a una multa de doce duros  (unos sesenta francos). Dos veces tuvimos que pagar, y nos levantamos sanos y salvos; pero no siempre escapa uno tan felizmente de semejantes accidentes: en nuestro viaje de Barcelona a Valencia, nos mostraron un espantoso barranco en el que se había precipitado una diligencia, arrastrando en su caída a pasajeros y caballos."


Paso del Coll de Balaguer
Dibujo y grabado de Rouargue fréres
Voyage pittoresque en Espagne et Portugal (1852)
Émile Auguste Bégin (1802-1888)
 Source gallica.bnf.fr / BnF.

Las diligencias tenían que hacer paradas como máximo cada dos horas, para descanso de animales y pasajeros, y en ocasiones para relevo del postillón y zagal. El grabado inferior, representa una parada en Illescas, en el camino de Madrid a Toledo, y que aún hoy en día, con los vehículos a motor, mantiene la costumbre de ser lugar de parada. 

Un descanso en Illescas, entre Toledo y Madrid
Grabado sobre dibujo de Gustave Doré
L'Espagne (1862-1873)
Barón Jean Charles Davillier (1823-1883)
Source gallica.bnf.fr / BnF 

"Paramos en Illescas, a mitad de camino, para disfrutar de un descanso muy necesario, a despecho de la singular etimología, según la cual el nombre de Illescas se formó con el principio y el final de una frase en latín: Illic non quiescass: Aquí no descansarás. La cena en la posada inspiraba alguna desconfianza al viajero, sobre todo porque recordaba cierto capítulo de la novela de Lesage, en la que se dice que se ofreció un gato a Gil Blas bajo el nombre de liebre, gato por liebre, como dice el refranero español".

En las paradas de postas y ventas de los caminos, se juntaban gentes de todas las clases sociales: arrieros, viajeros de paso, campesinos, clérigos, soldados, alguaciles, aristócratas, etc. La convivencia, aunque temporal, no siempre resultaba fácil.
Interior de la venta de Los Alazores
Grabado de Valentín Foulquier (1822-1896)
Voyage en Espagne (1882)*
Eugène Poitou (1815-1880)
Source gallica.bnf.fr / BnF 
* Eugène Poitou y su familia viajaron por España en 1866
La primera edición del libro se publicó en 1869


"La situación no era precisamente alegre. Estábamos a cuatro leguas de Loja y seis de Málaga, en medio de montañas desiertas, en el lugar más espantoso y desolado. La noche era oscura, y una brisa helada soplaba desde las gargantas de la sierra. Nuestro único asilo era una miserable venta, la venta de los Arazolès (Alazores), no he olvidado su nombre, una especie de tugurio oscuro situado al borde de la carretera, y frente al  cual se había detenido la diligencia: demasiado afortunado todavía por encontrar en tal lugar cualquier refugio.  No hubo necesidad de deliberar. Seguimos penosamente a nuestras mulas, ya desenganchadas, y entramos tras ellas  por la única puerta de la casa. Consta de dos salas pavimentadas unidas entre sí. La más grande y confortable está al fondo, frente a la puerta: es el establo; la segunda es la cocina, en cuya pared extrema se sitúa una gran chimenea, de dos a tres metros de embocadura, con un hogar alto, en el que un hombre puede ponerse de pie. El fuego está en el centro del hogar; uno se coloca a su alrededor. Una lámpara de hierro colgada de la campana de la chimenea ilumina la estancia. No hay habitaciones ni camas: por encima lo único que hay  son buhardillas y desvanes, donde duermen los dueños de la casa. Fue en este agradable lugar donde tuvimos que pasar la noche".

 
Venta del Baúl
Adolphe Rouargue (1810-1870)
Crónica General de España (1864)
Cayetano Rosell López (1817-1883)
Fuente: Biblioteca Digital de Madrid

Una venta
Dibujo y grabado de Rouargue fréres
Voyage pittoresque en Espagne et Portugal (1852)
Émile Auguste Bégin (1802-1888)
Source gallica.bnf.fr / BnF.
Durante los largos viajes podían ocurrir mil incidentes o anécdotas, pero lo que nunca faltaba, era el grupo de curiosos, mensajeros, recaderos y mendigos que rodeaban a los viajeros recién llegados. 
Llegada de la diligencia a una posada de
 La Mancha (Santa Cruz de Mudela)

Grabado sobre dibujo de Gustave Doré
L'Espagne (1862-1873)
Barón Jean Charles Davillier (1823-1883)
 Source gallica.bnf.fr / BnF 
"Estas fueron las reflexiones de un español, nuestro compañero de viaje; cuando llegamos a Santa Cruz de Mudela y nos vimos acosados por mendigos, nos sentimos mucho más inclinados a compadecer a estos desgraciados que a culparlos. Santa-Cruz de Mudela es un pequeño pueblo, o más bien una gran aldea, de un aspecto triste y miserable, donde las calles están llenas de baches: en invierno, uno corre el riesgo en la oscuridad, de hundirse en el profundo barrizal, y en verano, verse medio asfixiado por espesas nubes de polvo. La mayoría de las casas son bajas y las ventanas tienen rejas de hierro. Estos sólidos enrejados, a veces, están artísticamente trabajados: la mayoría están coronados por un remate y una cruz; comprobamos que algunos databan del siglo XVI. Santa Cruz, compite con Albacete, en lo que a cuchillería popular se refiere, y cuyos productos ya hemos descrito: es para esta ciudad lo que Langres y Chatellerault son para nosotros. Desde que el tren se paró, fuimos asediados por mercaderes de navajas, puñales, cuchillos, etc. Compramos algunos objetos para ajustarnos a la tradición, y para fomentar una industria que todavía tiene que hacer progresos para igualar a la de Sheffield".

Los alojamientos donde hospedarse evolucionaron con los años, pero sobre todo a partir del desarrollo del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX, y el aumento de poblaciones intercomunicadas, con el consiguiente movimiento de viajeros. A las ventas, fondas, posadas y casas de huéspedes, o de pupilos de la primera mitad del siglo, siguieron la apertura de establecimientos hoteleros. Los viajeros extranjeros utilizarán cualesquiera de los hospedajes, según la ocasión, disponibilidad y recursos económicos a su alcance. En ocasiones pernoctarán en alguna de las ventas situadas a lo largo de las carreteras, que por lo general no despertarán elogios de los invitados.
  
Venta de Benecasi (Benicasim)
Litografía de Charles J. Hullmandel (1789-1850)
Según boceto del autor del libro (nov. 1813)
Views in Spain (1824)
Edward Hanke Locker (1777-1849)
Fuente:
"La Venta de Benecasi (Benicasim) puede servir como ejemplo de las ínfimas posadas de España. La cocina es el lugar de reunión de toda la familia, sin excluir a las cabras, los cerdos y las aves de corral, que hacen de ella su morada. Las puertas rara vez se cierran, incluso por la noche. Bajo la campana de una enorme chimenea aparece la anfitriona, en alegre atuendo, ante su sartén humeante, que fríe sucesivamente pescado salado para los arrieros, tortilla y tocino para los mejores huéspedes, con aceite y ajo para todos. Aquí ella es la reina suprema, pues todos los demás, cualquiera que sea su rango o categoría, se mezclan en perfecta igualdad. Los españoles hablan con voz muy alta, pero en medio de todo el clamor y confusión, su voz y autoridad prevalecen. Los invitados con sus cigarros, forman grupos y bromean sin parar, con alegría. Es su mayor deleite, y no hay pueblo en la tierra que los supere en humor vulgar. Aquí, por la noche los arrieros descansan en sus monturas; sus mulas y carros están en una dependencia exterior, donde comúnmente se encuentra el pozo que genera miríadas de mosquitos que infestan las habitaciones superiores, junto con los parásitos habituales". 
Llegando a la posada (1853)
Dibujo de Lady Louisa Tenison y Mr. Egron Sellif Lundgren (1815-1875)
Castile and Andalucia (1853)
Lady Louisa Tenison (1819-1882)
Fuente: Ministerio de Cultura...
El Correo español de Toledo
Cuadro de Alexander von Wagner (1838-1919)


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