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martes, junio 18, 2019

Los prisioneros franceses de la isla de Cabrera: parte cuarta

Viene de la parte tercera

Los intentos de fuga
En la mente de todo preso está el de escapar de su encierro, y en Cabrera no faltaron los intentos de fuga, con la culminación de algunos. Uno de los más verídicos tuvo lugar el 4 de agosto de 1809, y tuvo como objetivo la barca cargada con barriles de agua, algunos de los cuales estaban destinados a los enfermos del hospital. Aprovechando la ausencia de las cañoneras de vigilancia, un grupo de 9 marinos de la guardia capturaron la embarcación y  pudieron llegar a Barcelona tras tres días de travesía. Como consecuencia de la evasión, la Junta de Palma, cesó el suministro de agua y restringió algunos víveres, para restituir el precio de la embarcación, tasada en 350 libras, a su propietario.


La evasión de los marinos de la Garde Impériale
(D
el libro de Henri Ducor,  Aventures d'un marin
de la Garde Impériales, edición 1858
)
Otro intento de fuga relevante ocurrió el 14 de febrero de 1810, cuando la dirección de los vientos impide atracar en la bahía principal al barco con víveres, que había sustituido a las barcas de provisiones, debiendo recalar en la cala en Ganduf, situada al este del puerto. El transporte traía víveres para seis días y cuando se había descargado una parte, un grupo de marinos de la guardia seguidos por varios oficiales, se lanzaron sobre la embarcación para hacerse con ella. Los gritos de la tripulación, la afluencia de prisioneros y el estruendo que se formó, alertaron a las cañoneras que acudieron al lugar, pero antes, los propios prisioneros que vieron como la mayor parte de sus provisiones no se descargaban, empezaron a lanzar piedras sobre sus compañeros, frustrando la fuga. Un furriel murió y varios asaltantes resultaron heridos.

Una de las tentaciones de fuga más factibles era la de apoderarse de alguna embarcación de pesca de las que frecuentaban las aguas de Cabrera, y seguro que hubo intentonas ya que la Junta de Gobierno de Palma y el comandante de la fragata Lucia, que custodiaba la isla, reiteraron en varias ocasiones a pescadores y paisanos, la prohibición absoluta de acercarse a las costas de la isla.


Otras tentativas de fuga tuvieron como objetivo el de escapar, en embarcaciones construidas por los propios prisioneros, frustrándose la mayoría. En los libros de memorias franceses se describen varios tipos de intentos de fuga, algunos de los cuales tienen poca verosimilitud, como el que describe Bernard Masson en un breve libro titulado "Évasion et enlèvement de prisonniers français de l'île de Cabrera", publicado en 1839. El sargento Masson, es capturado en la zona de Olot en marzo de 1811, embarca en Tarragona con destino a Mallorca y posteriormente es trasladado a Cabrera. Tras varios intentos de fuga fallidos, el 20 de agosto de 1813 capturan la chalupa auxiliar de la fragata de vigilancia y escapan, tomando tierra en las costas argelinas el 24 de agosto. Tras la espera de su repatriación, el consul francés en Argel consigue que un corsario los evacúe de las costas africanas. Desembarcan en Peñíscola el 21 de septiembre, donde había una guarnición francesa de 600 hombres. Tras pasar varios meses en acuartelamiento, intenta y finalmente consigue, que le autoricen a fletar un barco corsario para rescatar a prisioneros de Cabrera, lo que consigue a principios de marzo de 1814, aunque con resultados muy por debajo de sus objetivos, ya que únicamente puede rescatar a 38 cautivos.         

El día a día en Cabrera 

Las condiciones de vida en la isla sufrieron cambios durante el cautiverio, y evolucionaron con el transcurso de los años. La mayor mortandad, tuvo lugar durante el año 1809 y el primer mes del confinamiento fue especialmente cruel, ya que a la debilitada salud con que llegaron muchos prisioneros, empeorada tras el largo viaje desde Cádiz, se añadió la falta de medios y medicamentos para atenderlos. Si unimos a lo anterior, la escasez de agua potable, la falta de higiene y una insuficiente alimentación, no es de extrañar que hacia finales de mayo de 1809, habiendo transcurrido únicamente 15 días desde la llegada, 3 oficiales y 87 suboficiales y soldados hubieran perecido. J.A. Thillaye escribe lo siguiente:
Tan pronto como el hospital, cuyo establecimiento fue decidido por el consejo de administración, quedó instalado, acogió alrededor de doscientos enfermos, y pronto el número fue más considerable. El escorbuto y la disentería eran las enfermedades reinantes, el consumo de carne salada, la privación de agua, la falta de limpieza, fueron sin duda las causas que más habían contribuido a desarrollar estas enfermedades. No hubo más que un pequeño número de estos infortunados que pudieron recuperar la salud; todos los demás sucumbieron prontamente; y durante la primera quincena, perecieron de doce a quince enfermos por día.
Tras la primera salida de la mayoría de oficiales en junio de 1809, aumentan el número de enfermos y ante la petición a la Junta de Palma de conducir a los enfermos a hospitales en Mallorca, se les envía mas tiendas para albergar a los afectados. La ubicación de estas tiendas en una vaguada, cercana a la fuente, tendrá consecuencias funestas para sus ocupantes. La víspera de todos los santos de 1809 una violenta tormenta arrasa con las tiendas hospital, junto con algunas cabañas, y acaba con la vida de al menos 10 soldados, (en las memorias de L.F. Gille el número de bajas es muy superior, "Los enfermos, en número de más cincuenta, no teniendo más abrigo, perecieron en esta desastrosa noche. Sus cuerpos fueron arrastrados por el campamento en medio de torrentes de agua formados por las lluvias". 
Restos de las barracas construidas por los prisioneros
(Foto Gom, 2014)
En marzo de 1810, regresan a Cabrera los oficiales franceses que estaban confinados en Mallorca y Mahón, produciendo un efecto de renovada actividad. *Joseph Quantin relata lo siguiente en el libro publicado en 1820, Un Tour en Espagne:
El regreso de los primeros da al campamento un aspecto menos sombrío. Los diversos establecimientos fundados en la isla, tales como las tabernas, las salas de armas y de danza, y sobre todo el teatro, adquirieron mayor importancia. En Cabrera como en otras partes se mostraban al mismo tiempo la miseria y la opulencia. Los oficiales, que siempre habían tenido prerrogativas inherentes a su graduación; los suboficiales, que tenían lo se llamaba "des hommes de bois" (hombres que se supone que existen); aquéllos prisioneros que habiendo encontrado recursos en su oficio, estaban por lo general decentemente vestidos, y disfrutaban de una salud perfecta; por medio de algunas economías, todavía podían tener alguna distracción: En cuanto a los soldados, la mayoría estaban desnudos...
*Joseph Quantin (1788-1855), fue un escritor y autor de varias obras teatrales. Miembro y posible  fundador en 1819 de la logia masónica Rigides Observateurs, de la que formarían parte antiguos soldados. En 1820, publica en dos tomos, el primer trabajo extenso sobre los prisioneros franceses encerrados en los pontones de Cádiz y posteriormente en Cabrera. 
En la primera edición de 1820, no aparece el nombre del autor y el título de Un Tour en Espagne, va acompañado del subtítulo, de 1807 a 1809, dato extraño en tanto que según él, no abandonó Cabrera hasta julio de 1810. Las historias sobre sus andanzas amorosas, algunos otros datos erróneos y la brevedad de sus experiencias en la isla, me hacen sospechar que Monsieur Quantin no estuvo en Cabrera y que para su relato, se valió de lo narrado por otros soldados, especialmente por Louis François Gille, autor del mapa incluido en el libro. En 1824, se reeditarán los dos tomos, con el título de Trois ans de séjour en Espagne, en los que aparece Joseph Quantin como autor  y Monsieu P. Saint-Aubin como protagonista del relato sobre la estancia en los pontones ingleses desde 1793 a 1814.


Tras el primer año de estancia y sobre todo, tras la salida definitiva de los oficiales hacia Inglaterra, en julio de 1810, junto con clases de tropa como asistentes, el campamento tuvo que adaptarse a una nueva situación, en la que los pocos suboficiales y un par de oficiales de menor rango, se pusieron al frente del consejo de administración.

Entre una masa de soldados tan numerosa, las pendencias y peleas eran habituales y muchas de ellas se resolvían en duelos a primera sangre. Las armas empleadas eran bastones a los que se les incorporaba una hoja de navaja o medias tijeras atadas en un extremo del palo.


Para castigar a los culpables de delitos, principalmente el robo de alimentos, la comunidad de prisioneros disponían de un poste o tronco de árbol, en el que ataban desnudos a los reos y los mantenían así varias horas, a pleno sol. En otras ocasiones, en las que los perjudicados sorprendían a los ladrones, las emprendían a palos y a pedradas contra los infractores.


Para subsistir y mejorar las parcas raciones de alimentos, los más decididos se la ingeniaron para aprovechar los recursos a su alcance. A la pesca de pulpos, gambas, peces y moluscos, añadieron la captura de gaviotas, golondrinas de mar y sus huevos, así como la caza de conejos, ratones y ratas. Cuando la población de conejos disminuyó en Cabrera, los más dotados para la natación,  nadaron hasta la cercana isla de Conillera para proveerse de estos animales. En cuanto a las ratas, llegaron a criarlas a modo de granjas. 


La isla estaba dividida en varias zonas: el castillo, el almacén (la Cambuse)le Palais-Royal (centro del campamento donde estaban las mejores barracas), la colina de los 121, la de los marinos de Guardia, la de los muertos, la calle de quinta legión, la de la primera y el sector de la fuente.

Un buen número de las cabañas y construcciones que los prisioneros levantaron para habitar, poseían un pequeño espacio acotado con ramas, a modo de valla, que aprovecharon para cultivar un huerto-jardín, donde además de las plantas a su alcance, pudieron cultivar algunas verduras y hortalizas, con las semillas conseguidas por medio del capellán Estelrich, por marinos ingleses o proveedores mallorquines.

Otra de las grandes carencias padecidas por los recluidos fue la falta de ropa y calzado. Sin reposición de vestuario, la mayoría andaba descalzo, vestido con harapos y cuasi desnudos. En varias ocasiones hubo llamamientos del capellán Estelrich y de quienes tenían ocasión de visitar la isla, para intentar resolver la situación. En los libros, aparecen como benefactores, el general Rémy Joseph Isidore Exelmans, prisionero en Mallorca y posteriormente enviado a Inglaterra; la marquesa de Orleans, exiliada en las Baleares y también algunos navíos ingleses. En el Diario de Mallorca del lunes 25 de mayo de 1812, podemos leer un anuncio de colecta de ropa para los prisioneros inútiles a transportar a la costa de Francia:
    
Con el paso de los años, la estancia en Cabrera evolucionó hacia una adaptación de rutinas de subsistencia y supervivencia. Los prisioneros con oficios artesanales, los más habilidosos y también los más decididos, utilizaron sus habilidades y actitudes para prosperar ejerciendo distintos oficios y elaborando diversos objetos o pequeñas manufacturas, que vendían a comerciantes mallorquines. Los habilidosos con las armas ejercieron de maestros, enseñando sus técnicas a los que podían permitirse pagar las clases. Para quienes quienes querían aprender a leer, escribir y aprender nociones de aritmética, no faltaron profesores para instruirles. Henri Ducor autor del libro Aventures d'un marin de la Garde Impèriale, publicado en 1833, escribe lo siguiente:
El área de la fuente, cuya agua, casi nos abastecía desde que éramos menos gente, era el único lugar animado; fue allí donde nació una pequeña industria, había un flujo de cestas de mimbre, de bastones, de cajas de tabaco talladas, de cubiertos de madera. Todas estas pequeñas obras eran transportadas por el barco del pan, y con el producto de su venta, los prisioneros que las hacían podían comprar, de vez en cuando, una copa de vino en la cantina. Yo supe cómo mejorar mi condición: enseñé a leer a los acampados, lo que me valió dos panes adicionales al mes y algunas otras delicadezas. 
En lo que llamaban Palais Royal, la zona más concurrida  por la presencia de las cantinas, instalaban una especie de mercadillo, donde se exponían y se vendían o cambiaban, los  productos resultantes de las actividades de los ocupantes de la isla. La  moneda de cambio, cuando no había trueque podían ser las habas secas o incluso monedas, ya que junto con el dinero que algunos soldados pudieron conservar, se añadió el que algunos pudieron obtener con la venta de objetos o encargos de trabajos, hechos por comerciantes mallorquines y transportados por intermediarios, como los proveedores de víveres y los soldados que los custodiaban. Sobre el Palais-Royal incluyo un fragmento del libro publicado en 1867,  Cinq Ans de captivité à Cabrera, en el que su autor, que firma como L'abbé Turquet, dice recoger los relatos que su padre prisionero en la isla, les contaba:
...Para que nada faltase en nuestra plaza del Palais-Royal, los españoles de Mallorca y de Palma habían llegado a rodearla con lo que al estilo de la ciudad llamaban cafés, pero que nosotros simplemente llamamos, en términos militares, cantinas. Las provisiones de la cantina consistían en vino, pan blanco, carne salada y legumbres. El afán de la ganancia, mucho más que los pensamientos de la caridad, había empujado a los españoles a fundar en Cabrera estos pequeños cabarets, y sin embargo nos rindieron verdaderos servicios. En primer lugar, el que había sido capaz de salvar unas cuantas monedas de las muchas requisas que habíamos soportado, y el que por su oficio ganaba algo de dinero, encontró medios para aprovecharlo en la cantina; ... 
Nuestra plaza no sólo era el punto de encuentro de los paseantes, también tenía otro destino más serio: era nuestro mercado.  ¿Y qué podría venderse en Cabrera? Las mercancías, así como la moneda ordinaria de este mercado, dan idea del alcance de nuestra miseria. El dinero eran las habas;  pero la mercancía que se vendía a cambio de habas, eran ratas, ratones, algunos nabos, hojas de col, pescado, trozos de tela, y una serie de otros objetos, no menos propios para atestiguar nuestra pobreza.
Mientras hubo oficiales en Cabrera, ya fuera por su mayor formación urbana y también por
su iniciativa y capacidad de obtener recursos, llegaron a habilitar dos espacios, para representar funciones teatrales. El hecho de que hubiera músicos en el conjunto de prisioneros y que algunos consiguieran conservar sus instrumentos o hubieran podido hacerse con alguno, ayudó a amenizar las funciones de teatro o incluso a hacer audiciones musicales. Del libro Mémoires d'un conscrit de 1808, entresaco los siguientes fragmentos referidos a los dos "teatros" que hubo en Cabrera:
Los oficiales y suboficiales componían el consejo, algunos oficiales de sanidad y varios otros suboficiales de lanceros, hicieron el proyecto de hacer de comediantes. Hacía falta un teatro; se decidió emplazarlo a unos pasos tras la capilla...
El 8 de septiembre, (1809), fue la apertura del teatro campestre. Monsieur Vautour, le Désepoir de Jocrisse et le Billet de logement, recitados de memoria, fueron las tres piezas que los comediantes societarios representaron... 
... La cercanía del invierno vino a interrumpir el curso de las representaciones en  nuestro teatro campestre. El viento apagaba las antorchas y a veces la lluvia dispersaba a actores y espectadores.
 Nos preocupamos por remediar estos pequeños inconvenientes. Había en el flanco rocoso del castillo una cisterna; bajamos a su interior y la encontramos bastante espaciosa para servir de sala de espectáculo. Hicimos una abertura en uno de sus lados y elevamos el fondo con tierras contenidas por un muro de dos pies y medio de alto, que tenía todo el ancho de la cisterna. Viejas telas de las tiendas y cañas sirvieron de decoración. Se hizo traer desde Palma, algunos colores comunes para pintarlas; en fin, el 8 de noviembre (1809), tuvo lugar la apertura del nuevo teatro sobre cuyo telón se destacó esta frase: Obliviscitur ridendo malum.
A partir del año 2012 y sobre todo en el 2013, en los que las noticias sobre el devenir de la guerra empezaron a ser desfavorables para Napoleón, en Mallorca aumentó la presión de la opinión pública, pidiendo una solución para los confinados de Cabrera y proponiendo su aprovechamiento como mano de obra, incorporándolos según sus oficios a la actividad económica de Mallorca o bien empleándolos en el arreglo de caminos u otras obras, sin que prosperasen las iniciativas. Del Diario de Palma de 27 de agosto de 1813, extraigo el escrito firmado por F.J. y que coincide con las iniciales de Francisco Jáudenes, intendente de la Real Hacienda y comisario de guerra, quien se adhiere al escrito publicado en el mismo diario el día 24 de mayo, con el título Humanidad y conveniencia:


A estas alturas del conflicto, los palmesanos se preguntarían, el por qué había que seguir manteniendo  tal cantidad de prisioneros en una isla, y seguir gastando en ellos los escasos caudales disponibles, cuando sería mucho más práctico trasladarlos de una vez a su país y emplear los menguados dineros en otras emergencias ciudadanas, como el socorro a las viudas y huérfanos de la guerra.

En el último periodo de la estancia de los franceses, se establece la normalidad dentro de lo excepcional de la situación, y salvo los desarraigados y pusilánimes, el resto de los prisioneros se desenvuelven en un ámbito cotidiano de tareas. El hambre ya no es tan manifiesta, han encontrado los medios de producir y/o hacerse con alimentos, y aunque el agua potable sigue siendo un recurso escaso, han encontrado el modo de auto abastecerse. La producción de diversos objetos como cestos, calzado, cubiertos de madera, sombreros, cuerdas, figuras talladas de ajedrez y religiosas, cajas, botones,  etc. les proporcionan ingresos para ayudarles a mejorar las precarias condiciones de su cautiverio. Como ejemplo de la variada actividad de los recluidos, está el hecho de que produjeran cal a partir de las rocas calizas de la isla, como da testimonio el siguiente anuncio publicado en el Diario de Palma de 13 de agosto de 1813:

El fin del cautiverio
El 15 de mayo de 1814, arriba al puerto de Palma la goleta francesa  la Rose, al mando del comandante Riouffe, portador de los documentos que acreditaban el acuerdo para la liberación de los prisioneros. Tras visitar Cabrera y tomar nota de las necesidades de embarque, parte hacia Toulon con un pequeño contingente de prisioneros enfermos. El 27 del mismo mes, llegan al puerto de Palma, la fragata le Medi, un bergantín y dos transportes franceses, que embarcarán al resto de prisioneros entre los días 28 y 29, con destino al puerto de Marsella. Antes de embarcar, los recién liberados prenden fuego a las cabañas que les habían cobijado, y con ellas, las escasas pertenencias que poseían. 

Se calcula que de entre los 10.000 prisioneros confinados en Cabrera entre varias remesas,  más de 1.500 soldados de naciones varias, pasaron a prestar servicio en las tropas suizas al servicio de España, en fuerzas españolas, e inglesas; unos 876 oficiales y suboficiales fueron trasladados por los ingleses a Portsmouth; por otra parte, a partir de agosto de 1810 no todos los militares llegados en nuevas remesas, iban destinados a Cabrera, ya que los oficiales y sus asistentes quedaban confinados en Mallorca o Mahón; otro grupo de unos 600 franceses, enfermos o con minusvalías fueron repatriados con anterioridad, y por último, un número impreciso de prisioneros pudo fugarse de la isla.


El número de liberados que llegan al puerto de Marsella, a finales de mayo de 1814, es de unos 3.600, por lo que el número de fallecidos y desaparecidos en Cabrera, estaría entre 3.200 y 3.500 prisioneros.



 Monumento a los prisioneros franceses erigido en el   verano de 1847 tras la visita a Mallorca,  de una   escuadra de navíos franceses al mando del príncipe de   Joinville, quien mandó a Cabrera al vapor Le Pluton,   para recoger los restos de los prisioneros e inhumarlos   bajo una única tumba. Sobre el osario se erigió el   monumento, en el que  se puede leer la siguiente   inscripción:

"A LA MÉMOIRE
DES FRANÇAIS MORTS
À CABRERA.
L'ESCADRE D'EVOLUTIONS
DE 1847
COMANDÉE PAR
S.A.R.
LE PRINCE DE JOINVILLE"
     
 Una vez al año, un buque de la Armada francesa fondea   en  Cabrera y les rinde homenaje con una ofrenda de   flores.
 En la fecha de la foto, el sencillo monolito estaba un   tanto descuidado. Me consta su posterior limpieza y   repintado. 
 (Foto Gom, 1814) 


Bibliografía:
-Archivo Histórico Nacional. Sección de Guerra. Traslado de prisioneros franceses a Baleares y Canarias. Código de Referencia: ES.28079.AHN/1.1.19//ESTADO,46,D
-Aventures d'un marin de la Garde Impériale. Henri Ducor. Ambroise Dupont Éditeur. 1833 Paris.
-Cabrera a través de la Cartografía. Juan Tous Meliá, 2017. ISNB:978-84-697-2728-7 
-Cabrera. La Junta Gubernativa de Mallorca y los prisioneros del ejército napoleónico. Miguel Benàssar Alomar. Palma de Mallorca: Ajuntament, 1988.
-Cabrera. Sucesos de su historia que tienen relación con la de Francia. Joaquín María Bovér. Imprenta de D. Felipe Guasp. Palma, 1847.
-Cinq ans de captivité à Cabrera ou Soirées d'un prisonnier d'Espagne. Abbé Turquet. Librairie de J. Lefort. Lille, Paris, 1867.
-Guerra de la Independencia. Historia Militar de España. De 1808 a 1814. Tomo II. D.José Gómez de Arteche y Moro. Imprenta y Litografía del Depósito de la Guerra. Madrid 1875.
-Dissertation topographique sur Cabréra, l'une des Iles Baléares. A.J. Thillaye. Imprimerie de Didot Jeune. Paris-1814.
-Évasion et enlévement de prisonniers français de l'île de Cabrera. Bernard Masson. Tipographie de Nicolas, Imprimeur-Éditeur. Marseille 1839.
-Le géneral Dupont. Tome deuxiéme. Lieutenant-Colonel Eug. Titeux. Prieur et Dubois et Cie, Imprimeurs-Éditeurs. Puteaux-Sur-Seine, 1903.
-Les adieux a l'île de Cabrera ou Retour en France. M. Wagré. Imprimerie de Cosson. Paris 1833.
-Mallorca durante la primera revolución (1808-1814). Miguel Santos Oliver. Imprenta de Amengual y Muntaner. Palma-1901. 
- Étude historique sur la Capitulation de Baylen. Campagne de 1808, en Andalousie. E. Saint-Maurice Cabany. Revue Génerale Biographique et Nécrologique. Paris-1846.
- Geôles et pontons d'Espagne: les prisonniers de guerre sous le Premier Empire: l'expédition et la captivité d'Andalousie. Théophile S. Geisendorf-des Gouttes. Les éditions Labor Genève - Nlles éditions latines, Paris, 1932.
-La guerre d'Espagne, (1807-1813). Tome III. Colonel A. Grasset. Editions Berger-Levrault. Paris 1932.
-Mémoires d'un conscrit de 1808. Philippe Gille. Victor-Havard, Éditeur. Paris, 1892.
-Mémoires d'un officier français prisonnier en Espagne. C de Mery ó M de Mery (seudónimo de Joseph Carrère Vental). Libraire Chez Auguste Boulland. Paris 1823.
-Rendición de la escuadra francesa de Rosily (14 de junio de 1808). Coronel de Infantería de Marina Miguel Aragón Fontenla. Revista General de Marina. Año 2008. Agosto-Septiembre.
-Précis des opérations militaires en Espagne, pendant les mois de Juin et Juillet 1808. Lieutenant-Géneral Comte De Vedel. Paris 1823.
-Represión de franceses en Mallorca (1808-1809). Miguel Ferrer Florez. Bolletí de la Societat Arqueològica Lul-liana.  ISSN 0212-7458, Nº. 53, 1997, págs. 185-220
-Un Tour en Espagne, de 1807 a 1809 ou Mémoires d’un soldat fait prisonnier a la bataille de Baylen. Tomes I-II.  Josep Quantin. Ed. J.Brianchon, Libraire. Paris 1820.

  • Prensa:
-Aurora Patriótica Mallorquina
-Diario de Mallorca
-Diario de Palma
-Diario Mercantil de Cádiz
-Le Figaro
-Semanario de Mallorca
-Semanario Económico

Organismos:
-Biblioteca Nacional de España
-Gallica. Bibliothèque Nationale de France.
-Instituto Geográfico Nacional de España 
-Ministerio de Defensa

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