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sábado, noviembre 28, 2009

El muerto resucitado de Plasencia 1: Antecedentes

En octubre de 1886,  la prensa de Madrid se hace eco de una noticia publicada en El Cantón Extremeño,  un periódico editado en Plasencia, provincia de Cáceres que dedicaba todo el número para referir un suceso rodeado de intriga y misterio, bastante enrevesado, que se hizo muy popular y que dio mucho de qué hablar en años sucesivos, en el que el fondo fundamental de la cuestión, como tantas veces, estaba en el reparto y derechos de una herencia. Se trata del sorprendente caso del muerto resucitado,  de Plasencia.
Hacia el mes de agosto de 1886 hace acto de presencia en la ciudad, un personaje procedente del manicomio de San Baudilio de Llobregat  cuya cédula personal lo identificaba con el nombre de Eugenio Santa Olalla Palomar. Otras personas lo identifican como Eustaquio Campo Barrado, quien supuestamente había fallecido años antes en aquél centro catalán. 
Vayamos a los antecedentes del caso.
Eustaquio Campo Barrado era hijo único de D. Rafael Eusebio García Campo y Ayala y  de Doña María Clotilde Barrado. La familia vivía en Plasencia y gozaba de una buena y respetable posición económica.



















Casa de los Campo Barrado en la calle del Rey de Plasencia

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888)


El 21 de marzo, Domingo de Ramos, de 1852, la madre desaparece. Según se cree, pudo suicidarse arrojándose al río Jerte, pero el caso es que su cuerpo nunca se encontró a pesar de rastrearse el río y ofrecer su marido, recompensas a quienes encontraran el cuerpo.
El supuesto suicidio lo sería como consecuencia de la depresión que a la pobre mujer le entró al verse la cara picada de viruelas tras padecer esta enfermedad y lo corroboraba el hecho de que acompañándole en el paseo una doncella, al llegar a la altura del puente de San Lázaro le había encargado un banal recado con el fin de quedarse sola. De vuelta del recado, la sirvienta econtró una zapatilla de la señora junto al pretil del puente.
Al no encontrarse su cuerpo, el pueblo fabuló y se propagó el rumor de que la infeliz dama sorprendió a su marido en un molino cercano cometiendo adulterio y que éste la había asesinado, procediendo a deshacerse del cuerpo del delito.
Más adelante, en el juicio que tiene lugar en 1888, el abogado defensor de Eustaquio sostiene que Doña Clotilde no se suicidó, sino que a causa de su estado mental fue conducida e internada con discreción en el manicomio de San Baudilio de Llobregat.
Cuando ocurre la desaparición de su madre, Eustaquio cuenta con doce años cumplidos.
Pasan más de diez años, el joven Eustaquio termina la carrera de abogado en la Universidad de Madrid y su padre contrae segundas nupcias con una mujer de 23 años, la misma edad que el recién licenciado. La nueva esposa, de nombre Francisca Belloso, es 30 años más joven que su marido y es sobrina de Manuel Prieto, un personaje que adquirirá cierto protagonismo en el futuro.
La boda disgusta profundamente a Eustaquio, de tal manera que es el desencadenante de agresivas actitudes de odio a su padre y crecientes episodios de enajenación mental.










Retrato de Eustaquio Campo Barrado con 23 años, según dibujo tomado de una fotografía de 1862.

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Dos hechos destacan en relación a la supuesta locura de Eustaquio Campo, el primero de ellos ocurre en Madrid, en 1864,  donde el infeliz, situado junto a la fuente de la Cibeles y vestido elegantemente, ofrecía agua con corrección y cortesía a todo  el que se le acercara, utilizando como recipiente un sombrero de copa .
Su padre lo trae de vuelta a Plasencia y aquí ocurre el siguiente episodio doloroso, ya que Eustaquio encerrado en el jardín de la casa paterna, prende una gran hoguera a la que se arroja. Curado de las quemaduras, su padre lo ingresa en el manicomio de San Baudilio de Llobregat, el 28 de diciembre de 1865.
Pasan los años, Eustaquio sigue recluido en el manicomio sin apreciarse mejoría en su locura y en 1874, su padre D. Rafael G. Campo fallece. Deja una fortuna en bienes muebles e inmuebles valorada en 578.551 pesetas, una respetable cifra para la época. Son herederos legítimos, su segunda esposa a la que además de los bienes gananciales, le corresponde el quinto de la legítima y el usufructo de la herencia total hasta que su hijo D. Eustaquio se encontrase en condiciones de administrarla. En caso de fallecimiento del hijo, continuaría usufructuando la herencia Doña Francisca, pasando luego a nueve herederos de las familias de Prieto y los Ayala. Como tutor y curador queda nombrado D. Manuel Prieto.





Plasencia: Ermita de San Lázaro y puente del mismo nombre, en cuyos alrededores desapareció Clotilde Barrado..






Pronto surgen las desavenencias entre los Prieto y los Ayala. Estos últimos reclaman que Eustaquio vuelva a Plasencia para comprobar su recuperación y si está capacitado para administrar su herencia. La joven madrastra y los Prieto se niegan y ambos bandos se enfrentan en pleitos.
Para defender sus intereses los Prieto eligen como abogado a D. Felipe Díaz de la Cruz, persona que gozaba de gran reputación y que hace proposición de matrimonio a la joven viuda, con la que se casa.
Después de sucesivas incidencias, el pleito se resuelve en favor de las pretensiones de los Prieto y del  nuevo marido de Francisca Belloso. Parece ser que ésta última, sí deseaba que Eustaquio volviera a Plasencia.
Cuenta la prensa que los gastos de este pleito ascendieron a 20.000 duros, si bien en una carta enviada al periódico por D. Felipe Díaz de la Cruz, éste asegura que fueron únicamente 4.000.
El redactor de La Correspondencia que resume en la edición del 26/10/1866  lo relatado en El Cantón Extremeño, añade lo siguiente:
"El año de 1878, a los trece o catorce de estar en el manicomio el D. Eustaquio, ocurrió la siguiente escena:
Visitando el Sr. D. Felipe Diaz de la Cruz el establecimiento de San Baudilio de Llobregat, le dijo el director, doctor Pujadas:
-No va Vd. a conocer a D. Eustaquio. ¡Está muy desfigurado!.
El Sr. Díaz de la Cruz dicen que replicó:
-Le reconoceré tan pronto como le vea.
Y en efecto, al ir una galería adelante se fijó en un cuarto donde había tres o cuatro dementes, y el Sr. Díaz de la Cruz dijo señalando a uno:
-Ese, ese que tiene el traje claro y el sombrero de paja con alas anchas, ese es.
El doctor Pujadas asintió"
El año 1882  D. Felipe Díaz de la Cruz recibe un telegrama del administrador del manicomio de San Baudilio comunicándole el fallecimiento de D. Eustaquio. Viaja hacia dicho centro. el tutor del difunto, Sr. Prieto que cuando llega, se encuentra con que ya se había enterrado al finado. Manda colocar una lápida en el nicho y regresa a Plasencia, con la certificación en la que constaba que D. Eustaquio Campo Barrado había fallecido de una fiebre maligna.
El 21 de octubre de 1885 fallece Francisca Belloso y la herencia de Rafael Eusebio G. Campo se reparte entre los herederos nombrados por él.











Retrato de D. Felipe Díaz de la Cruz

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Hasta aquí los antecedentes del caso, que surge cuando hacia el mes de Agosto de 1886 corre por Plasencia el rumor de que el hijo de D. Rafael Eusebio Campo y de Doña Clotilde Barrado, no sólo no ha fallecido sino que se encuentra en la ciudad.
El supuesto Eustaquio Campo Barrado, no se llama así sino que atiende al nombre de Eugenio Santa Olalla y tiene el oficio de ebanista.  El cómo llega a Plasencia es bastante singular y según cuentan los periódicos se debió a la iniciativa e insistencia de una mujer llamada Concepción Somera.
Volvamos a La Correspondencia y a su número de 26/10/1886 donde en base a lo publicado en El Cantón Extremeño recoge lo siguiente :
"Dícese que una joven de Plasencia, llamada Concha Somera, que ha padecido accesos de enajenación mental, fue a buscar alivio a su dolencia al manicomio de San Baudilio, donde permaneció algún tiempo, reconociendo allí a D. Eustaquio. Dicha joven, completamente curada, regresó a Plasencia, y su primera visita la dedicó a los Ayala, con objeto de darles cuenta del muerto resucitado.
La familia acordó ponerse en camino para San Baudilio, donde dijo estaba el D. Eustaquio empleado en el manicomio y averiguar de este modo la certeza del suceso, comisionando para ello al honrado comerciante D. Fernando Heras García, sobrino político de D. José Ayala, encargándole todos se informara muy al por menor para no ser sorprendido y acompañándole también la Somera.
Lo que allí sucedió se ignora
Volvió el Sr. Heras García de su excursión y se ignora también lo que diría a la familia; lo cierto y ello es que al año, poco más o menos, volvió a salir con la Concha Somera, según se dice, y fue a Plasencia acompañado de un hombre, prematuramente viejo, que decía llamarse Eugenio Santa Olalla, que es a quien las gentes señalan como hijo de D. Rafael Eusebio Campo."
Sigue contando la prensa, que el recién llegado y un joven  que lo acompaña como supuesto hijo, se hospedaron primeramente en casa de D. José Ayala donde la Guardia Civil los identificó como Eugenio Santa Olalla y Marcelino Santa Olalla, respectivamente. Posteriomente se trasladaron a casa del Sr. Heras, donde trabajan en la carpintería de Concha Somera.
Describen al que se hace llamar Eugenio Santa Olalla, como una persona instruida, de aspecto tranquilo, que aparenta entre 44 y 48 años, de baja estatura y con una ligera cojera del pie derecho y estrabismo, los mismos defectos que tenía el verdadero Eustaquio Campo.
 Los ánimos debían estar revueltos en Plasencia, en base a las supuestas injusticias cometidas contra Eustaquio, para aprovecharse de su herencia terceras personas y todas las miradas iban en la dirección de D. Felipe Díaz de la Cruz, y el asunto se complica cuando el 17 de octubre de 1886 tiene lugar una  manifestación compuesta por unas doscientas personas, mujeres y chiquillos en su mayor parte, encabezados por un banderín dando vivas a D. Eustaquio y con el lema de "que le den lo que es suyo".
Respecto a la marcha, El Cantón Extremeño  relata lo siguiente:
"...Partió de la calle del Sol, donde vive el Eugenio Santa Olalla, siguió a la plaza, subió por la calle del Rey, y frente a la casa que fue de D. Rafael Eusebio Campo, que hoy habita D. Felipe Díaz de la Cruz, y allí se despacharon a su gusto, dando vivas y otras voces más significativas.
Al anochecer se disolvieron pacíficamente los manifestantes, oyéndose durante la noche vivas aislados en las calles y plazas de la ciudad.
El fiscal de aquélla Audiencia, Sr. Castellanos y el Juez de Instrucción entienden ya en este asunto, pues el Sr. Días de la Cruz ha presentado la oportuna denuncia."











Retrato de Concepción Somera y Alonso (Concha la Somera)

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)



Entre los grandes valedores y apoyos que tuvo Eustaquio Campo, además de Concha Somera y los Ayala, destacó el laborioso director de El Cantón Extremeño, D. Evaristo Pinto Sánchez, quién publica en su periódico:
"...que bajo su palabra de honor, está dispuesto a asegurar que el Eugenio Santa Olalla es el mismo D. Eustaquio Campo Barrado, a quien conoció desde la niñez, del que fue leal y consecuente amigo  y a quien ha reconocido con satisfacción, tras una larga época de amargura y sufrimiento."   
La denuncia presentada por D. Felipe Díaz de la Cruz, y motivada por la manifestación delante de su casa, da lugar a un proceso judicial cuyo sumario se irá ampliando en meses sucesivos y  que no hace sino perjudicar los intereses de Eustaquio Campo al adquirir el proceso, carácter de procedimiento criminal.
En las diligencias previas instruidas, declaran entre otras personas, las pertenecientes a la verdadera familia de Eustaquio Campo, los Ayala, quienes manifiestan rotundamente que la persona que está en Plasencia con el nombre de Eugenio Santa Olalla es el hijo de Rafael Eusebio G. Campo Ayala y que están dispuestos a restituirle los bienes suyos heredados.
La prensa liberal ataca a D.Felipe Díaz de la Cruz y éste demanda judicialmente los periódicos de Plasencia, El Teléfono y El Partido Liberal  que publican artículos relativos a su persona.
Pero, ¿qué es de Eustaquio Campo Barrado?.
Los diarios cuentan que mantiene  absoluta reserva, que no sale de la casa donde vive y  que se atribuye su retraimiento a cierta coacción cuyo fundamento se ignora. Por las mismas fechas  circula por Plasencia el rumor de que habían llegado a la ciudad dos o tres forasteros con la intención de asesinarlo y que las autoridades estaban investigando. 
Los responsables del manicomio de San Baudilio de Llobregat, a los que el asunto toca  de lleno y no  los deja bien parados, reaccionan y en noviembre de 1886 el periódico El Diluvio de Barcelona publica:
"A propósito del "Muerto resucitado" que tanto apasiona a los plasentinos, el director del manicomio de San Baudilio nos ha pasado copia del comunicado que dirige al Cantón Extremeño.
De él se desprende que el verdadero don Eustaquio falleció realmente en 1882 en dicho manicomio conforme lo atestiguan dos antiguos empleados del establecimeinto; que la joven que asegura haber tratado a D. Eustaquio en el manicomio, no pudo haber hecho tal, porque entró en el establecimiento después que D. Eustaquio había muerto; y finalmente que la persona que se hace pasar por D. Eustaquio es otro demente curado llamado Eugenio Santa Olalla, al cual indujo probablemente a entrar en el complot una señora que llegó a San Baudilio una mañana, hospedose en la hostería del pueblo, donde tuvo una entrevista con Santa Olalla. El director del manicomio dice que el tribunal podrá apreciar si el Eugenio, que había ejercido de carpintero en el establecimiento, es el Eustaquio, haciéndole preguntas sobre derecho, que el último había cursado, y también haciéndole inspeccionar la piel del cuerpo, en la que se han de notar señales de las grandes quemaduras que D. Eustaquio sufrió al echarse a la hoguera."
Entre las diligencias practicadas, se procede al reconocimiento del llamado Eugenio Santa Olalla, con el objeto de comprobar si las cicatrices que tiene corresponden a las quemaduras que sufrió en su día D. Eustaquio. De los cuatro médicos que lo examinan, tres encuentran perfecta identidad  y el cuarto, que curiosamente es el nombrado por D. Felipe Díaz de la Cruz, no las confirma.
En el mes de noviembre de 1886 el juez de instrucción encargado del caso, D. Sandalio González es trasladado con ascenso, lo que dará lugar a comentarios y recelos al respecto e incluso a una interpelación del diputado Sr. Cepeda en el Congreso de Diputados, formulada al ministro de Gracia y Justicia el 20/11/1866.








Retrato del supuesto Eustaquio Campo Barrado en 1886

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Como ya es hora de saber algo de la personalidad del verdadero Eugenio Santa Olalla, cuyo nombre ostenta el supuesto Eustaquio Campo Barrado, leamos lo que cuenta La Ilustración Española y Americana  en su número de 30/10/1988:
"Eugenio Santa Olalla y Palomar, hijo de Ignacio y Juliana, nació en Burgos el 14 de Noviembre de 1841; fue soldado en el primer regimiento de Ingenieros, cumpliendo sus años de servicio en 1867; se casó en Burgos en el año siguiente, tuvo dos hijos, perdió a su mujer, y poco después la razón, e ingresó primero en el hospital de San Juan de aquélla capital, y luego en el manicomio de Valladolid, donde permaneció hasta el día 4 de Abril de 1879, en que curado de la demencia, y calificado como soltero; vino a Madrid, y en el mismo año entró en el Hospital general, y segunda vez en 30 de Abril de 1880; en 10 de Octubre del mismo año, y en virtud de relación firmada por el Director del Hospital provincial de esta corte, fue admitido en el manicomio de San Baudilio de Llobregat un alineado llamado "Eugenio Santa Olalla, hijo de Ignacio y de Juliana, natural de Burgos, de treinta y siete años, viudo, jornalero"." 
Respecto al muchacho que acompaña a Eugenio-Eustaquio en su venida a Plasencia  y en condición de hijo suyo, se debe al hecho de que hacia 1882 y estando en el manicomio de San Baudilio recibe una carta desde Burgos, de una mujer llamada Eulalia Santa Olalla que dice ser hermana suya,  comunicándole que allí tenía un hijo en el hospicio y que debía recogerlo y educarlo. Viaja a Burgos, recoge al niño de unos 12 años de edad, de nombre Marcelino y viaja con él hasta San Baudilio de Llobregat, llevándoselo consigo cuando decide ir a Plasencia.
El día 11 de diciembre de 1886 prestan declaración ante el Juzgado especial dos antiguos compañeros de armas y profesión de Eugenio Santa Olalla. Su venida a Plasencia se debe a las gestiones llevadas a cabo por un comerciante, de nombre Mariano López, que al tener un hermano en Burgos, Martín López Villalaín, le encarga hacer gestiones para averiguar aspectos y antecedentes de Eugenio Santa Olalla. Como resultado de esas pesquisas consigue localizar a dos vecinos de Burgos, antiguos amigos y compañeros del investigado, a los que convence de ir a Plasencia, en una de las visitas a su hermano. Los recién llegados, de nombre Demetrio Borricón y Pedro Pérez visitan la casa de Fernando Heras, donde vive el que se hace llamar Eugenio Santa Olalla y tras examinarlo y hacerle varias preguntas, manifiestan que aunque se le parece, no es el mismo que ellos conocieron,...
"pues aquél no podía andar con la soltura que éste, ni era calvo y bizcaba mucho los ojos, mientras éste nada más que el izquierdo, ni tenía tampoco ninguna imperfección en los dedos pulgares, ni señal alguna en su cuerpo, pues se habían bañado juntos muchas veces.
El viernes, al ir a declarar el Santa Olalla o Campo Barrado, le vieron en la calle y se ratificaron en la opinión antes manifestada."  (La Iberia, 13/12/1866)
Estamos en 1887, y el día 21 de enero tienen lugar unos acontecimientos que vienen a complicar todo un poco más.
Llamado por el juez instructor, el 19 de enero llega a Plasencia procedente de Peñaranada, un tal Juan Alvarez, de profesión carpintero y que en tiempos pasados fue uno de los íntimos de la familia Campo, siendo él quien condujo a D. Eustaquio al manicomio de San Baudilio.
Dada la importancia del testigo y con el fin de que no tuviera  contacto con los partidarios del muerto, el juez manda un alguacil al alojamiento de Alvarez. El 20 se presenta ante el juez para prestar declaración y si ya estaba todo embarullado todavía se monta un lío mayor. Leamos lo que cuenta el diario La Iberia en su número de 24/01/1887:
"Llegada la hora de la declaración y reconocimiento, parece que el Alvarez manifestó que coincidían con D. Eustaquio Campo las señales del estrabismo, las ciciatrices de las quemaduras y del panadizo que sufrió en un dedo, la estatura y el timbre de la voz pero que no había encontrado parecido en el semblante; asombroso es como este rumor se propaló, y con él la suspicacia popular comenzó a dar cuerpo a la creencia de que la declaración de aquél había sido en todo contraria a los deseos de la generalidad.
Al día siguiente varios grupos de mujeres y hombres se reunieron ante la casa en que se hospedaba el declarante, protestando enérgicamente contra su conducta y dejando traslucir en sus manifestaciones que conceptuaban los dichos del mismo, resultado de sugestiones extrañas y no fiel reflejo de lo que su conciencia le dictaba, estas primeras manifestaciones de la opinión fueron paulatinamente adquiriendo eco y resonancia,..,y los grupos se aumentaron hasta el punto de hacer precisa la intervención de las autoridades gubernativas para despejar la Plaza Mayor y disolverlos, pues ya multitutd de hombres se habían unido a los primeros manifestantes.
Al poco tiempo la Plaza Mayor estaba otra vez cuajada de vecinos, siendo ya estéril las gestiones que hicieron las autoridades locales para disolver los numerosos grupos que allí se formaron.
En esta situación permanecieron las cosas hasta un poco después de medio día, hora en que acercándose la salida del correo para Béjar, reclamó la autoridad referida el auxilio de la fuerza pública, y obtenido la Guardia Civil escoltó al testigo hasta la Administración de los coches; en este punto, por acentuarse cada vez más amenazadora la manifestación, aquélla autoridad reclamó la protección de más numerosa fuerza, y acudió en su virtud a aquél sitio la compañía de infantería en aquélla ciudad acantonada."
Como el mayoral de la diligencia se negaba a conducir el coche por temor a la muchedumbre, se acuerda que las fuerzas de orden conduzcan a Juan Alvarez fuera de la ciudad para que desde un punto remoto tome el transporte, pero una vez iniciada la comitiva el pueblo se indigna y llega a lanzar pedradas a la escolta que realiza entre quince y veinte disparos, hiriendo mortalmente a un comerciante de nombre Jaime Sagrera.

Vista de Plasencia hacia 1900 
Acuarela de Sir Edgar T.A. Wigram. Grabado de Alessrs Cad Hentschel, Ltd. 


Avanza el año 1887 y el sumario del proceso no termina de concluirse, la prensa de Plasencia muestra su desacuerdo con el retraso y así lo manifiesta en artículos, folletos y proclamas, en los que se deja traslucir influencias externas.

El 10 de julio de 1887, el periódico semanal de Plasencia, El Noticiero  publica, un extenso artículo del que forma parte el siguiente párrafo:
"La duración de ese proceso, dado el procedimiento criminal vigente, excita poderosamente la curiosidad de este pueblo, que no ve nada que se relacione con la política en el asunto Campo Barrado, ni tiene otro interés que el esclarecimiento de un hecho que no comprende ni se explica; es más ni aún sospecha que no se administre justicia, sino que uno y otro día ve a un hombre que cree reconocer y le ve sin personalidad civil, desheredado de los naturales y civiles derechos inherentes a todo ciudadano, y produce admiración que pasen días y noches sin saber quién es realmente, pues si para la conciencia pública es Campo Barrado, hay empero, sobradas razones para dudar, dada la partida de finado y la madurez con que los tribunales entienden en el asunto; y desearían los impacientes saber el fallo de la justicia, sin preocuparse del matíz político de nadie, ni tener en cuenta que éste sea blanco ni el otro negro."
El supuesto Eugenio Santa Olalla por fin reivindica el nombre de Eustaquio Campo Barrado y así firma en un comunicado suyo publicado en El Noticiero el 28/08/1887, manifestando su protesta por verse perseguido por mujeres y chiquillos.

Terminando el año 1887, el juez especial que entiende en la causa, decreta el procesamiento contra el que se decía Eugenio Santa Olalla y hoy usa el nombre de Eustaquio Campo Barrado, quedando en libertad provisional al haber satisfecho la fianza de 5000 pesetas.

El "malo de la historia", D. Felipe Díaz de la Cruz y Mazón, se querella a diestro y siniestro contra las publicaciones que publican sueltos y andanadas que le afectan, llegando a presentar denuncia contra el canónigo magistral de la catedral, D. Benigno Carral, por un artículo publicado el 29 de abril de 1888 en El Noticiero y que dará lugar a otro proceso. El propio D. Felipe Díaz de la Cruz, publica un extenso folleto para defenderse de las acusaciones e infundios que se publican sobre su persona y postular, que el ahora auto llamado Eustaquio Campo Barrado es un farsante.

Por fin, a finales de Julio de 1888, se señala la fecha del 16 de octubre para la celebración del juicio oral en la causa de "el Muerto Resucitado" , despertando el interés de la prensa de ámbito nacional  que envía corresponsales a Plasencia.
Según el sumario instruido, al procesado de nombre Eugenio Santa Olalla según cédula personal, se le acusa en primer lugar, de delito consumado de usurpación de estado civil de Eugenio Santa Olalla Palomar, y en segundo lugar, de tentativa de usurpación de estado civil de otro, o sea de D. Eustaquio Campo Barrado; delitos comprendidos en al artículo 485 del Código Penal, por los que solicita diez años de prisión mayor para el primer delito y cuatro para el segundo.

El abogado defensor, D. Juan Fontán, solicita la libre absolución y que se le permita usar el nombre de Eustaquio Campo Barrado.
Para relatar el desarrollo del juicio me centro en lo publicado por el corresponsal de El País, habiendo crónicas de La Dinastía y de La Vanguardia de Barcelona y de los periódicos de Madrid, El Imparcial, La Correspondencia de España, La Época, La Iberia, etc.

sábado, noviembre 14, 2009

El funicular del Tibidabo


El 29 de octubre de 1901 es inaugurado el funicular del Tibidabo de Barcelona, que se convierte en el primer medio de transporte de esas características instalado en España.
Un par de años antes, el 20 de febrero de 1899,  quedaba constituida una sociedad anónima con el título de "El Tibidabo" cuyo objeto era la adquisición, urbanización, explotación, edificación y enajenación de fincas en la montaña del mismo nombre, así como la construcción de un tranvía que llegara al pie del monte y de un ferrocarril funicular para alcanzar la cumbre.
Entre los promotores-fundadores de la nueva Sociedad se encontraban figuras destacadas de la época como el farmaceútico Salvador Andreu i Grau, (el creador de las pastillas contra la tos del Dr. Andreu);  el médico, empresario y político Ròmul Bosch i Alsina, (llegó a ser alcalde de Barcelona);  el empresario constructor Romà Macayà i Gibert y los señores Teodor Roviralta, Manuel Arnús, Frances Grau Barnola,  Pere Larrosa i Pich y Francesc Simón, entre otros.



Estación inferior del funicular del Tibidabo.
Foto de Juan Furnells. La Ilustracion Española y Americana(1901)

La idea de construir el funicular formaba parte de un plan más ambicioso, programado años antes, para urbanizar y promocionar una amplia zona próxima a la ciudad, al tiempo que se pretendía dotarla de un área de esparcimiento y diversión, haciendo fácilmente accesible la cumbre del Tibidabo.
En su edición del 27/04/1894, el periódico barcelonés La  Dinastía, publicaba la siguiente gacetilla:
"La compañía del ferrocarril funicular que trata de establecerse entre San Gervasio y la cima del Tibidabo, ha adquirido una extensión de terreno de dicha montaña. Se propone construir en ella edificios para restaurante, parques, jardines y otros alicientes, con objeto de convertir el pintoresco Tibidabo, en sitio ameno para solaz y esparcimiento de las personas que lo visiten."
La extensión de terreno era una antigua finca que había sido propiedad de los frailes dominicos, y por donde discurrría un torrente bautizado con el apelativo de Frare Blanc de donde tomaba su nombre la masía.
El artífice de la compra de los terrenos fue el doctor Salvador Andreu. Éste contó a su biógrafo que enterado de la venta de la finca de El Frare Blanc, visitó la casa de la propiedad donde encontró a una anciana que al preguntarle si estaba en venta ésta le respondió:

"Sí, està en venda, però em sembla que no li convindrà. Ja li deia jo al meu marit, que al cel sigui: treballs tindran per desfer-se'n els nostres fills el dia que calgui"
"Sí está en venta, pero me parece que no le convendrá. Ya se lo decía yo a mi marido, que en el cielo esté: trabajos tendrán nuestros hijos para desprenderse de ésto el día que haga falta"
La señora que, según parece,  no tenía demasiado interés en vender, pidió 50.000 duros de la época (unos 1.503 euros), cantidad de la que no disponía entonces el Sr. Andreu  por lo que recurrió al Sr. Macayà, con el que se asoció para hacer frente a la operación de compra.

Las obras de construcción del funicular comenzaron el 16 de junio de 1900 y después de algún que otro contratiempo, entre otros, el de una huelga de los trabajadores ocupados en su ejecución, fue inaugurado y puesto en servicio en octubre de 1901.

El ingeniero encargado del proyecto fue Bonaventura Roig i Queralt, quién realizó varios viajes a Suiza para conocer de cerca otros funiculares instalados en aquel país.


Trazado del funicular del Tibidabo. 
La Ilustracion Española y Americana (1901).


En su número de 14/10/1901 La Ilustración Artística, publica un amplio reportaje sobre la obra  próxima a inaugurarse, dando cuenta de sus características técnicas y funcionamiento:

    
"El tranvía eléctrico, ligado a la red de tranvías de Barcelona, parte no lejos de la ermita de la Bonanova, de la carretera de Cornellá a Fogás, y ascendiendo por una línea de pendiente suave, termina en la estación inferior del ferrocarril funicular. Los viajeros han llegado así hasta la altitud de 230 metros; y en este punto pueden tomar el ferrocarril que les lleva hasta la cúspide del Tibidabo, por medio de una línea de 1.200 metros de longitud que en su mayor parte tiene una pendiente que se aproxima al 26 por 100."



Carruaje del funicular ascendiendo. Foto de Juan Furnells. La Ilustracion Española y Americana. (1901).












"El ferrocarril funicular, primero de los de su clase que se construye en España, está recorrido por dos carruajes únicos, enlazados por medio de un cable de acero que da varias vueltas sobre una polea motriz situada en la estación superior. Cuando uno de los carruajes se halla en un extremo de la línea, el otro carruaje se encuentra en el opuesto, bastando imprimir a la polea motriz movimiento en sentido conveniente para que descienda uno de los carruajes al propio tiempo que asciende el otro,.."
Sigue una descripción de las características electromecánicas de la instalación, y así nos enteramos de que la polea motriz es movida por un motor eléctrico de 103 CV a 600 rpm, alimentado por la electricidad generada por dos grupos térmicos "Crossley" de 100 CV, alimentados por gas pobre, que engranan con dinamos "Thury"  capaz de producir 65 Kw a 500 V cc, todo ello instalado en una central propia. La empresa responsable de todo este montaje fue "La Industria Eléctrica", de la que era director gerente, su fundador, el Ingeniero Industrial Luis Muntadas i Rovira .





Sala de dinamos de la central eléctrica del funicular.
La Ilustración Artística (1901).






Respecto a la seguridad del funicular, algo que sin duda inquietaba al personal, viendo la enorme pendiente existente, el articulista nos dice que el cable está calculado para soportar una resistencia diez veces mayor que la necesaria, (la sección del cable era de 38 mm de diámetro con una carga de rotura de 103 toneladas) y que en caso de romperse, inmediatamente cae un contrapeso retenido por el cable y se activa un freno que para el carruaje después de un recorrido de 50 centímetros. Independientemente de lo anterior, el propio conductor del carruaje podía detener el coche pisando una palanca dispuesta al efecto.

La instalación fue mejorada en 1922, al sustituir el motor tractor inicial por un Siemens trifásico que desarrollaba una potencia de 127 CV, lo que permitió duplicar la capacidad de transporte al añadir un segundo vagón, pasando de 70 pasajeros por viaje a 140. En 1958 se volvió a duplicar la capacidad de transporte doblando la velocidad del trayecto, que pasó de 10-12 minutos a 5-6 minutos, gracias al montaje de un segundo motor Siemens, al tiempo que se mejoraban los coches, sustituyendo los de madera por otros de carrocería metálica y se saneaba el trazado.


Estación  superior   del   funicular.
La Ilustración Española y Americana (1901).

La inauguración del funicular hizo posible el fácil acceso de los barceloneses a la cima del monte, desde el cual podían contemplar una panorámica excepcional de la ciudad y fue el elemento desencadenante de las posteriores actuaciones en el monte Tibidabo, con la construcción del Parque de Atracciones, hotel, restaurantes, cafés, etc., sin olvidar el templo dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, iniciado en 1902 y terminado en 1961.


Tarifas iniciales del funicular.

jueves, noviembre 12, 2009

El tren botijo


La denominación de "tren botijo" surge del lenguaje popular en la segunda mitad del siglo XIX, para referirse a los trenes utilizados mayoritariamente por las clases populares en los meses estivales, las cuales para combatir la sed y los rigores del calor, complementaban el equipaje con botijos que permitían mantener fresca el agua, en los interminables trayectos de la época.

El principal destino inicial de estos viajes era la ciudad de Alicante, que fue la primera capital de provincia mediterránea, comunicada por ferrocarril con el centro peninsular. La línea fue inaugurada por la reina Isabel II el 26 de mayo de 1858.

Estación de Alicante el día de la inauguración de la vía férrea
(Grabado de El Museo Universal) 
La popularización de los viajes se debe al redactor del diario La Correspondencia, Ramiro Mestre Martínez, quién a partir del verano de 1893 y durante todos lo años hasta 1917, organizó trayectos en tren hacia Alicante, dando lugar  a una sui géneris  "Orden Botijil", que proporcionaba vacaciones económicas a sus socios.

Como consecuencia del éxito obtenido con la organización de los primeros viajes en 1893, éstos continuaron organizándose en años sucesivos y al destino inicial de Alicante se unieron muy pronto Murcia para sus fiestas de Primavera, Granada, Cádiz para los carnavales, San Sebastián, Santander, La Coruña, Gijón y Bilbao.

De la segunda expedición de 1893, Mestre Martínez hace un ameno relato publicado en varios días  a partir del 5/09/1893 y que transcribo en parte:


 DESDE MADRID A ALICANTE
ó
El segundo tren botijo
"¡Llegó el venturoso día!
Se aproxima el momento histórico en que centenares de hijos del pueblo, de entusiasmo henchidos, van a ser empaquetados y esperan disfrutar de las múltiples delicias que ha de ofrecer el tren botijo, o sea de recreo.
La compañía del ferrocarril de Madrid a Zaragoza y a Alicante, al fijar a mediados del pasado mes, en los puntos céntricos de Madrid, el anuncio de estos viajes, fijando el tan inverosímil o misterioso precio de 12 pesetas,..., puede decir ciertamente que ha conseguido levantar de cascos a multitud de familias, las cuales jamás pudieron creer habrían de visitar otro puerto que el del proceloso Manzanares, o a lo sumo el de la Virgen del Puerto. 
El entusiasmo de las gentes por trasladarse a la playa alicantina, ha subido de punto, desde que los viajeros que constituyeron la primera hornada que se coció el 20 del mes último, regresaron hace tres días a Madrid, y han expuesto a sus convecinos sus impresiones de viaje, hablándoles de ¡la mar!.
Y que el entusiasmo cunde por este viaje archi-botijo, lo declara la siguiente copla que ha tomado carta de naturaleza, desde hace unos días, en los barrios de la Inclusa, cuya copla ha sacado de su cabeza el leído Porrete , tan popular en el barrio de Cabestreros. Hela aquí:
 Quien no viajó en tren botijo
ni tuvo juerga en su calle
ni lo quiso una morena,...
ha venido al mundo en balde."

Continúa Mestre con unas reflexiones en tono irónico, sobre las facilidades que el ferrocarril ha proporcionado para que la clases pudientes puedan ir de veraneo a las playas del Norte y otros sitios de moda, con el pretexto de sentirse enfermas, y cómo la rebaja en el precio de los billetes para Alicante también permiten a las clases humildes disfrutar de los baños de mar:
"... el capricho (los que gocen excelente salud) de suponer padecen de jaqueca, reuma o ataques nerviosos, haciéndose así la ilusión de la imperiosa necesidad que tienen de distraer las doce pesetas para remojar su físico en el mar alicantino.
¡Ya no hay clases!
Todas las personas de cualquier condición que sean pueden permitirse el lujo de imaginarse enfermas."
En el número de La Correspondencia de 5/09/1893 continua el relato:
"En la estación.-El amplio vestíbulo empezó a verse ocupado desde las once de la mañana por un contingente grande de viajeros económicos, provistos de sus respectivos bultos, figurando entre ellos los clásicos botijos y las achatadas hembras de éstos.
Los grupos de aspirantes al remojo eran muchos a las dos de la tarde.
Varias parejas del Cuerpo de Seguridad procuraba poner orden para que fueran adquiriendo los billetes.
-Señor Pepe-exclamaba una mujer a grito pelado, -procure ustez que le den buenos asientos pa que vayamos anchurosas.
....
El espectáculo que ofrece la estación es indescriptible.
Forman parte de la expedición gran número de cigarreras, muchas vendedoras de las plazuelas de la Cebada y de los Mostenses, varios vendedores que alguna vez suelen ser multados por expender las mercancías con pesas aumentadas; muchas modistas, que están ahora en vacación; bastantes capitalistas, y otros, que debajo de su humilde traje, son verdaderos pudientes, conocidos como usureros entre los vendedores de la plazuela."
Por fin, y después de larga espera, llega el momento de subir al tren:
"En el andén.-Los expedicionarios, no obstante las observaciones de los empleados de la empresa y de los agentes de la autoridad, se precipitaron para tomar por asalto los coches y hacerse dueños de las ventanillas.
Los conquistadores, ya dueños de sus posiciones, se negaban a dar hospitalidad a los muchos que lo solicitaban.
-Protesto- decía un aspirante a viajero,- ahí caben todavía.
Y el coro de conquistadores exclamaba:
-¡Fuera, fuera! Haber venido antes.
Uno: Este sitio lo reservo yo para la Prisca, que no debe tardar.
Otro: ¡Pero ese memo de Torcuato, que no trae el botijo con el agua!
La animación crece. Varios individuos, provistos de unas piedras y algunos clavos, se preparan para hacer perchas donde colocar las americanas y demás prendas, mientras que otros colocan pañuelos en las ventanillas para no tenérselas que entender con Febo.
Un empleado: No se permite fijar clavos en los coches.
El aludido: ¡Y los derechos individuales!
Coro general:
Pasan por el puente
muchos matuteros...
Una joven: No claveis, que luego los coches van que parecen que han tenido  viruelas."
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"-Oiga usted, tío leñe , no se ponga ustez de patas sobre el asiento, que mus va ustez a manchar.
El aludido: Mayormente, cuando lleguemos a Alicante, todos iremos manchados.
Otro: Y borrachos.
Otro: E imposibles."
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"-Señá Rita, quite ustez al niño la talega; no ve ustez que...
-Me había dado en la nariz. ¡Qué criaturas! Con chicos, ni a la gloria."



La composición del tren es formidable, estando formada por dos furgones, quince coches o vagones de 60 asientos cada uno, más un coche especial de segunda en el que viaja nuestro amigo Mestre y por fin:
"¡Viajeros al tren! .-Se oyó la frase oficial.
En este momento los viajeros ques están junto a los estribos suben a los carruajes.
Los gritos se suceden sin interrupción. La Babel aumenta.
-¡Dios nos pille confesados!-dice uno.
Otro,-Anselma, dí a madre que no le dé un céntimo a Traversal, porque ya sabe que es un golfo.
Los pañuelos se agitan, algunos botijos se mutilan, es decir, quedan sin pitorro a consecuencia de la rapidez con que algunos viajeros penetran en los coches.
La mar no está en Alicante, la mar se halla en este momento en el andén.
¡Vaya una juerga que se prepara esta noche!
Suena el pito y doy a un cuartillero estos apuntes para que los lleve a la redacción."
El tren llega a Alicante sobre las 9,30 de la mañana del día 4 de septiembre de 1893, después de más de 20 horas de trayecto. Desde la ciudad alicantina, Mestre Martínez sigue enviando crónicas al periódico, narrando anécdotas del viaje.
"¡Todo el campo es nuestro! .-No habíamos llegado aún a la estación de Villaverde, cuando entre los touristas que ocupaban el coche número 313 se desarrolló verdadero entusiasmo por continuar la obra emprendida poco antes de partir el tren de Madrid y evitada por los empleados de la empresa, y que consistía en colocar clavos en los testeros del carruaje para improvisar perchas.
En efecto, diez minutos después el coche estaba convertido en una prendería.
Se colgaron pañuelos, cazadoras, camisolas, botijos, botas con vino, botellas, cajas y todos los efectos que pudieran tener fácil adaptación.
....
Mientras que la faena se practicaba, varias mozas de buen trapío, entre las que se distinguía la preciosa cigarrera Paulita Ramos (a) la Monja, se expresaban de este modo:
-¡Duro y a la cabeza! Miste qué rediós. Pus qué, ¡somos tan desarreglás las que venimos en tren botijo, que vamos a consentir llevar estos bultos encima de nosotras!.
-Dices bien, Socorro, así aprenderá la empresa a tener miramientos con los que pagamos nuestro dinero.
Un disidente: Peros señores, ya que clavemos, no insultemos. ¿Qué queremos que nos den por doce pesetas?
La Monja: ¿es usted de la impresa? ¡Adiós usia!
-Vamos, dejarse de picadillos-repuso un churrero de la calle del Conde Duque,- Aquí venimos de juerga y no a discutir como en la casa donde están los leones.-¡Ay que gracia!-repuso una joven que junto con el churrero estaba-¿Pues, qué, acaso se discute en la casa de fieras?
La Monja: No seas mema, se refiere el señor al Congreso."
Siguiendo con el relato, da la impresión de que todo el tren es un completo jolgorio y que la juerga es la consigna del viaje, aunque siempre haya personas que no estén muy satisfechas.
"En el carruaje número 342, una señora gruesa, tuerta del ojo izquierdo, que vino dando la lata todo el camino, ocupando dos asientos, exclamó ¡Vaya una empresa! ¡Cuidado que es tacaña y miserable! ¿Qué más la daba haber puesto coches de segunda, (ya que no de primera), toda vez que la máquina que nos arrastra igual nos arrastraría, y por consiguiente, a la compañía ningún perjuicio se le irrogaba?¡Esto no es más que prurito de humillar al pobre!
-Vamos, tranquilícese usted, deje esas mecánicas- le dijo un carpintero de la Ribera de Curtidores llamado Jesús, y cantemos algún coro, verbo el de los doctores de El rey que rabió.
Pocos momentos después, la masa de carne que el coche encerraba, se convirtió en masa de coros, de la cual formaban parte dos costureras en liso, domiciliadas en la calle de Ruiz llamadas Isabel y Andrea, aficionadas a ejecutar obras líricas en teatros caseros.
...
Esto ocurría, no entre Pinto y Valdemoro, como suele decirse, sino entre las estaciones de Villasequilla y Tembleque, en cuya última estación, la señora abultada, que durante el concierto había estado refunfuñando en tono menor, se bajó del carruaje, con muestras de asentimiento general, yendo a parar a otro coche en que la juerga, como se verá después, alcanzó grandes proporciones."
Plano de Alicante en el que pueden contarse hasta siete balnearios en la playa del Postiguet. Guía Baedeker 1900

El periodista, demostrando algo de mala uva, va siguiendo el rastro de la señora abultada:
"Talegón y Bufete.-En telegrama remitido desde Alcázar de San Juan dí cuenta de estos dos personajes, que han sido, sin duda alguna, los héroes de la expedición; pues bien, en el carruaje que aquéllos ocupaban, fué adonde ingresó la antes citada señora, buscando paz y reposo. Formaban el contingente de este coche, entre otros viajeros: cuatro peinadoras, Rosalía, Trinidad, Carmen y Gertrudis; Luis el anticuario, Sofía Silva y María Pérez; el conocido industrial de la calle de los Estudios D.Cristóbal Dols, Fabián el del Rastro, comprador de billetes para venderlos a la vuelta; dos gitanas y siete muchachos, el menor de cinco años.
Mi entrada en el coche fué recibida -aunque mal esté decirlo- con muestras de aprobación, debido a que entre los presentes había algunos conocidos míos que se maliciaron desde luego el objeto de mi viaje.
A poco de tomar asiento, Talegón y Bufete continuaron haciendo de las suyas.
He aquí el diálogo que entablaron y el resulatdo que dió:
Talegón (llamado Luis Pérez): Yo, señores, cuando voy de viaje procuro divertirme lo que puedo, porque, como dijo el otro, "dime con quién andas, te diré quién eres".
Bufete (llamado Pedro Rubalcaba): Y si no pega para cuando pegue.
Después de una corta pausa, duarnte la cual, tanto Talegón como Bufete hicieron a los demás una señal de inteligencia, no sin dirigir también intencionadas miradas a las gitanas, exclamó Bufete:
-¿Saben ustedes lo que creo? Que no vamos a tener un viaje tan feliz como el que fuera de desear.
-¿Por qué?- dijo Talegón.
Bufete.- Porque tengo la seguridad... tengo la seguridad... de que va a armarse una culebra.
Acabar de pronunciar esta palabra y dar las gitanas saltos repetidos y pronunciar miles de veces la palbra: ¡Lagarto, lagarto!! en cuyas oraciones también acompañaron tres más de los touristas, fué obra de un solo momento.
La risa fué general.
Tranquilizadas las gitanas, merced a varios tragos de vino conque fueron obsequiadas, se ocupó la tertulia en escuchar el cante jondo y de jipío que empezó el cantaor Celestino el Cuerdista, acompañado de la guitarra por Isidro el Tocaor.

Las palmadas, los olés, los viva tu mare, tu pare y er monaguillo que te echó el salero en la moyera, se repitieron centenares de veces entre los bravos y aplausos de todos.
          ...
La señora gruesa, cuyo nombre no quiso decir a nadie, estaba inaguantable; pero tuvo un golpe de gracia, pues exclamó con la mayor naturalidad cuando la broma estaba en su apogeo:
"Yo me iria a otro coche, pero ¿y si pierdo en el cambio?"
Por lo que narra Mestre Martínez, el viajecito se las traía comparado con los trayectos tan distintos y silenciosos de hoy en día, que sólo se ven interrumpidos por los teléfonos móviles y las conversaciones a través de los aparatitos.
"Detalles.-Según el recuento de las botas para y con vino que llevaba el convoy, y en cuya tarea me ayudó un bondadoso empleado del tren, pasaban de 300.
A las tres de la madrugada es casi seguro que todo el vino había sido trasegado a los respectivos estómagos, durmiendo la mona muchos de los consumidores.
El verdadero reposo de los botijeristas no duró más que desde las tres a las cinco de la mañana, hora en que los que ocupaban el coche 481 empezaron a simular, al unísono, el toque de Diana.
Durante el viaje no ha ocurrido ni el menor incidente desagradable.
En todas las estaciones, a la llegada del tren, han estado de servicio los médicos de la compañía."
Por fin y después de unas veinte horas de viaje para recorrer los poco más de 400 kms de distancia que hay por ferrocarril desde Madrid, los viajeros llegan a Alicante:
"Llegada del tren - Desfile.-Puede calcularse en tres mil los alicantinos que en las inmediaciones de la estación y trayecto desde ésta a la entrada de la ciudad, estaban esperando la llegada del tren.
Más de doscientos coches estaban en expectativa, y bien pronto sus dueños consiguieron verlos ocupados.Varios vivas a los madrileños y en especial a las madrileñas, se dieron por algunos hijos del pueblo, a cuyas manifestaciones de simpatía contestaron los viajeros, los cuales apenas se daban cuenta de la noche toledana que habían pasado.El desfile se hizo perfectamente, pues no obstante la numerosísima concurrencia que afluyó a la estación, no hubo que lamentar el menor contratiempo.Esta tarde algunos botijeristas se darán el primer chapuzón, aunque la generalidad lo efectuará mañana.Marcha el correo y no puedo continuar.- Mestre Martínez."
Alicante, balnearios en la playa del Postiguet. Foto de principios del siglo XX.
A principios del siglo XX, existían en la playa del Postiguet tres balnearios permanentes (La Alianza, La Alhambra y Diana) así como varios más que abrían durante la temporada de baños (Del Almirante, La Confianza, La Estrella, La Florida, De Guillermo, El León, De Madrid, La Rosa)


En 1894 se funda por parte de los viajeros del tren botijo del año anterior una especie de hermandad del botijo que con el tiempo dará lugar a una célebre y no menos jocosa "Orden Botijil", de la que Ramiro Mestre Martínez será figura permanente y aglutinadora, organizando y dando cuenta en su crónicas veraniegas, de los viajes en tren hacia Alicante, ciudad que durante largos años y hasta bien entrados los años sesenta se convirtió en la referencia veraniega de los madrileños. Otras ciudades se apuntaron al éxito de estos trenes, y así Granada para sus fiestas del Corpus, la ciudad de Murcia para su Semana Santa y el entierro de la Sardina, Cádiz para sus carnavales, y La Coruña, Santander, Gijón, San Sebastián, Bilbao, ...