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jueves, noviembre 12, 2009

El tren botijo


La denominación de "tren botijo" surge del lenguaje popular en la segunda mitad del siglo XIX, para referirse a los trenes utilizados mayoritariamente por las clases populares en los meses estivales, las cuales para combatir la sed y los rigores del calor, complementaban el equipaje con botijos que permitían mantener fresca el agua, en los interminables trayectos de la época.

El principal destino inicial de estos viajes era la ciudad de Alicante, que fue la primera capital de provincia mediterránea, comunicada por ferrocarril con el centro peninsular. La línea fue inaugurada por la reina Isabel II el 26 de mayo de 1858.

Estación de Alicante el día de la inauguración de la vía férrea
(Grabado de El Museo Universal) 
La popularización de los viajes se debe al redactor del diario La Correspondencia, Ramiro Mestre Martínez, quién a partir del verano de 1893 y durante todos lo años hasta 1917, organizó trayectos en tren hacia Alicante, dando lugar  a una sui géneris  "Orden Botijil", que proporcionaba vacaciones económicas a sus socios.

Como consecuencia del éxito obtenido con la organización de los primeros viajes en 1893, éstos continuaron organizándose en años sucesivos y al destino inicial de Alicante se unieron muy pronto Murcia para sus fiestas de Primavera, Granada, Cádiz para los carnavales, San Sebastián, Santander, La Coruña, Gijón y Bilbao.

De la segunda expedición de 1893, Mestre Martínez hace un ameno relato publicado en varios días  a partir del 5/09/1893 y que transcribo en parte:


 DESDE MADRID A ALICANTE
ó
El segundo tren botijo
"¡Llegó el venturoso día!
Se aproxima el momento histórico en que centenares de hijos del pueblo, de entusiamo henchidos, van a ser empaquetados y esperan disfrutar de las múltiples delicias que ha de ofrecer el tren botijo, o sea de recreo.
La compañía del ferrocarril de Madrid a Zaragoza y a Alicante, al fijar a mediados del pasado mes, en los puntos céntricos de Madrid, el anuncio de estos viajes, fijando el tan inverosímil o misterioso precio de 12 pesetas,..., puede decir ciertamente que ha conseguido levantar de cascos a multitud de familias, las cuales jamás pudieron creer habrían de visitar otro puerto que el del proceloso Manzanares, o a lo sumo el de la Virgen del Puerto
El entusiamo de las gentes por trasladarse a la playa alicantina, ha subido de punto, desde que los viajeros que constituyeron la primera hornada que se coció el 20 del mes último, regresaron hace tres días a Madrid, y han expuesto a sus convecinos sus impresiones de viaje, hablándoles de ¡la mar!.
Y que el entusiasmo cunde por este viaje archi-botijo, lo declara la siguiente copla que ha tomado carta de naturaleza, desde hace unos días, en los barrios de la Inclusa, cuya copla ha sacado de su cabeza el leído Porrete , tan popular en el barrio de Cabestreros. Hela aquí:
 Quien no viajó en tren botijo
ni tuvo juerga en su calle
ni lo quiso una morena,...
ha venido al mundo en balde."

Continúa Mestre con unas reflexiones en tono irónico, sobre las facilidades que el ferrocarril ha proporcionado para que la clases pudientes puedan ir de veraneo a las playas del Norte y otros sitios de moda, con el pretexto de sentirse enfermas, y cómo la rebaja en el precio de los billetes para Alicante también permiten a las clases humildes:
"... el capricho (los que gocen excelente salud) de suponer padecen de jaqueca, reúma o ataques nerviosos, haciéndose así la ilusión de la imperiosa necesidad que tienen de distraer las doce pesetas para remojar su físico en el mar alicantino.
¡Ya no hay clases!
Todas las personas de cualquier condición que sean pueden permitirse el lujo de imaginarse enfermas."
En el número de La Correspondencia de 5/09/1893 continua el relato:
"En la estación.-El amplio vestíbulo empezó a verse ocupado desde las once de la mañana por un contingente grande de viajeros económicos, provistos de sus respectivos bultos, figurando entre ellos los clásicos botijos y las achatadas hembras de éstos.
Los grupos de aspirantes al remojo eran muchos a las dos de la tarde.
Varias parejas del Cuerpo de Seguridad procuraba poner orden para que fueran adquiriendo los billetes.
-Señor Pepe-exclamaba una mujer a grito pelado, -procure ustez que le den buenos asientos pa que vayamos anchurosas.
....
El espectáculo que ofrece la estación es indescriptible.
Forman parte de la expedición gran número de cigarreras, muchas vendedoras de las plazuelas de la Cebada y de los Mostenses, varios vendedores que alguna vez suelen ser multados por expender las mercancías con pesas aumentadas; muchas modistas, que están ahora en vacación; bastantes capitalistas, y otros, que debajo de su humilde traje, son verdadeeros pudientes, conocidos como usureros entre los vendedores de la plazuela."
Por fin, y después de larga espera, llega el momento de subir al tren:
"En el andén.-Los expedicionarios, no obstante las observaciones de los empleados de la empresa y de los agentes de la autoridad, se precipitaron para tomar por asalto los coches y hacerse dueños de las ventanillas.
Los conquistadores, ya dueños de sus posiciones, se negaban a dar hospitalidad a los muchos que lo solicitaban.
-Protesto- decía un aspirante a viajero,- ahí caben todavía.
Y el coro de conquistadores exclamaba:
-¡Fuera, fuera! Haber venido antes.
Uno: Este sitio lo reservo yo para la Prisca, que no debe tardar.
Otro: ¡Pero ese memo de Torcuato, que no trae el botijo con el agua!
La animación crece. Varios individuos, provistos de unas piedras y algunos clavos, se preparan para hacer perchas donde colocar las americanas y demás prendas, mientras que otros colocan pañuelos en las ventanillas para no tenérselas que entender con Febo.
Un empleado: No se permite fijar clavos en los coches.
El aludido: ¡Y los derechos individuales!
Coro general:
Pasan por el puente
muchos matuteros...
Una joven: No claveis, que luego los coches van que parecen que han tenido  viruelas."
---
"-Oiga usted, tío leñe , no se ponga ustez de patas sobre el asiento, que mus va ustez a manchar.
El aludido: Mayormente, cuando lleguemos a Alicante, todos iremos manchados.
Otro: Y borrachos.
Otro: E imposibles."
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"-Señá Rita, quite ustez al niño la talega; no ve ustez que...
-Me había dado en la nariz. ¡Qué criaturas! Con chicos, ni a la gloria."



La composición del tren es formidable, estando formada por dos furgones, quince coches o vagones de 60 asientos cada uno, más un coche especial de segunda en el que viaja nuestro amigo Mestre y por fin:
"¡Viajeros al tren! .-Se oyó la frase oficial.
En este momento los viajeros ques están junto a los estribos suben a los carruajes.
Los gritos se suceden sin interrupción. La Babel aumenta.
-¡Dios nos pille confesados!-dice uno.
Otro,-Anselma, dí a madre que no le dé un céntimo a Traversal, porque ya sabe que es un golfo.
Los pañuelos se agitan, algunos botijos se mutilan, es decir, quedan sin pitorro a consecuencia de la rapidez con que algunos viajeros penetran en los coches.
La mar no está en Alicante, la mar se halla en este momento en el andén.
¡Vaya una juerga que se prepara esta noche!
Suena el pito y doy a un cuartillero estos apuntes para que los lleve a la redacción."
El tren llega a Alicante sobre las 9,30 de la mañana del día 4 de septiembre de 1893, después de más de 20 horas de trayecto. Desde la ciudad alicantina, Mestre Martínez sigue enviando crónicas al periódico, narrando anécdotas del viaje.
"¡Todo el campo es nuestro! .-No habíamos llegado aún a la estación de Villaverde, cuando entre los touristas que ocupaban el coche número 313 se desarrolló verdadero entusiamo por continuar la obra emprendida poco antes de partir el tren de Madrid y evitada por los empleados de la empresa, y que consistía en colocar clavos en los testeros del carruaje para improvisar perchas.
En efecto, díez minutos después el coche estaba convertido en una prendería.
Se colgaron pañuelos, cazadoras, camisolas, botijos, botas con vino, botellas, cajas y todos los efectos que pudieran tener fácil adaptación.
....
Mientras que la faena se practicaba, varias mozas de buen trapío, entre las que se distinguía la preciosa cigarrera Paulita Ramos (a) la Monja, se expresaban de este modo:
-¡Duro y a la cabeza! Miste qué rediós. Pus qué, ¡somos tan desarreglás las que venimos en tren botijo, que vamos a consentir llevar estos bultos encima de nosotras!.
-Dices bien, Socorro, así aprenderá la empresa a tener miramientos con los que pagamos nuestro dinero.
Un disidente: Peros señores, ya que clavemos, no insultemos. ¿Qué queremos que nos den por doce pesetas?
La Monja: ¿es usted de la impresa? ¡Adiós usia!
-Vamos, dejarse de picadillos-repuso un churrero de la calle del Conde Duque,- Aquí venimos de juerga y no a discutir como en la casa donde están los leones.-¡Ay que gracia!-repuso una joven que junto con el churrero estaba-¿Pues, qué, acaso se discute en la casa de fieras?
La Monja: No seas mema, se refiere el señor al Congreso."
Siguiendo con el relato, da la impresión de que todo el tren es un completo jolgorio y que la juerga es la consigna del viaje, aunque siempre haya personas que no estén muy satisfechas.
"En el carruaje número 342, una señora gruesa, tuerta del ojo izquierdo, que vino dando la lata todo el camino, ocupando dos asientos, exclamó ¡Vaya una empresa! ¡Cuidado que es tacaña y miserable! ¿Qué más la daba haber puesto coches de segunda, (ya que no de primera), toda vez que la máquina que nos arrastra igual nos arrastraría, y por consiguiente, a la compañía ningún perjuicio se le irrogaba?¡Esto no es más que prurito de humillar al pobre!
-Vamos, tranquilícese usted, deje esas mecánicas- le dijo un carpintero de la Ribera de Curtidores llamado Jesús, y cantemos algún coro, verbo el de los doctores de El rey que rabió.
Pocos momentos después, la masa de carne que el coche encerraba, se convirtió en masa de coros, de la cual formaban parte dos costureras en liso, domiciliadas en la calle de Ruiz llamadas Isabel y Andrea, aficionadas a ejecutar obras líricas en teatros caseros.
...
Esto ocurría, no entre Pinto y Valdemoro, como suele decirse, sino entre las estaciones de Villasequilla y Tembleque, en cuya última estación, la señora abultada, que durante el concierto había estado refunfuñando en tono menor, se bajó del carruaje, con muestras de asentimiento general, yendo a parar a otro coche en que la juerga, como se verá después, alcanzó grandes proporciones."
Plano de Alicante en el que pueden contarse hasta siete balnearios en la playa del Postiguet. Guía Baedeker 1900

El periodista, demostrando algo de mala uva, va siguiendo el rastro de la señora abultada:
"Talegón y Bufete.-En telegrama remitido desde Alcázar de San Juan dí cuenta de estos dos personajes, que han sido, sin duda alguna, los héroes de la expedición; pues bien, en el carruaje que aquéllos ocupaban, fué adonde ingresó la antes citada señora, buscando paz y reposo. Formaban el contingente de este coche, entre otros viajeros: cuatro peinadoras, Rosalía, Trinidad, Carmen y Gertrudis; Luis el anticuario, Sofía Silva y María Pérez; el conocido industrial de la calle de los Estudios D.Cristóbal Dols, Fabián el del Rastro, comprador de billetes para venderlos a la vuelta; dos gitanas y siete muchachos, el menor de cinco años.
Mi entrada en el coche fué recibida -aunque mal esté decirlo- con muestras de aprobación, debido a que entre los presentes había algunos conocidos míos que se maliciaron desde luego el objeto de mi viaje.
A poco de tomar asiento, Talegón y Bufete continuaron haciendo de las suyas.
He aquí el diálogo que entablaron y el resulatdo que dió:
Talegón (llamado Luis Pérez): Yo, señores, cuando voy de viaje procuro divertirme lo que puedo, porque, como dijo el otro, "dime con quién andas, te diré quién eres".
Bufete (llamado Pedro Rubalcaba): Y si no pega para cuando pegue.
Después de una corta pausa, duarnte la cual, tanto Talegón como Bufete hicieron a los demás una señal de inteligencia, no sin dirigir también intencionadas miradas a las gitanas, exclamó Bufete:
-¿Saben ustedes lo que creo? Que no vamos a tener un viaje tan feliz como el que fuera de desear.
-¿Por qué?- dijo Talegón.
Bufete.- Porque tengo la seguridad... tengo la seguridad... de que va a armarse una culebra.
Acabar de pronunciar esta palabra y dar las gitanas saltos repetidos y pronunciar miles de veces la palbra: ¡Lagarto, lagarto!! en cuyas oraciones también acompañaron tres más de los touristas, fué obra de un solo momento.
La risa fué general.
Tranquilizadas las gitanas, merced a varios tragos de vino conque fueron obsequiadas, se ocupó la tertulia en escuchar el cante jondo y de jipío que empezó el cantaor Celestino el Cuerdista, acompañado de la guitarra por Isidro el Tocaor.

Las palmadas, los olés, los viva tu mare, tu pare y er monaguillo que te echó el salero en la moyera, se repitieron centenares de veces entre los bravos y aplausos de todos.
          ...
La señora gruesa, cuyo nombre no quiso decir a nadie, estaba inaguantable; pero tuvo un golpe de gracia, pues exclamó con la mayor naturalidad cuando la broma estaba en su apogeo:
"Yo me iria a otro coche, pero ¿y si pierdo en el cambio?"
Por lo que narra Mestre Martínez, el viajecito se las traía comparado con los trayectos tan distintos y silenciosos de hoy en día, que sólo se ven interrumpidos por los teléfonos móviles y las conversaciones a través de los aparatitos.
"Detalles.-Según el recuento de las botas para y con vino que llevaba el convoy, y en cuya tarea me ayudó un bondadoso empleado del tren, pasaban de 300.
A las tres de la madrugada es casi seguro que todo el vino había sido trasegado a los respectivos estómagos, durmiendo la mona muchos de los consumidores.
El verdadero reposo de los botijeristas no duró más que desde las tres a las cinco de la mañana, hora en que los que ocupaban el coche 481 empezaron a simular, al unísono, el toque de Diana.
Durante el viaje no ha ocurrido ni el menor incidente desagradable.
En todas las estaciones, a la llegada del tren, han estado de servicio los médicos de la compañía."
Por fin y después de unas veinte horas de viaje para recorrer los poco más de 400 kms de distancia que hay por ferrocarril desde Madrid, los viajeros llegan a Alicante:
"Llegada del tren - Desfile.-Puede calcularse en tres mil los alicantinos que en las inmediaciones de la estación y trayecto desde ésta a la entrada de la ciudad, estaban esperando la llegada del tren.
Más de doscientos coches estaban en expectativa, y bien pronto sus dueños consiguieron verlos ocupados.Varios vivas a los madrileños y en especial a las madrileñas, se dieron por algunos hijos del pueblo, a cuyas manifestaciones de simpatía contestaron los viajeros, los cuales apenas se daban cuenta de la noche toledana que habían pasado.El desfile se hizo perfectamente, pues no obstante la numerosísima concurrencia que afluyó a la estación, no hubo que lamentar el menor contratiempo.Esta tarde algunos botijeristas se darán el primer chapuzón, aunque la generalidad lo efectuará mañana.Marcha el correo y no puedo continuar.- Mestre Martínez."
Alicante, balnearios en la playa del Postiguet. Foto de principios del siglo XX.


En 1894 se funda por parte de los viajeros del tren botijo del año anterior una especie de hermandad del botijo que con el tiempo dará lugar a una célebre y no menos jocosa "Orden Botijil", de la que Ramiro Mestre Martínez será figura permanente y aglutinadora, organizando y dando cuenta en su crónicas veraniegas, de los viajes en tren hacia Alicante, ciudad que durante largos años y hasta bien entrados los años sesenta se convirtió en la referencia veraniega de los madrileños. Otras ciudades se apuntaron al éxito de estos trenes, y así Granada para sus fiestas del Corpus, la ciudad de Murcia para su Semana Santa y el entierro de la Sardina, Cádiz para sus carnavales, y La Coruña, Santander, Gijón, San Sebastián, Bilbao, ...




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