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sábado, diciembre 12, 2009

El muerto resucitado de Plasencia 3: Conclusión

 viene de la parte 2

El corresponsal de El País, Enrique Segovia Rocaberti, continúa con la crónica del juicio en el número del 21/10/1888, del que extraigo lo siguiente:

Día 20/10/1888

Empieza la vista con la declaración de los médicos catalanes, señores D. Miguel Lluch, D. Ramón Miró y D. Isidro Calvet. Los dos primeros practicaron la dos autopsias del supuesto cadáver de Eustaquio Campo por orden del Juzgado, en diciembre de 1886 y abril de 1887 y no añaden nada de particular a sus declaraciones del sumario.
El Sr. Calvet fue médico del manicomio de San Baudilio, donde dice haber conocido a D. Eustaquio y a Santa Olalla. De D. Eustaquio dice andaba penosamente por efecto de la parálisis del pie, declarando que hizo dimisión de su cargo por no transigir con ciertas inmoralidades.

Más testigos
Don Evaristo Pinto Sánchez, director de El Cantón Extremeño, afirma que el procesado es D. Eustaquio, reconociéndole por la fisonomía, por sus maneras, su actitud y por muchas señas particulares. Cree falsa la partida de defunción de Campo, haciendo notar que la certificación del registro civil dice murió el 18 de septiembre de 1882 y la del cura dice que fue enterrado el 18 también, haciendo constar que en la partida  civil consta que falleció a las once de la noche, surgiendo la duda de que fuera enterrado entre once y doce, todavía caliente.
Declaran varios testigos más y todos están conformes en reconocer en el procesado a D. Eustaquio Campo, asegurando casi unánimemente que cojeaba y era bizco.

Cinco mujeres
Concurren Dolores Muñoz, Ana María Páez, Demetria Blanco, Manuela Garrido y Felipa Arcas.
Todas ellas se muestran mucho más resueltas que los hombres y todas reconocen que el procesado es el mismísimo D. Eustaquio.

El farmacéutico
D. Teodoro Jiménez, farmacéutico, muy amigo de Cruz , y que también lo fue de D. Eustaquio, no reconoce por tal al procesado.
Razona su declaración leyendo y entregando cartas de D. Eustaquio y su padre. Asegura que Campo no cojeó antes de sufrir la rozadura de una bota. Tampoco advirtió que padeciera estrabismo.

Un primo
Mariano Palomar, primo de Eugenio Santa Olalla, encuentra parecido con el procesado, pero afirma que no es éste. El testigo sufre atontamiento al terminar su declaración.

Los compañeros de armas
Declaran los antiguos amigos y compañeros de armas de Eugenio, Demetrio Borricón, Pedro Pérez e  Ignacio Bejarano. Los tres se reconocen, pero no así al procesado de quien aseguran con firme y resuelto acento no es Santa Olalla. Los dos primeros vieron a Eugenio después de licenciarse.
Termina la audiencia leyendo el defensor una comunicación dando cuenta de que en el expediente de carrera de D. Eustaquio Campo figura una certificación del doctor Bonifacio Blanco,asegurando que aquél no puede asistir a clase a consecuencia de un esguince o torcedura del pie derecho.
La Sala acuerda pedir oficialmente dicho documento.

Día 22/10/1888 (lunes)
La concurrencia a la sesión de hoy es muy numerosa. La Guardia Civil, con bayoneta calada, impide que la gente se aglomere a la puerta de la Audiencia.
El abogado defensor pone a disposición del tribunal las partidas de defunción y enterramiento de D. Eustaquio Campo, tras lo cual solicita que comparezca D. Felipe Díaz de la Cruz.
El señor presidente da órdenes para que se vea si entre los testigos que han de comparecer se encuentra el solicitado por la defensa.
El Sr. de la Cruz no se encuentra entre los testigos, aunque consta que se encuentra en Plasencia y en buen estado.

Catorce en pro y una en contra
Declaran quince mujeres, catorce favorables al acusado, a quien reconocen. Algunas sirvieron en su casa.
Entre ellas, una conocida como la Albina, declara que el procesado es D. Eustaquio, a quien conoció mucho, echándose a llorar al decir ésto.
Dice que conoció desde niño al padre de D. Eustaquio y a su abuelo, con quienes el procesado tiene mucho parecido. Oyó decir que Campo había muerto en un manicomio pero cuando se presentó en Plasencia, diciendo llamarse Eugenio, ella lo vió y le dijo: "¡Quiá!¡Usted es D. Eustaquio, a mí no me engaña!"
La décimo quinta declarante, de nombre Ventura Sánchez, afirma tajantemente que el procesado no es D. Eustaquio y habla de él con gran entusiamo. Según ella, no fue nunca cojo, ni bizco, ni zambo. En el calor del entusiamo dice: "Mi señorito era lo más fino y elegante y bonito del mundo; sus pies, como sus manos parecían los de una señorita.". Le advierten que varios amigos íntimos de Eustaquio declaran que tenía los dedos de las manos aporrillados de morderse continuamente las uñas, pero ella sólo transige con que tuvo un tumor.
Interpelada por el defensor, declara que su marido es sirviente de Prieto, el curador ejemplar que fue del procesado. (El público celebra las hábiles preguntas del abogado.)

Declaraciones importantes
Comparece como testigo D. José Izquierdo, médico, de avanzada edad, primo segundo de Eustaquio. Declara aplicando al oído la trompetilla, por ser extremadamente sordo.
-De mi boca, dice, solamente saldrá verdad, reflejo de mi conciencia.
Manifiesta que cuando circuló por la ciudad la noticia de haber venido Eustaquio, no quiso dar crédito a tales rumores, si bien pensó en la posibilidad del caso, por tener precedentes en el mismo hospital de Plasencia, donde ingresó y falleció un individuo con filiación equivocada, dando por resultado el hallarse vivo y sano el suplantado, que lleva hoy su partida de defunción en el bolsillo.
Añade que, en vista de que los rumores se acentuaban, fue a ver al procesado, sometiéndole a escrupuloso examen, por virtud del cual adquirió la firme persuasión de que física y moralmente el procesado no es ni puede ser más que su primo Eustaquio.
Igual declaración hace su hermano D. Juan, impresionando vivamente al público.

Uno que no lo conoce
Cierra las declaraciones de hoy D. Carlos Arrán, amigo compañero y condiscípulo de Campo; declaración borrosa e indecisa, diluida en períodos altisonantes. Dice que Eustaquio  no tenía estrabismo y que no cojeaba antes de la enfermedad.
...No reconoce sea éste su amigo Eustaquio, manteniéndose en actitud de duda.

El Sr. Cruz
Decididamente, tratándose de Cruz, es imposible asegurar nada.
Ignórase su plan. Hay quien supone que quiere reservarse para lo último, con objeto de conocer todas las fuerzas enemigas y los medios de que disponen para ceder o atacar, según convenga; pero hay también quien afirma, y estos son los más, que considera perdida su causa y se halla influido por el miedo.


Plasencia a principios del siglo XX


Día 23/10/1888 (martes)

Por fin el día 23 hace acto de presencia en la sala, el denunciante D. Felipe Díaz de la Cruz. Cuenta el cronista de El País:
"D. Felipe de la Cruz está en la sala de abogados rodeado de su hermano, su cuñado y algunos amigos.
La ansiedad en el público es inmensa.
El salón donde se celebra la vista del juicio oral es incapaz para contener tantas personas como quieren presenciar la sesión de hoy.
El calor es insoportable.
El público se estruja y estrecha para dar cabida a las personas que, a pesar de estar llena la sala, quieren tomar puesto.
El aspecto que presenta la sala es imponente."
Interrogatorio del fiscal
Comienza la vista.
El presidente llama al Sr. Cruz.
El fiscal comienza preguntando al Sr. Cruz, si tiene conocimiento de la manifestación verificada en octubre de 1886, a lo que responde el interpelado, que sí y que la componían única y exclusivamente niños de doce a catorce años de edad., dicho lo cual pasa a explicar la denuncia que hizo a la guardia civil y al Juzgado respecto del particular.

Continúa Cruz:
-Hallábame enfermo del estómago a primeros de septiembre, cuando mi hermano Narciso ,me llevó noticias de que Eustaquio estaba en Plasencia en casa de José Ayala. Habiendo cobrado éste último, 10.000 duros por la venta de la mitad de una dehesa, creí trataran de timarlo y avisé por medio de mi hermano a la guardia civil, que practicó un registro sin verme después ni darme cuenta de él.
Sigue hablando Cruz:
-Creo que el procesado ha consumado actos de usurpación de estado civil, dejándose agasajar y tratar como Eustaquio, recibiendo el día de este santo regalos y felicitaciones.
Los rumores, añadió Cruz, no cesaban, continuando cada vez más insinuantes e infamantes contra mí, permaneciendo indiferente, hasta que agravado mi mal, me dirigí a Marmolejo, buscando alivio para el estómago. Al recibir noticia de que por aquí se decía que me había fugado al extranjero, decidí regresar a Plasencia y vista la manifestación contra mí el día 16 de octubre, presenté la denuncia ante el Juzgado. desde entonces todo lo que sé del procesado lo es por referencias.
Fiscal.-Cuando se suscitó el expediente de curatela de D. Eustaquio Campo, ¿oyó usted decir que éste no estaba en el manicomio?
Cruz.-Esto es nuevo para mí. Supe tan sólo que indirectamente se insinuaba en el expediente no hallarse enajenado Eustaquio.
Fiscal.-¿Qué otros cargos puede presentar usted contra el procesado por usurpación?
Cruz.-Que al preguntarle yo cuando vine a ampliar mi declaración, me dijo estar convencido de ser Campo.
Fiscal.-¿recuerda usted las señas de Eustaquio?
Cruz.-Perfectamente. Fui su compañero de estudios en Salamanca, cazando con él muchísimas veces, sin notarle cojera al trepar por el monte. Tampoco era bizco; su voz distinta, y su acento marcadamente extremeño nada se parece al del procesado, castellano puro. creo que no puede confundirlos nadie que haya tratado íntimamente a Campo, atribuyendo a los que dicen serlo perturbación cerebral o dañada intención.

Interrogatorio del defensor
Defensor.-¿Le consta a usted que D. Eustaquio, no era bizco ni cojo antes de ir al manicomio?
Cruz.-Me consta como cosa cierta y positiva que no lo era hasta el año 1860, en que dejé de tratarle.
Defensor.-¿Pudo adquirir esos defectos del año 1860 al 65?
Cruz.-El año de 1876 no se los he notado.
Después de protestar contra la frase del defensor de días atrás que dijo "a enemigo que huye puente de plata" , Cruz explica largamente su participación en la testamentaria de D. Rafael Campo, con gran facilidad de palabra y corrección exquisita.
Defensor.-¿Es cierto que, dueño de importantes papeles de la testamentaria, cohibió usted a doña Francisca Belloso, viuda de D. Rafael, para que aceptase su mano?.
Con esta pregunta, Cruz contrae el rostro, estruja el pañuelo en la mano derecha y como picado por una víbora se yergue para contestar, cuando le ataja el presidente, llamando la atención del letrado.
El fiscal califica de impertinente la pregunta y pide que conste en acta, a lo accede el presidente.
Defensor.-Conste también mi protesta. Diga el testigo, ¿es cierto, como se ha referido, que al volver el curador ejemplar Sr. Prieto, del manicomio después de la muerte de D. Eustaquio, dijo al testigo que D. Eustaquio vivía bajo el nombre de un carpintero llamado Eugenio?
Cruz rechaza la versión despreciativamente y presidente y fiscal, califican la pregunta de impertinente.
Defensor.-¿Se opuso el testigo a que viniera Campo al interrogatorio para nombrársele curador?
Cruz.-Cierto, pero fue porque lo solicitaba Manuel Ayala, que carecía de personalidad en la testamentaria, por no ser heredero sino simplemente legatario pensionista sin derecho a intervenir en la testamentaria.
Defensor.-Entonces, ¿cómo escribió el testigo al Sr. Pujadas, director del manicomio, pidiéndole le indicase dónde radicaba el Juzgado para remitir exhorto con el fin de que los médicos ajenos al establecimiento reconociesen al demente?
Cruz.-Fue para entablar querella contra quien sostenía que el padre de Eustaquio le había llevado al manicomio sin estar loco.
Defensor.-¿Y cómo ese exhorto antes de la querella?
Cruz trata de explicarlo, pero inútilmente.
Sigue el interrogatorio del defensor que pregunta a Cruz, si salió de doña Francisca Belloso, el ir a ver a Eustaquio al manicomio, a lo que responde Cruz que sí.
Defensor.-¿Cómo entonces se quedó en Barcelona y no entró en el manicomio? 

Juliana Valiente, esposa de José Ayala.
Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)

Cruz.-Parece mentira tenga necesidad de explicar esto. Queríale ella con verdadero amor maternal, tanto que muchas veces vime obligado a reñir batallas con ella porque quería traerle con nosotros para asistirle de cerca. Exponíale las dificultades que esta situación nos crearía. Sabía yo que siempre que ella le veía con su difunto esposo, sin ser vistos del loco, ella sufría violentas emociones. De esta vez, como iba en mal estado, la dejé quedarse, yendo yo solo al manicomio. ¿Tengo necesidad de más explicaciones señor defensor?-pregunta irónicamente.
En el transcurso del interrogatorio, Cruz afirma que Concha Somera entraba en su casa, hablando familiarmente con doña Francisca, pero niega tuviese confianzas con aquélla.
Defensor.-¿Antes de marchar Concha al manicomio, pidió a usted recomendaciones?
Cruz.-Sí díselas y también algún dinero.
Defensor.-¿Sabe usted si Concha se resistió a ir a otro manicomio?
Cruz.-Oí que estuvo encaprichada en ir a San Baudilio de Llobregat.
Terminado el turno del defensor, el Presidente pregunta a Cruz si posee bienes de la testamentaria de D. Rafael Campo.
Cruz.-Sí, la dehesa del Berrocalillo y la mitad de la casa de la calle del Rey.
Presidente.-¿Hále reclamado algo el procesado?
Cruz.-Nada
Presidente.-¿Sabe si reclamó a otros?
Cruz.-Nada.
Se retira el declarante sudoroso y fatigado y se suspende el juicio durante quince minutos.

Muy importante
Reanudado el juicio a las doce y media, declara Miguel Ayala, pariente de Eustaquio y uno de sus herederos. Dice que siente una gran complacencia en reconocer que el procesado es su primo Eustaquio y que desea vivamente lo reconozca así el tribunal para ponerle en disposición de los bienes que él disfruta indebidamente.
Sigue a este testigo, Juliana Valiente, la cual declara que su marido acompañó a Concha al manicomio de San Baudilio en busca de Eustaquio, que estaba allí con un nombre supuesto.
Describe la escena del registro de su casa por la guardia civil, registro que atribuye a la visita que por la tarde le hizo la criada de D. Manuel Prieto, la Perejila, que debió ir a sonsacarla, pero no vio al procesado.
Dice que desde que supo que su pariente vivía, sintió intranquila su conciencia por estar disfrutando los bienes de un individuo a quien se suponía muerto, no estándolo, y hoy su intranquilidad es mayor viéndole y hablándole y no pudiendo devolverle su hacienda. ¡Yo quiero devolverle lo que es suyo!, añade llorando.
José Ayala, esposo de Juliana, también reconoce al procesado, aunque dice que  estuvo escamado algunas horas, porque se murmuraba si le habrían dado jicarazo.
Termina la vista con la declaración de Fernando Heras, que fue a buscar al procesado en compañía de Concha Somera quien le reveló el secreto y cómo convinieron los parientes en traerle, a condición de que nunca reclamaría nada ni tomaría el nombre de Eustaquio.
Termina la vista por hoy y mañana se espera con gran expectación, la declaración de Concha Somera.

Como dato curioso, hay que reseñar la noticia que el periódico El Liberal publica en su número de 23/110/1888, dice así:
"Lorca 22 (11,55 n).-En el Casino de esta ciudad se encuentra un cuadro propio de D. Juan Terrer, condiscípulo de Eustaquio Campo Barrado, que contiene los retratos de los alumnos de derecho del año 1863.
Entre ellos está el de Campo Barrado, bizco del ojo izquierdo, lo cual contradice la declaración del señor Díaz Cruz, que asegura nunca lo fue."

Retrato de Fernando Heras.
Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)

Día 24/10/1888 (miércoles)
Día de gran expectación pues se espera que Concha la Somera, haga interesantes declaraciones, desde las siete de la mañana una inmensa multitud espera en la puerta de la Audiencia.

Concha la Somera
Empieza la vista mandando el presidente comparezca Concha.
Entra Concha vestida de negro.
El fiscal la interroga.
Para la generalidad su declaración defrauda, pues se calla nuevas revelaciones, aun cuando anuncia se poseedora de secretos hondísimos. Repite sus declaraciones del sumario.
Según dice, se decidió a salvar a Eustaquio porque hablando un día con la madrastra de éste, le oyó decir que alguien trataba  de hacerle desaparecer.
Captándose poco a poco la voluntad de doña Francisca y hasta del mismo Cruz, introdújose en casa de éstos, oyendo a la señora que Prieto, curador de Eustaquio cuando volvió de liquidar cuentas con el manicomio, le dijo que Eustaquio vivía bajo el nombre de Eugenio. Doña Francisca, que estaba muy apesadumbrada e intranquila, pidió a la declarante que le salvase, concibiendo entonces el plan de fingirse loca, plan que tuvo que suspender por hallarse encinta y en cuya combinación entraron ambas. Pocos días después moría la esposa del señor Cruz. Entonces ella participó el secreto a personas extrañas. Fingióse más tarde loca, consiguiendo que la internasen en el manicomio de San Baudilio.
Allí, un loco que era de los principales, le confirmó las revelaciones de doña Francisca. Oyó también a diferentes pensionistas dar indistintamente al carpintero el nombre de Eugenio y de Eustaquio.
Acusa terriblemente a D. Baudilio Net, diciendo hacía bueno al difunto doctor Pujadas. Si yo, dice, contase todas las infamias allí cometidas, lloraría el tribunal mismo.
Refiere detalladamente su entrevista con el procesado, que siempre se presentó como Eugenio.
De regreso a Plasencia, reveló a Fernando Heras la existencia de Eustaquio, lo cual hizo también con Francisco Mateo Ayala.
Termina relatando cómo trajeron a Plasencia al procesado y el público se queda con ganas de oir nuevas revelaciones.
Continuando con el juicio, siguen las declaraciones de testigos, abundando los que creen que el procesado es el verdadero Eustaquio Campo, siendo muy significativa la intervención del testigo llamado Vicente Rodríguez. Leamos lo que cuenta el periodista de El País:

Declaración importante
Vicente Rodríguez, que sirvió treinta y siete años en casa de los padres de Eustaquio, reconoce por tal al procesado, a cuyo bautizo asistió en Alcántara, donde nació, y vino con su familia a Plasencia cuando aquél contaba dos años.
Fiscal.-¿Pues no murió en San Baudilio de Llobregat?
Testigo.-No, porque está ahí presente.
Fiscal.-¿Sabe a qué personas aprovecharía su muerte?
Testigo.-A D. Felipe Cruz.
Fiscal.-¿recuerda usted las señas de Eustaquio?
Testigo.-Antes de ir al manicomio arrastraba algo el pie derecho; después de su locura cojeaba más.
Fiscal.-¿Recuerda usted cómo tenía la vista?
Testigo.-Del ojo izquierdo un poco desgarrá.
Esta declaración impresiona al público por lo inesperada.

Seguidamente se procede a dar lectura de un escrito presentado por el señor Díaz de la Cruz, pidiendo autorización a la Sala para entablar querella por calumnia contra el abogado defensor por la pregunta formulada en la sesión de ayer, referente a haber cohibido a su esposa para que aceptase su mano, a lo que responde el Presidente que la Sala deliberará, pasado que sea el juicio.

Nuevo testimonio
Inocencio Fernández, de oficio posadero, declara que fue varias veces al manicomio desde 1870 a 1872, viendo a Eustaquio acompañado por un comerciante que le conocía. Dice es el mismo procesado al cual, preguntando una vez si quería algo para Plasencia, le oyó contestar con desprecio:"Nada necesito y menos de Plasencia".


Caso raro

D. José Vera López no le reconoce. Este testigo fue juez municipal cuando el juez de instrucción Sr. Palacios recibió un telegrama falso anunciándole hallarse grave una hija. Por su ausencia, Vera se encargó del Juzgado, dictando auto de "no ha lugar" a la venida de Eustaquio para ser reconocido, declaración que hace recordar el "no ha venido ni vendrá" del Sr. Cruz, que éste reconoció ayer haber pronunciado.
Con la declaración de dos testigos más, que reconocen al procesado, termina la vista de hoy.


Al día siguiente tendrá lugar una de las intervenciones más interesantes y también la que será una de las más demoledoras para los intereses de D. Felipe Díaz de la Cruz. Se trata de la declaración como testigo del magistral de la catedral de Plasencia, D. Benigno Felipe Carral y Oviedo.


Acceso principal manicomio de San Baudilio de Llobregat

La Ilustración Española y Americana (1873)

Día 25/10/1888 (jueves)
Comienza el acto por la lectura de la declaración prestada en el sumario por el abogado fallecido, D. Francisco Alvarez Elvira, declaración por completo favorable al procesado.
El presidente llama al magistral de este obispado Sr. Carral, quien se presenta en traje eclesiástico.
Tras los preliminares, el fiscal inicia su turno.
Fiscal.-¿Conoce el testigo al procesado?
Magistral.-Es D. Eustaquio Campo Barrado.
Fiscal.-¿En qué razones funda usted esa afirmación?
Magistral.-En que le conocí como a otros compañeros suyos por los años 55 al 57.
Fiscal.-¿Qué más datos tiene?
Magistral.-Parécese extraordinariamente a su padre en la parte superior del rostro, desde la boca, y en la espalda a su tío D. Juan Izquierdo.
Fiscal.-¿Quién podía tener interés en la desaparición de Eustaquio? Diga con entera libertad cuanto sepa y presuma.

Magistral.-Lo diré. D. Eustaquio era poseedor de una gran fortuna. En San Baudilio no tenía herederos. Luego estaba en Plasencia el interesado o interesados en su desaparición.
El impulso debió partir de aquí. Alcanzo, presumo más aún: creo que el único que ha podido abrigar tal interés, es Felipe Díaz Mazón,-así llama a Cruz. (Estas frases, pronunciadas con extraordinaria energía, causan honda sensación. tras breve pausa continúa.)
D. Felipe comienza rebajando 5.000 duros al valor de la dehesa del Berrocalillo, que después ha pasado a ser suya por casamiento forjado en el interés, con la viuda de D. Rafael, padre de Eustaquio. Pronuncia en famosa ocasión la frase "no vino ni vendrá".¿Qué sentido tiene esa frase? El mismo nos la explica en carta al director del manicomio que figura en autos: "Importa ahora, más que nunca, probar sobradamente que Eustaquio está loco".
Pruébalo también, añade, su negativa a los ruegos de su esposa que quería traer el loco a Plasencia. Últimamente muestra D. Felipe su interés en la conducta que sigue y ha seguido en este asunto desde la venida de Eustaquio.
Tanto se dudó de la muerte de Eustaquio, dice el magistral, que jugando al mus en el casino D. Joaquín Silos, al oir la noticia de la muerte exclamó. "¿Eso será una farsa!"
Interrógale luego el defensor.
El magistral revela que le vió dos veces el canónigo D. Manuel Díaz, hermano de Cruz, con quien habló sobre el particular Refiere que doña Francisca Belloso no quería que Concha fuera a salvar a Eustaquio fingiéndose loca, sino con otro plan.
El magistral ha estado durísimo en el fondo, aunque se expresa de forma correcta.

Incidente conmovedor
Preséntase Marcelino Santa Olalla, hijo del verdadero Eugenio, joven de diecisiete a dieciocho años, que representa menos, en cuya fisonomía y en cuyo cuerpo no hay un solo rasgo de parecido con el procesado.
Fiscal.-¿Tiene usted padres?
Testigo.-Padre no sé; mi madre murió.
Fiscal.-¿Vivió algún tiempo con su padre?
Testigo.-Sí, hasta que tuve unos cinco años.
Fiscal.-¿Recuerda  algo de él?
Testigo.-Nada.
Fiscal.- ¿Y de su madre?
Testigo.-Tampoco.
Fiscal.-¿qué fue de usted al morir su madre?
Testigo.-Primero fui llevado a casa de mis abuelos y después de su muerte a un asilo.
Fiscal.-¿Conoce al procesado?
Testigo.-De que me dijeron era mi padre cuando mi tía Eulalia me sacó del asilo.
El fiscal ordena se aproxime el declarante al procesado. Avanzan uno y otro hasta colocarse a distancia de un metro, y los dos permanecen silenciosos un rato. Sus semblantes nada revelan, mirándose con una impasibilidad absoluta. Por fin Marcelino rompe el silencio diciendo:
Testigo.-No encuentro nada que me recuerde a mi padre.
La presencia del testigo emociona al público.

Retrato de Marcelino Santa Olalla, hijo de Eugenio Santa Olalla.

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)

Tras Marcelino, siguen declarando varios testigos, entre ellos empleados y personal del manicomio de San Baudilio, quienes niegan que el procesado sea Eustaquio Campo Barrado. Especial interés tiene la declaración del que fue subdirector del centro, D. Baudilio Net. Fue procesado a consecuencia de abusos punibles descubiertos en el manicomio por el gobernador señor González Solesio. Cae en contradicción con el médico Calvet, e incurre en otras que causan estupor y se hacen constar en el acta.

Día 26/10/1888 (viernes)
Con mucha menos concurrencia que en días anteriores comienza la sesión de hoy, con la lectura de una carta, que desde Tuy remite el teniente, D. Antonio Lauzos.
La carta, que va dirigida al médico D. Antonio Alvarez, dice que estando apostado para cazar la perdiz en la dehesa denominada Berrocalillo, oyó comentar a D. Felipe de la Cruz  con un íntimo amigo, lo que le había costado lo de Eustaquio Campo, junto con otros particulares muy graves que promete revelar si fuere preciso.
La lectura de esta carta produce en el auditorio gran sorpresa y no menos sensación.

Terminada la prueba testifical propuesta por el fiscal, comienza la de la defensa.
Son llamados y desfilan ante el tribunal más de treinta testigos que reconocen categóricamente al procesado.
La declaración más importante es la Faustino García Martín, choricero de Candelario establecido en Barcelona. Fue el encargado por la familia Campo de pagar mensualmente las pensiones del loco, haciéndolo personalmente desde 1865 hasta el 72. Es hombre rico, de posición independiente, de conducta intachable y estimado y querido de todos por su integridad.
 Con gran energía y acento enérgico, en que palpita su honradez, al par de una profunda convicción, dice que el procesado es el mismo Eustaquio a quien vio infinitas veces.
Esta declaración juzgase decisiva.
Faustino termina diciendo que dejó de pagar la pensión el 72, porque el director Pujadas le dijo "se entendería directamente con la familia."

Día 27/10/1888 (sábado)
Ha terminado el examen de testigos.
Las declaraciones prestadas por éstos han sido, sin excepción alguna, favorables al procesado.
María Gil Pelayo, lavandera, recuerda que la madre de Eustaquio mostróselo muchas veces desnudo y vióle un lunar.
-¿Dónde?-pregunta el defensor.
La testigo duda, sin saber cómo nombrar el sitio, saliendo del paso sin ofensa del decoro. (Grandes risas.)
Está efectivamente comprobada la existencia del lunar.
Varios criados y criadas del difunto D. Rafael Campo, padre de Eustaquio, declaran que éste se ocupaba por afición en trabajos de carpintería.

Retrato de María Gil Pelayo. Lavandera de 76 años.

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888)


Día 29/10/1888 (lunes)
Las conclusiones fiscales
En medio del mayor silencio el secretario se levanta y da lectura al escrito fiscal modificando las conclusiones.
"Las nuevas son éstas, tomadas literalmente de la lectura:
Primera. Que el procesado por esta causa hallábase como demente en el manicomio de San Baudilio, del cual se había fugado ya cuando recobró la razón, llevando desde entonces una vida aventurera, propia del que carece de recuerdos y de afecto que le atraigan y se deja llevar sólo del instinto de libertad.
Segunda. Los hechos relacionados no constituyen materia de delito, y caso de apreciarles de otro modo, no aparece demostrada la culpabilidad del procesado, quien por otra parte y con arreglo a las prescripciones de la ley de Enjuiciamiento criminal puede ejercitar en debida forma su derecho.
Tercera. Que no hay méritos para continuar el procedimiento contra el procesado en concepto alguno.
Cuarta. Que no ocurren circunstancias de apreciación.
Quinta. Que el procesado por esta causa, a quien se adjudicó la personalidad de Eugenio Santa Olalla y ahora pretende, aunque no en debida forma, que se le reconozca como suya propia la de Eustaquio Campo Barrado, puede ser absuelto libremente, alzándose la fianza prestada para que permanezca en libertad provisional, declarando de oficio las costas procesales."
El discurso
El fiscal comienza su discurso haciendo constar no ha tenido intervención en el sumario, encontrándole formado y completo.
Dice que este proceso es el preludio de un juicio declaratorio y de unos o más procesos criminales que necesariamente se derivarán de él.
Haciendo historia, arranca con la desaparición de doña Clotilde Barrado, analiza las circunstancias de Eugenio Santa Olalla, dando por hecho que debió morir, analiza la demencia de Eustaquio explicando las razones dadas por expertos sobre la falta de memoria en el procesado, que yendo de la manía suicida a la homicida, derivó en idiotismo, saliendo de éste sin memoria, convertido en un hombre niño, como lo prueba su indiferencia durante los debates del juicio.
Continuando con su discurso, fustiga terriblemente a los empelados del manicomio, destruyendo el valor de sus declaraciones.
Dice le consta de ciencia propia la escandalosa gestión del manicomio, por haber tenido en él persona muy querida.
Prosigue recogiendo conjeturas, afirmaciones y datos del sumario y de los testigos en apoyo de sus tesis, terminando un período con estas frases. "ese procesado podrá no ser D. Eustaquio; pero de ningún modo es ni puede ser Eugenio."
Aduce en apoyo de esta afirmación, pruebas indubitables, de las cuales resulta, en efecto, que el procesado no es Santa Olalla, creyendo que es realmente D. Eustaquio y diciendo que tiene expedita la acción correspondiente para recobrar su verdadero estado civil, puesto que en este proceso no se trata de esta cuestión.
Este luminoso informe ha sido tan favorable al procesado como una defensa y causa una honda impresión en el auditorio.


Día 30/10/1888 (martes)

Interviene la defensa
La sala está repleta de gentes que esperaban desde antes de las seis de la madrugada.
El defensor, Sr. Fontán, reinicia su defensa cuyo preámbulo expuso ayer.
Partiendo, como ayer el fiscal, de la desaparición de la madre de Eustaquio, manifiesta que hay presunciones fundadas de que doña Clotilde Barrado pudo ser secuestrada a orillas del río y conducida al primitivo manicomio del doctor Pujadas.
Analiza y desmenuza, por decirlo así, cuantas declaraciones de cargo, pruebas y testimonios existen en el voluminoso proceso, para deducir, devolviendo a Cruz una frase, que "quien niegue que el procesado es Eustaquio, está perturbado o abriga malsana intención."
Toda la primera parte del discurso del defensor tiende a dejar probado que el procesado es Eustaquio Campo.
La segunda parte se dirige a conseguir que se le reconozcan todos los derechos inherentes a su personalidad, manifestando que cree que no es de aplicación al caso presente el artículo 5º de Código, invocado por el fiscal, por entender que es de la competencia de este tribunal reconocer en el procesado la personalidad y los derechos correspondientes a D. Eustaquio.
Aludiendo al fiscal, dice que para aquél funcionario, si mal no ha oído, el procesado es D. Eustaquio,
Fiscal.-Exactamente.
Pues, una de dos- continúa el defensor- o es o no es Eustaquio. Si reconocéis, señores jueces, que no es reo de usurpación, tácitamente reconocéis que es Eustaquio Campo Barrado.
La defensa termina con párrafos muy sentidos, encomiando la sensatez de los plasentinos y la imparcialidad de los órganos de prensa.
Terminada la vista, un gentío inmenso espera la salida del procesado que sale por una puerta excusada, lo que no  impide que en su tránsito por las calles sea detenido, abrazado, besado y saludado cariñosamente por gentes de todo tipo.
Palacio de Justicia. Plasencia
Foto Gom

Día 2/11/1888 (viernes)

La sentencia
Por fin, el día 2 de noviembre el tribunal dicta sentencia, según la cual se absuelve  al procesado de los delitos de usurpación de personalidad y se le reconoce el derecho  para reclamar el estado civil que cree corresponderle, pero - y ahí está lo fundamental- no declara como reconocida la personalidad de D.Eustaquio Campo Barrado . El texto completo de la parte resolutoria o fallo es el siguiente:
"FALLAMOS:Que debemos absolver y absolvemos en esta causa, declarando todas las costas de oficio que se hayan ocasionado con  motivo de este juicio, al que figura procesado en la misma con el nombre de Eugenio Santa Olalla Palomar, y posteriormente dijo ser como en el juicio reiteró Eustaquio Campo Barrado, alzándose la fianza que tiene prestada con referencia a su libertad provisional, con objeto de que determine los particulares que estime necesarios relativos a la falta no incidental y poniéndose certificación oportuna remítase al Juez municipal de esta ciudad por conducto del Instructor de la misma, a fin de que previo emplazamiento de las partes celebre el juicio que proceda dando en su día conocimiento a este Tribunal de cumplirse lo mandado; remítase también los documentos que hayan venido al porceso, quedando nota bastante en autos de los que se haya interesado su devolución, y no ha lugar a la declaración que pretende la defensa que se haga referente a la personalidad de D. Eustaquio Campo Barrado, y a la reserva con el objeto que indica en su escrito de conclusiones, sin que por esto se entienda que se le priva de ejercitar cuantas acciones estime oportunas en adquisición de los derechos que se crea que le asisten o le pertenezcan; y no ha lugar tampoco a que se faciliten o expidan las certificaciones de los particulares que se determinan por D. Felipe Díaz de la Cruz en sus escritos de 24 y 26 de Octubre último, ni a la autorización que pide respecto a las personas del letrado don José Fontán Centeno, D. Benigno Carral Oviedo, Concepción Somera Alonso y José Ayala Valiente a los fines que expresa. Pues así por esta nuestra sentencia definitivamente juzgando lo pronunciamos, mandamos y firmamos: José Delgado.-Ramón Portela,-Eduardo Pardo Casajús.
Cuenta la prensa de la época, que conocido el fallo, la noticia se divulgó rápidamente por Plasencia, y se manifestó el júbilo general de los plasentinos, manifestándose publicamente al grito de "Lo es, lo es", y dando vivas a Eustaquio,  disparándose cohetes, autorizando el alcalde que la banda de música recorriese las calles y apareciendo muchos balcones engalanados.
Pero pasado el júbilo inicial, la realidad es que la sentencia no reconocía la personalidad de Eustaquio Campo Barrado y que la cuestión determinante de todo el caso quedaba sin resolver.
Así que el lunes día 4 de noviembre. el procurador de Eustaquio Campo, presentaba un escrito a la Sala, suplicando que se sirviera suplir las omisiones en que incurría la sentencia respecto a las dudas que planteaba su fallo. 
Al anterior escrito, respondía el tribunal al día siguiente, con un  auto en que se decía que no había lugar a las pretensiones manifestadas en el mismo y de nuevo, el procurador de Campo, D. Juan Antonio García-Verdugo Sánchez,  insistía con un nuevo y largo escrito de fecha siete de noviembre, en el que la defensa concluía que creía no proceder la libre absolución por las causas expresadas en el veredicto del Tribunal y sí porque el procesado había identificado su verdadera personalidad como Eustaquio Campo Barrado, concluyendo de que de estar equivocados, era preferible una sentencia condenatoria.
El día diez de noviembre de 1888, el tribunal responde al nuevo escrito de la defensa,  concluyendo que no ha lugar a lo solicitado en el mismo.
Tras la gran expectación popular que el caso había despertado en toda España, el asunto se va diluyendo con el paso del tiempo, aunque seguirá dando muchas noticias por múltiples causas y procesos judiciales derivados. De las noticias relacionadas con el mismo y publicadas en meses  y años sucesivos, entresaco la siguiente relación cronológica:

En el Mercado. Plasencia

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888)



5 de noviembre de 1888.-Fallece D. Manuel Prieto, que fue curador ejemplar (tutor) de D. Eustaquio Campo Barrado y uno de los mayores opositores al reconocimiento de la personalidad del que decía serlo.
10 de noviembre de 1888.-Viajan a Madrid, el alcalde de Plasencia D. Ramón Delgado, el abogado defensor José Fontán,  el director de El Cantón Extremeño y varias personas más.
Noviembre de 1888.-La Audiencia de lo criminal, admite el recurso de casación contra la sentencia, interpuesta por la defensa en nombre de D. Eustaquio Campo.
Enero de 1889.-El Ayuntamiento de Plasencia empadrona al supuesto Eustaquio Campo Barrado con ese nombre y la Agencia de la Hacienda en Plasencia expide cédula personal con el nombre de Eustaquio Campo Barrado, al conocido como "muerto resucitado".
Febrero de 1889.-Estancia en Madrid de D. José Fontán y D. Eustaquio Campo Barrado, al objeto de desistir de los dos recursos de casación que habían interpuesto ante el Tribunal Supremo, contra el fallo de la Sala de Plasencia. El Sr. Fontán se propone entablar la acción civil para recabar la personalidad de Eustaquio Campo  para su defendido.
Junio de 1889.-La Audiencia de Cáceres ha sobreseído la querella entablada contra el alcalde de Plasencia por haber mandado expedir cédula personal a D. Eustaquio Campo Barrado.
Septiembre de 1889.-El defensor del "muerto resucitado" de Plasencia, presenta escrito ante el Juzgado de Instrucción de Plasencia, pidiendo que se declare nula por falsa la inscripción de defunción de D. Eustaquio Campo Barrado; que se reconozca el derecho que le asiste como legítimo hijo de D. Rafael Campo, a usar de su apellido, y ejercer las acciones y derechos inherentes a su personalidad; que se declaren nulas las operaciones divisorias realizadas y por tanto, ilegítima de la cualidad de herederos que hoy ostentan otros, y que se le devuelvan los bienes que pertenecieron a su padre y de los que es único y forzoso heredero.
Mayo de 1890.-El juez de Plasencia declara pobre para litigar contra D. Narciso Díaz de la Cruz, a D. Eustaquio Campo Barrado.
Septiembre de 1890.-Es detenido D. Eustaquio Campo Barrado, acusado de usurpación de estado civil. Pasadas las 72 horas de de detención ingresa en prisión. El juzgado ha procedido en virtud de querella formulada por José Belloso, hermano político de D. Felipe Díaz de la Cruz, que se vale de terceras personas para plantear pleitos. Presentados los recursos legales, se acordó posteriomente la libertad provisional, bajo fianza, del detenido. El periodista de la Correspondencia, Ramiro Mestre Martínez, visita Plasencia tras la puesta en libertad de Eustaquio Campo, entrevistándose con  él y con Concha Somera. Por él sabemos que Eustaquio y la Somera, andan enemistados por causas políticas y que no se hablan.
Diciembre de 1890.-La Audiencia de lo criminal de Plasencia dicta un auto sobre el último procesamiento de D. Eustaquio Campo, en el que se declaran nulas y sin valor ni efecto, todas las actuaciones habidas desde que se admitió la segunda querella presentada por D. José Belloso Mandado.
Febrero de 1891.-El Juez de Instrucción del Norte de Madrid, en virtud de exhorto del de Plasencia, solicita al Rector de la Universidad Central, certificado literal de cuanto conste en el expediente académico de la Facultad de Derecho del alumno D. Eustaquio Campo Barrado.


Mayo de 1891 (La Epoca 26/05/1891)
"Ante la Sala segunda del Tribunal Supremo ha empezado a verse el recurso de casación interpuesto por Eustaquio Campo Barrado, conocido por el muerto resucitado.
Ya recordarán nuestros lectores el fallo recaído en este famoso proceso que tanto preocupó la atención pública.
En virtud de este fallo fue absuelto el Campo Barrado en la causa que se le siguió por usurpación de estado civil. Inmediatamente se incoó a instancia del mismo la correspondiente demanda de filiación contra los herederos del supuesto difunto, para que reconocida la verdadera personalidad, entrara aquél en posesión de los bienes que a la sazón disfrutaban los demandados.
Entonces uno de éstos formuló querella contra el demandante por usurpación de estado civil, y juntamente con esta demanda se solicitó del Juzgado el procesamiento y la prisión provisional del muerto resucitado.
A ambos extremos accedió el Juzgado, decretando la suspensión del juicio civil. Campo Barrado interpuso dos recursos de reforma, uno contra el auto de procesamiento y otro contra el que decretaba la prisión provisional.
Prosperó el segundo recurso; pero no habiendo sido admitido el primero, se apeló a la Audiencia, que revocó el auto del juzgado.
Entonces el demandado querellante interpuso el recurso a que nos referimos al principio. Si el Tribunal supremo sentencia conforme con el Juzgado, volverá a abrirse el famoso proceso, y si falla con la Audiencia, continuará el pleito civil."
Abril de 1892.- Concha la Somera es ingresada en el manicomio de Ciempozuelos (Madrid).
Mayo de 1893.-Eustaquio Campo Barrado se encuentra gravemente enfermo.
Junio de 1893.-Felipe Díaz de la Cruz es nombrado juez municipal de Plasencia, causando gran sorpresa y profundo malestar a gran parte de la ciudadanía.
Julio de 1894.-Se reabre la causa del muerto resucitado. El sumario consta de mas de dos mil folios y en él hay notables trabajos de la Real Academia de Medicina.
Diciembre de 1896.-Fallece en Plasencia Eustaquio Campo Barrado.

Eustaquio Campo Barrado falleció sin que se le hubiera reconocido su personalidad como tal., su cuerpo reposa en el cementerio plasentino. Concha Somera fue detenida por el asesinato del patrón de su hijo, en Alcuéscar (Badajoz) en febrero de 1905. El abogado defensor José Fontán Centeno, llegó a ser Presidente de la Diputación Provincial de Cáceres y Gobernador Civil de Cáceres, falleciendo en 1936. De Felipe Díaz de la Cruz, en algún blog he leído que acabo sus días en un manicomio, pero no he podido contrastar la información.

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martes, diciembre 08, 2009

El muerto resucitado de Plasencia 2: El juicio

viene de la parte 1

Día 16/10/1888
Ha comenzado la célebre causa a las diez en punto de la mañana.

El acusado
Se presenta en la Audiencia media hora antes acompañado por el procurador y los parientes de D. Eustaquio Campo que lo reconocen.Viste de negro con levita y lleva gafas. Los partidarios de Campo se muestran prudentes y silenciosos, siguiendo los consejos de las autoridades que recomendaban el orden más perfecto. Sólo pequeños grupos afluyeron a la plazuela de Vargas, donde está la Audiencia.

El interrogatorio
Anunciada audiencia pública, el presidente dice dirigiéndose al procesado:
-Levántese usted. ¿Cuál es su nombre?
El interpelado obedece y contesta sin vacilación:
-Eustaquio Campo Barrado
Al decir esto está de pie, y su mano derecha descansa sobre el pecho. Su cabeza, ligeramente inclinada sobre el hombro derecho, revela más humildad que arrogancia.
Presidente.-¿Se reconoce usted reo del delito de usurpación del estado civil de Eustaquio Campo Barrado, de que le acusa el ministerio público?.
Procesado.-No, señor.

Prueba documental
Comienza la lectura de la prueba documental, prestando el procesado extraordinaraia atención, pero con semblante impasible que no delata emoción alguna.
Los profanos que asisten tentados por la curiosidad y en espectativa de emociones, dan señales de impaciencia.

Informe del cuerpo médico madrileño
La vista sigue sin interrupción hasta las once y quince que se suspende por algunos minutos para dar descanso al secretario que lee.
Reanudada la lectura de las pruebas, llega el turno al informe del cuerpo médico forense madrileño, acerca de la perdida de la memoria en el acusado. Es un documento notable que presenta variedad de casos mas raros que el presente sobre aquélla perdida.
Termina la sesión a las dos y diez de la tarde.
Esta tarde irán el fiscal, el defensor y el magistrado Sr. Pardo a casa del curador Manuel Prieto, que está enfermo. a recibirle declaración.


Palacio de Justicia de Plasencia según grabado realizado en las fechas del juicio oral.



Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)







Día 17/10/1888
Por haberlo solicitado la defensa llegó ayer, procedente de Burgos, Mariano Palomar, tío de Eugenio. Vió al procesado D. Eustaquio Campo, no reconociéndolo, negando rotundamente fuera su sobrino.

Continúa la vista
Continúa la vista de juicio oral a las diez y veinte minutos de la mañana, prosiguiendo la lectura de la prueba documental.
De acuerdo con el defensor se suprime la de varios documentos con objeto de abreviar el acto.

Que venga muerto o vivo
Sigue sin aparecer en el juicio el demandante, D. Felipe Díaz de la Cruz. Su hermano Narciso comenta al periodista:
-Ayer le puse un telegrama diciéndole. "Aunque sea muerto es necesaria tu presencia en ésta. Confío, por lo tanto, que estará en ésta hoy o lo más tarde mañana".

Minutos antes de transcurrir la hora marcada, el secretario se declaró rendido, terminando la sesión de hoy con la lectura de la certificación sobre la causa instruida por la Audiencia de Valencia acerca de la detención ilegal de una señora en el el manicomio de San Baudilio de Llobregat.

Día 18/10/1888
Comienza la tercera sesión, que puede considerarse la primera ya que las dos anteriores se han dedicado a la lectura de los autos y prueba documental.
La concurrencia era el doble o triple que en los dos días anteriores, en la sala hacía un calor sofocante.
El secretario da fin a la torre de papel sellado que ha estado leyendo durante nueve horas en los tres días, y le parece mentira tanta felicidad; creíase condenado a lectura perpetua.


Fachada del Palacio de Justicia de Plasencia
Foto Gom (2019)


El interrogatorio
El señor presidente manda levantarse al procesado y le pregunta:
-¿Su nombre de usted?
-Eustaquio Campo Barrado.
-¿Qué edad tiene?
-Cuarenta y nueve años.
-¿Profesión?
-En la actualidad, ninguna.

Toma la venia el fiscal para interrogar al procesado.
...
-¿Usó con anterioridad al actual, algún otro nombre?
-Sí, señor; primero me llamé Francisco González y después Eugenio Santa Olalla.
-¿Y ese nombre de Francisco González , correspondía al de alguna persona que de usted fuese conocida?
-No, señor; me lo dí inconscientemente, como hubiera podido adoptar otro, cuando al fugarme del manicomio comprendí que había necesidad de llamarse algo.
-¿Y el de Eugenio Santa Olalla?
-Ese nombre lo acepté porque me lo dieron en el manicomio la segunda vez.
-¿Quién se lo dió?
-El vicedirector del establecimiento, dirigiéndose a uno de la carpintería, dijo señalándome: "Este es Eugenio Santa Olalla y es de Burgos." Me sorprendió, pero pensé: Esto será que durante mi enfermedad han averiguado mi verdadero nombre; y no dejó de alegrarme esto, porque así pensaba yo que ya no estaba solo y que tenía una familia, porque también después me hablaron de esto.
-¿No recuerda haber declarado que vio su nombre en un documento?
-El documento ese es la partida de bautismo de Marcelino Santa Olalla, de quien me dijeron que era padre.
-¿No tiene más antecedentes?
-Sí, señor; tres cartas fechadas en Burgos, que me entregaron bajo sobres que llevaban el membrete del manicomio,...
-¿Conserva el procesado alguna de esas cartas?
-Ninguna
-¿Recuerda por quién estaban firmadas?
-Por Eulalia Santa Olalla.
Sigue el fiscal haciéndole preguntas sobre la fecha en que recobró la razón, (1874-1875); las veces que estuvo en el manicomio, (2); y cómo se fugó y sus andanzas durante su fuga como Francisco González.



Grabado de la Sala de la Audiencia donde se celebró la vista del juicio oral.
Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888).

"Durante este largo interrogatorio, en el que el señor fiscal le dirige sus preguntas rápidamente pero con claridad y precisión, el procesado no vacila ni una sola vez, contestando con la misma rapidez y con la correspondiente y posible precisión.
El procesado no recuerda cómo fue llevado por segunda vez al manicomio de San Baudilio, y repite su declaración sobre las cartas recibidas de Burgos y acerca de la partida de bautismo de Marcelino Santa Olalla, en la que vió los nombre de los abuelos de aquél."
-¿Y en virtud de esas cartas-vuelve a preguntarle el fiscal- resolvió usted marchar a Burgos?
-Sí, señor; pedí permiso,..., lo obtuve y marché a Burgos. Creía yo haber encontrado ya una familia, pero me llevé chasco. Llegué a Burgos a la casa en que vivía Eulalia y hablé con un zapatero que había a la puerta; el zapatero avisó al marido de Eulalia; ella no estaba, pero fueron a buscarla, y, al volver a su casa, me abrazó; fue por Marcelino, me lo entregó, y al día siguiente partí con él a Barcelona.
-¿Cenó usted con la familia?
-Sí, señor; y allí dormí también.
-¿A quién más vio en casa de Eulalia?
-A dos jóvenes que me parecen eran hijas suyas y a un mozo, que creo era hijo.
-¿Le hablaban todos como si fuera usted Eugenio?
-Sí, señor.
-¿No evocaron ningún recuerdo de familia?
-Ninguno
-¿Advirtió si le miraban con recelo?
-No lo advertí.
-¿Le trataban con cariño?
-Sí, con afecto.
-¿Qué edad tenía Eulalia?
-Me pareció de un año o dos más que yo.
-¿Y durante el viaje y después de él, el chico no le refirió antecedentes?
-Sí, alguna vez me habló de parientes cuyo nombre no recuerdo.
-¿Conoció usted en el manicomio a una joven llamada Concepción Somera?
-Si, señor.
-¿Qué año?
-Me parece, sin que pueda asegurarlo, que fue el 83.
-¿Estaba en clase de alineada?
-Si, señor.
-¿Cuál era su manía?
-Por mi parte, no le conocí ninguna; la vi en el costurero y no revelaba nada de particular.
-¿Habló usted con ella?
-Sí, señor, cinco o seis veces, pero muy pocos minutos, porque no podía ser otra cosa.
-¿Qué le dijo ella?
-Recuerdo que una vez me dijo que iba allí para salvarme; pero como yo la tenía por una alineada, ningún caso la hice.
-¿Fueron a verle el año 85 dicha Concha y Francisco Mateo Ayala?
-Sí, señor.
-¿Dónde se vieron?
-En una casa particular, porque además de tener días de salida, pidiendo permiso podía salir cualquier día.
-¿Qué le dijeron?
-Francisco Ayala, mi tío (pronuncia acentuadamente estas dos palabras), me dijo que yo era su sobrino.
-¿Qué razones le dio?
-Que me conocía. Me dirigió varias preguntas sobre el pasado a las que yo no pude contestar, porque nada recordaba. El insistió, y los dos me propusieron venir con ellos a Plasencia. Me negué, pero más bien porque me dejasen que con ánimo de cumplir mi promesa, les ofrecí venir.

Retrato de Eustaquio Campo en las fechas del juicio, obtenido en base a una fotografía.

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888).













Prosigue el interrogatorio del fiscal.
-¿Recuerda cuando  fue Concha por tercera vez acompañada por Fernando Heras y José Ayala Valiente?
-Si, señor. Entonces decidí venirme con ellos; después de todo en mi estado, tanto me daba residir allí como aquí; pero les impuse esta condición: que yo no reclamaría nada al Juzgado y que llevaría el nombre de Eugenio Santa Olalla, trabajando en mi oficio para vivir sin serles gravoso.
-Al recobrar la razón ¿recordó cómo había aprendido la carpintería?
-No, señor.
-¿Sabe si estudió?
-No lo recuerdo.
-¿Se lo han dicho?
-Si, señor.
-¿Qué conocimientos tiene usted hoy?
-Leer, escribir, contar y algunos otros que he adquirido desde que por última vez recobré la razón. En este periodo leí algo de la biblioteca del manicomio.
-Y al recobrar la razón ¿cómo escribía usted?
-Primero casi letra a letra, pero con el ejercicio fui rehaciéndome.
-¿Qué sabe de latín?
-Nada, ni de Derecho.
-¿Se ha presentado usted al Juzgado de su libre y espontánea voluntad con el nombre de Eustaquio Campo Barrado, o por el contrario, alguien le ha excitado a presentarse como tal?
 Sin vacilar, con energía y con dignidad, contestó el procesado:
-Nadie me ha obligado a ello; me presento como Eustaquio Campo Barrado por el convencimiento adquirido de que lo soy. Toda la responsabilidad es mía únicamente.
Estas declaraciones producen en el público, ya predispuesto en favor del acusado, profunda emoción, aunque sin provocar manifestaciones de aplauso, contenidas por el respeto al tribunal.

Pregunta el defensor
El letrado defensor Sr. Fontán, inicia su interrogatorio.
-¿Cojeaba usted cuando recobró la razón?
-Si, señor.
-¿Era usted calvo?
-Bastante; aunque no tanto como ahora.
-¿En qué mes conoció usted a Concha Somera?
-No puedo decirlo con seguridad.
-¿Fue por el que le dijeron era su hijo, antes o después de ver a Concha por vez primera?
-Con posterioridad.
-¿Y las cartas cuando las recibió?
-Lo mismo.
-¿Por qué se negó usted a venir a Plasencia con Francisco Ayala?
-Porque no creía ser D. Eustaquio Campo.
Repite la relación de sus entrevistas con Concha, Francisco Ayala, Frenando Heras y José Ayala, y a la pregunta del defensor de si reveló a alguien, ya en Plasencia, ser D. Eustaquio Campo, contesta:
-Nunca ni a nadie dije que yo era D. Eustaquio.
-¿Disuadió, en cambio, o trató de disuadir a los que le preguntaban si lo era?
-Eso sí.

Los médicos
En las pruebas periciales intervienen cuatro médicos, a cuya opinión se somete la cuestión relativa a  si puede perderse la memoria por efecto de demencia, hasta el punto de no recordar nada del pasado.
Tres de los cuatro profesores opinan que sí y el cuarto, el Sr. Monge, disiente de esa conclusión,  que justifica apoyándose en un larguísimo informe, cuya lectura ocupa casi un tercio de la sesión que impacienta al público presente.
A continuación se somete al juicio de los doctores la consulta de si la cicatriz que el procesado tiene en un brazo se debe a quemaduras. Los doctores Izquierdo, Maurín y Pérez Solís así lo afirman y el cuarto, el Sr. Monge opina que no, sino que debió ser ocasionada por fractura o balazo.
El abogado defensor, pregunta si la cicatrización puede obtenerse artificialmente, conviniendo los cuatro médicos en que no pudo ser así.
Preguntados a qué puede deberse la cojera que se le nota al procesado en la pierna derecha, el Sr. Monge cree que es un fenómeno congénito y los otros tres médicos, que ocasionada por enfermedad.

Los peritos calígrafos
También son cuatro. Examinan primeramente dos firmas indudables del verdadero Eugenio Santa Olalla, una de 1862 y otra de 1869, encontrando identidad entre ambas. Seguidamente comparan estas dos firmas con la que aparece en la nómina de mayo de 1881, firmada en el manicomio de San Baudilio por el procesado, declarando unánimente los cuatro calígrafos que no tiene semejanza alguna con las del verdadero Santa Olalla.  

 La firma de arriba, de 1869, corresponde al verdadero Eugenio Santa Olalla.

La firma de abajo, de 1881, pertenece al procesado, en una nómina firmada en San Baudilio
 


En cambio opinan, que la firma de la nómina de San Baudilio de 1881, guarda grandes semejanzas, casi identidad completa, con la letra de las firmas de Eustaquio Campo Barrado que consta en varias cartas.
La prueba caligráfica, como se ve, resulta favorable al procesado.

La firma de arriba pertenece a una carta de 1863 firmada por el verdadero Eustaquio Campo Barrado.

La firma y rúbrica de abajo pertenecen al procesado en la fechas del juicio








Día 19/10/1888
Termina la prueba pericial
Se abre la cuarta sesión con la prueba pericial fotográfica, compareciendo los Sres. Mendía, fotógrafo de Béjar y D. Francisco Ruiz, plasentino, que declara haber retratado dos veces al procesado y hecho una ampliación de un antiguo retrato.
El Sr. Mendía también retrató al procesado y ambos fotógrafos afirman, que comparados los retratos de antaño con los actuales del supuesto Eustaquio Campo, creen que son de idéntico sujeto.
El fiscal solicita que la compareciencia se haga con la ampliación de tamaño natural de un retrato de Campo, remitida por la Academia de Medicina.
Hecha la prueba, tirando una línea horizontal sobre las cejas, resulta comprobada la apreciación de los peritos. Interpelados los peritos por el fiscal para que digan si observan diferencia en la frente de uno y otro retrato, contestan que no la hay.



A la izquierda, el retrato de Eugenio Campo Barrado en 1862
A la derecha, el retrato del supuesto Eustaquio Campo en 1886

Cruz no se presenta
Llamado acto seguido a comparecencia el señor D. Felipe Días de la Cruz, nadie contesta.El secretario se levanta y dice que anoche se presentó una certificación legalizada, de un médico de Andújar declarando al Sr. Cruz enfermo e imposibilitado de asistir al juicio.
El fiscal lamenta su ausencia y pide que se lea la declaración del Sr. Cruz para no interrumpir la vista. Así se hace.

El defensor
El abogado defensor manifiesta que ya sospechaba surgiría esa enfermedad; pero que, puesto que el Sr. Cruz no viene, siendo el principal testigo de cargo, no será él más papista que el Papa, recordando el refrán "a enemigo que huye, puente de plata".
Los campistas no caben en sí de gozo. Los crucistas están consternados.

Varios testigos
A continuación prestan declaración varios testigos.
Pedro Mendo, condiscípulo de Campo en el colegio, recuerda que Campo era bizco y cojo, reconociendo al procesado.
El Sr. Alcalá y Ramos declara no reconocer al procesado por Campo.
María Pérez García conoció a Eustaquio en Madrid por frecuentar mucho su casa y dice es el procesado.
Fiscal.-Sin embargo, D. Eustaquio murió y certificóse su muerte en regla.
Testigo.-Así será; pero él está ahí sentado.
Sigue Ana Melchor, tía de Eustaquio que preguntada si conoce al porcesado, contesta:-¡Como que es mi sobrinito Eustaquio!
Fiscal.-¿Y cómo puede serlo si murió?
Testigo.-Esto, señor, es cosa providencial. Dios nos lo ha conservado y añade que lo asistió en un ataque y en la enfermedad de las quemaduras.
Preguntada por el fiscal si no teme perder lo que heredó reconociendo al procesado, replica vivamente:
-Pues como el quisiera, hasta la camisa daría por él.
Cayetano Macías, albañíl de las obras de D. Felipe Cruz, niega que el procesado sea el verdadero D. Eustaquio. Dice que fue con el padre de éste a Madrid por el loco y le asistió cuando se produjo las quemaduras en la hoguera. El testigo vacila y está próximo a caer, habiendo necesidad de prestarle inmediatamente auxilio. (Rumores. El público dice es la conciencia por declarar contra la verdad.)
Seguidamente es llamado D. Alejandro Madas Gil, secretario municipal, quien reconoce en el procesado al verdadero D. Eustaquio Campo. Igual testimonio dan los siguientes testigos.

Resumen del día
Las impresiones de hoy son más desfavorables aún que ayer para el Sr. Cruz. 
Sus mismos amigos no encuentran justificación para su ausencia.


         sigue en la parte 3



sábado, noviembre 28, 2009

El muerto resucitado de Plasencia 1: Antecedentes

En octubre de 1886,  la prensa de Madrid se hace eco de una noticia publicada en El Cantón Extremeño,  un periódico editado en Plasencia, provincia de Cáceres que dedicaba todo el número para referir un suceso rodeado de intriga y misterio, bastante enrevesado, que se hizo muy popular y que dio mucho de qué hablar en años sucesivos, en el que el fondo fundamental de la cuestión, como tantas veces, estaba en el reparto y derechos de una herencia. Se trata del sorprendente caso del muerto resucitado,  de Plasencia.
Hacia el mes de agosto de 1886 hace acto de presencia en la ciudad, un personaje procedente del manicomio de San Baudilio de Llobregat  cuya cédula personal lo identificaba con el nombre de Eugenio Santa Olalla Palomar. Otras personas lo identifican como Eustaquio Campo Barrado, quien supuestamente había fallecido años antes en aquél centro catalán. 
Vayamos a los antecedentes del caso.
Eustaquio Campo Barrado era hijo único de D. Rafael Eusebio García Campo y Ayala y  de Doña María Clotilde Barrado. La familia vivía en Plasencia y gozaba de una buena y respetable posición económica.



















Casa de los Campo Barrado en la calle del Rey de Plasencia

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana (1888)


El 21 de marzo, Domingo de Ramos, de 1852, la madre desaparece. Según se cree, pudo suicidarse arrojándose al río Jerte, pero el caso es que su cuerpo nunca se encontró a pesar de rastrearse el río y ofrecer su marido, recompensas a quienes encontraran el cuerpo.
El supuesto suicidio lo sería como consecuencia de la depresión que a la pobre mujer le entró al verse la cara picada de viruelas tras padecer esta enfermedad y lo corroboraba el hecho de que acompañándole en el paseo una doncella, al llegar a la altura del puente de San Lázaro le había encargado un banal recado con el fin de quedarse sola. De vuelta del recado, la sirvienta econtró una zapatilla de la señora junto al pretil del puente.
Al no encontrarse su cuerpo, el pueblo fabuló y se propagó el rumor de que la infeliz dama sorprendió a su marido en un molino cercano cometiendo adulterio y que éste la había asesinado, procediendo a deshacerse del cuerpo del delito.
Más adelante, en el juicio que tiene lugar en 1888, el abogado defensor de Eustaquio sostiene que Doña Clotilde no se suicidó, sino que a causa de su estado mental fue conducida e internada con discreción en el manicomio de San Baudilio de Llobregat.
Cuando ocurre la desaparición de su madre, Eustaquio cuenta con doce años cumplidos.
Pasan más de diez años, el joven Eustaquio termina la carrera de abogado en la Universidad de Madrid y su padre contrae segundas nupcias con una mujer de 23 años, la misma edad que el recién licenciado. La nueva esposa, de nombre Francisca Belloso, es 30 años más joven que su marido y es sobrina de Manuel Prieto, un personaje que adquirirá cierto protagonismo en el futuro.
La boda disgusta profundamente a Eustaquio, de tal manera que es el desencadenante de agresivas actitudes de odio a su padre y crecientes episodios de enajenación mental.










Retrato de Eustaquio Campo Barrado con 23 años, según dibujo tomado de una fotografía de 1862.

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Dos hechos destacan en relación a la supuesta locura de Eustaquio Campo, el primero de ellos ocurre en Madrid, en 1864,  donde el infeliz, situado junto a la fuente de la Cibeles y vestido elegantemente, ofrecía agua con corrección y cortesía a todo  el que se le acercara, utilizando como recipiente un sombrero de copa .
Su padre lo trae de vuelta a Plasencia y aquí ocurre el siguiente episodio doloroso, ya que Eustaquio encerrado en el jardín de la casa paterna, prende una gran hoguera a la que se arroja. Curado de las quemaduras, su padre lo ingresa en el manicomio de San Baudilio de Llobregat, el 28 de diciembre de 1865.
Pasan los años, Eustaquio sigue recluido en el manicomio sin apreciarse mejoría en su locura y en 1874, su padre D. Rafael G. Campo fallece. Deja una fortuna en bienes muebles e inmuebles valorada en 578.551 pesetas, una respetable cifra para la época. Son herederos legítimos, su segunda esposa a la que además de los bienes gananciales, le corresponde el quinto de la legítima y el usufructo de la herencia total hasta que su hijo D. Eustaquio se encontrase en condiciones de administrarla. En caso de fallecimiento del hijo, continuaría usufructuando la herencia Doña Francisca, pasando luego a nueve herederos de las familias de Prieto y los Ayala. Como tutor y curador queda nombrado D. Manuel Prieto.





Plasencia: Ermita de San Lázaro y puente del mismo nombre, en cuyos alrededores desapareció Clotilde Barrado..






Pronto surgen las desavenencias entre los Prieto y los Ayala. Estos últimos reclaman que Eustaquio vuelva a Plasencia para comprobar su recuperación y si está capacitado para administrar su herencia. La joven madrastra y los Prieto se niegan y ambos bandos se enfrentan en pleitos.
Para defender sus intereses los Prieto eligen como abogado a D. Felipe Díaz de la Cruz, persona que gozaba de gran reputación y que hace proposición de matrimonio a la joven viuda, con la que se casa.
Después de sucesivas incidencias, el pleito se resuelve en favor de las pretensiones de los Prieto y del  nuevo marido de Francisca Belloso. Parece ser que ésta última, sí deseaba que Eustaquio volviera a Plasencia.
Cuenta la prensa que los gastos de este pleito ascendieron a 20.000 duros, si bien en una carta enviada al periódico por D. Felipe Díaz de la Cruz, éste asegura que fueron únicamente 4.000.
El redactor de La Correspondencia que resume en la edición del 26/10/1866  lo relatado en El Cantón Extremeño, añade lo siguiente:
"El año de 1878, a los trece o catorce de estar en el manicomio el D. Eustaquio, ocurrió la siguiente escena:
Visitando el Sr. D. Felipe Diaz de la Cruz el establecimiento de San Baudilio de Llobregat, le dijo el director, doctor Pujadas:
-No va Vd. a conocer a D. Eustaquio. ¡Está muy desfigurado!.
El Sr. Díaz de la Cruz dicen que replicó:
-Le reconoceré tan pronto como le vea.
Y en efecto, al ir una galería adelante se fijó en un cuarto donde había tres o cuatro dementes, y el Sr. Díaz de la Cruz dijo señalando a uno:
-Ese, ese que tiene el traje claro y el sombrero de paja con alas anchas, ese es.
El doctor Pujadas asintió"
El año 1882  D. Felipe Díaz de la Cruz recibe un telegrama del administrador del manicomio de San Baudilio comunicándole el fallecimiento de D. Eustaquio. Viaja hacia dicho centro. el tutor del difunto, Sr. Prieto que cuando llega, se encuentra con que ya se había enterrado al finado. Manda colocar una lápida en el nicho y regresa a Plasencia, con la certificación en la que constaba que D. Eustaquio Campo Barrado había fallecido de una fiebre maligna.
El 21 de octubre de 1885 fallece Francisca Belloso y la herencia de Rafael Eusebio G. Campo se reparte entre los herederos nombrados por él.











Retrato de D. Felipe Díaz de la Cruz

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Hasta aquí los antecedentes del caso, que surge cuando hacia el mes de Agosto de 1886 corre por Plasencia el rumor de que el hijo de D. Rafael Eusebio Campo y de Doña Clotilde Barrado, no sólo no ha fallecido sino que se encuentra en la ciudad.
El supuesto Eustaquio Campo Barrado, no se llama así sino que atiende al nombre de Eugenio Santa Olalla y tiene el oficio de ebanista.  El cómo llega a Plasencia es bastante singular y según cuentan los periódicos se debió a la iniciativa e insistencia de una mujer llamada Concepción Somera.
Volvamos a La Correspondencia y a su número de 26/10/1886 donde en base a lo publicado en El Cantón Extremeño recoge lo siguiente :
"Dícese que una joven de Plasencia, llamada Concha Somera, que ha padecido accesos de enajenación mental, fue a buscar alivio a su dolencia al manicomio de San Baudilio, donde permaneció algún tiempo, reconociendo allí a D. Eustaquio. Dicha joven, completamente curada, regresó a Plasencia, y su primera visita la dedicó a los Ayala, con objeto de darles cuenta del muerto resucitado.
La familia acordó ponerse en camino para San Baudilio, donde dijo estaba el D. Eustaquio empleado en el manicomio y averiguar de este modo la certeza del suceso, comisionando para ello al honrado comerciante D. Fernando Heras García, sobrino político de D. José Ayala, encargándole todos se informara muy al por menor para no ser sorprendido y acompañándole también la Somera.
Lo que allí sucedió se ignora
Volvió el Sr. Heras García de su excursión y se ignora también lo que diría a la familia; lo cierto y ello es que al año, poco más o menos, volvió a salir con la Concha Somera, según se dice, y fue a Plasencia acompañado de un hombre, prematuramente viejo, que decía llamarse Eugenio Santa Olalla, que es a quien las gentes señalan como hijo de D. Rafael Eusebio Campo."
Sigue contando la prensa, que el recién llegado y un joven  que lo acompaña como supuesto hijo, se hospedaron primeramente en casa de D. José Ayala donde la Guardia Civil los identificó como Eugenio Santa Olalla y Marcelino Santa Olalla, respectivamente. Posteriomente se trasladaron a casa del Sr. Heras, donde trabajan en la carpintería de Concha Somera.
Describen al que se hace llamar Eugenio Santa Olalla, como una persona instruida, de aspecto tranquilo, que aparenta entre 44 y 48 años, de baja estatura y con una ligera cojera del pie derecho y estrabismo, los mismos defectos que tenía el verdadero Eustaquio Campo.
 Los ánimos debían estar revueltos en Plasencia, en base a las supuestas injusticias cometidas contra Eustaquio, para aprovecharse de su herencia terceras personas y todas las miradas iban en la dirección de D. Felipe Díaz de la Cruz, y el asunto se complica cuando el 17 de octubre de 1886 tiene lugar una  manifestación compuesta por unas doscientas personas, mujeres y chiquillos en su mayor parte, encabezados por un banderín dando vivas a D. Eustaquio y con el lema de "que le den lo que es suyo".
Respecto a la marcha, El Cantón Extremeño  relata lo siguiente:
"...Partió de la calle del Sol, donde vive el Eugenio Santa Olalla, siguió a la plaza, subió por la calle del Rey, y frente a la casa que fue de D. Rafael Eusebio Campo, que hoy habita D. Felipe Díaz de la Cruz, y allí se despacharon a su gusto, dando vivas y otras voces más significativas.
Al anochecer se disolvieron pacíficamente los manifestantes, oyéndose durante la noche vivas aislados en las calles y plazas de la ciudad.
El fiscal de aquélla Audiencia, Sr. Castellanos y el Juez de Instrucción entienden ya en este asunto, pues el Sr. Días de la Cruz ha presentado la oportuna denuncia."











Retrato de Concepción Somera y Alonso (Concha la Somera)

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)



Entre los grandes valedores y apoyos que tuvo Eustaquio Campo, además de Concha Somera y los Ayala, destacó el laborioso director de El Cantón Extremeño, D. Evaristo Pinto Sánchez, quién publica en su periódico:
"...que bajo su palabra de honor, está dispuesto a asegurar que el Eugenio Santa Olalla es el mismo D. Eustaquio Campo Barrado, a quien conoció desde la niñez, del que fue leal y consecuente amigo  y a quien ha reconocido con satisfacción, tras una larga época de amargura y sufrimiento."   
La denuncia presentada por D. Felipe Díaz de la Cruz, y motivada por la manifestación delante de su casa, da lugar a un proceso judicial cuyo sumario se irá ampliando en meses sucesivos y  que no hace sino perjudicar los intereses de Eustaquio Campo al adquirir el proceso, carácter de procedimiento criminal.
En las diligencias previas instruidas, declaran entre otras personas, las pertenecientes a la verdadera familia de Eustaquio Campo, los Ayala, quienes manifiestan rotundamente que la persona que está en Plasencia con el nombre de Eugenio Santa Olalla es el hijo de Rafael Eusebio G. Campo Ayala y que están dispuestos a restituirle los bienes suyos heredados.
La prensa liberal ataca a D.Felipe Díaz de la Cruz y éste demanda judicialmente los periódicos de Plasencia, El Teléfono y El Partido Liberal  que publican artículos relativos a su persona.
Pero, ¿qué es de Eustaquio Campo Barrado?.
Los diarios cuentan que mantiene  absoluta reserva, que no sale de la casa donde vive y  que se atribuye su retraimiento a cierta coacción cuyo fundamento se ignora. Por las mismas fechas  circula por Plasencia el rumor de que habían llegado a la ciudad dos o tres forasteros con la intención de asesinarlo y que las autoridades estaban investigando. 
Los responsables del manicomio de San Baudilio de Llobregat, a los que el asunto toca  de lleno y no  los deja bien parados, reaccionan y en noviembre de 1886 el periódico El Diluvio de Barcelona publica:
"A propósito del "Muerto resucitado" que tanto apasiona a los plasentinos, el director del manicomio de San Baudilio nos ha pasado copia del comunicado que dirige al Cantón Extremeño.
De él se desprende que el verdadero don Eustaquio falleció realmente en 1882 en dicho manicomio conforme lo atestiguan dos antiguos empleados del establecimeinto; que la joven que asegura haber tratado a D. Eustaquio en el manicomio, no pudo haber hecho tal, porque entró en el establecimiento después que D. Eustaquio había muerto; y finalmente que la persona que se hace pasar por D. Eustaquio es otro demente curado llamado Eugenio Santa Olalla, al cual indujo probablemente a entrar en el complot una señora que llegó a San Baudilio una mañana, hospedose en la hostería del pueblo, donde tuvo una entrevista con Santa Olalla. El director del manicomio dice que el tribunal podrá apreciar si el Eugenio, que había ejercido de carpintero en el establecimiento, es el Eustaquio, haciéndole preguntas sobre derecho, que el último había cursado, y también haciéndole inspeccionar la piel del cuerpo, en la que se han de notar señales de las grandes quemaduras que D. Eustaquio sufrió al echarse a la hoguera."
Entre las diligencias practicadas, se procede al reconocimiento del llamado Eugenio Santa Olalla, con el objeto de comprobar si las cicatrices que tiene corresponden a las quemaduras que sufrió en su día D. Eustaquio. De los cuatro médicos que lo examinan, tres encuentran perfecta identidad  y el cuarto, que curiosamente es el nombrado por D. Felipe Díaz de la Cruz, no las confirma.
En el mes de noviembre de 1886 el juez de instrucción encargado del caso, D. Sandalio González es trasladado con ascenso, lo que dará lugar a comentarios y recelos al respecto e incluso a una interpelación del diputado Sr. Cepeda en el Congreso de Diputados, formulada al ministro de Gracia y Justicia el 20/11/1866.








Retrato del supuesto Eustaquio Campo Barrado en 1886

Dibujo de Juan Comba. La Ilustración Española y Americana. (1888)





Como ya es hora de saber algo de la personalidad del verdadero Eugenio Santa Olalla, cuyo nombre ostenta el supuesto Eustaquio Campo Barrado, leamos lo que cuenta La Ilustración Española y Americana  en su número de 30/10/1988:
"Eugenio Santa Olalla y Palomar, hijo de Ignacio y Juliana, nació en Burgos el 14 de Noviembre de 1841; fue soldado en el primer regimiento de Ingenieros, cumpliendo sus años de servicio en 1867; se casó en Burgos en el año siguiente, tuvo dos hijos, perdió a su mujer, y poco después la razón, e ingresó primero en el hospital de San Juan de aquélla capital, y luego en el manicomio de Valladolid, donde permaneció hasta el día 4 de Abril de 1879, en que curado de la demencia, y calificado como soltero; vino a Madrid, y en el mismo año entró en el Hospital general, y segunda vez en 30 de Abril de 1880; en 10 de Octubre del mismo año, y en virtud de relación firmada por el Director del Hospital provincial de esta corte, fue admitido en el manicomio de San Baudilio de Llobregat un alineado llamado "Eugenio Santa Olalla, hijo de Ignacio y de Juliana, natural de Burgos, de treinta y siete años, viudo, jornalero"." 
Respecto al muchacho que acompaña a Eugenio-Eustaquio en su venida a Plasencia  y en condición de hijo suyo, se debe al hecho de que hacia 1882 y estando en el manicomio de San Baudilio recibe una carta desde Burgos, de una mujer llamada Eulalia Santa Olalla que dice ser hermana suya,  comunicándole que allí tenía un hijo en el hospicio y que debía recogerlo y educarlo. Viaja a Burgos, recoge al niño de unos 12 años de edad, de nombre Marcelino y viaja con él hasta San Baudilio de Llobregat, llevándoselo consigo cuando decide ir a Plasencia.
El día 11 de diciembre de 1886 prestan declaración ante el Juzgado especial dos antiguos compañeros de armas y profesión de Eugenio Santa Olalla. Su venida a Plasencia se debe a las gestiones llevadas a cabo por un comerciante, de nombre Mariano López, que al tener un hermano en Burgos, Martín López Villalaín, le encarga hacer gestiones para averiguar aspectos y antecedentes de Eugenio Santa Olalla. Como resultado de esas pesquisas consigue localizar a dos vecinos de Burgos, antiguos amigos y compañeros del investigado, a los que convence de ir a Plasencia, en una de las visitas a su hermano. Los recién llegados, de nombre Demetrio Borricón y Pedro Pérez visitan la casa de Fernando Heras, donde vive el que se hace llamar Eugenio Santa Olalla y tras examinarlo y hacerle varias preguntas, manifiestan que aunque se le parece, no es el mismo que ellos conocieron,...
"pues aquél no podía andar con la soltura que éste, ni era calvo y bizcaba mucho los ojos, mientras éste nada más que el izquierdo, ni tenía tampoco ninguna imperfección en los dedos pulgares, ni señal alguna en su cuerpo, pues se habían bañado juntos muchas veces.
El viernes, al ir a declarar el Santa Olalla o Campo Barrado, le vieron en la calle y se ratificaron en la opinión antes manifestada."  (La Iberia, 13/12/1866)
Estamos en 1887, y el día 21 de enero tienen lugar unos acontecimientos que vienen a complicar todo un poco más.
Llamado por el juez instructor, el 19 de enero llega a Plasencia procedente de Peñaranada, un tal Juan Alvarez, de profesión carpintero y que en tiempos pasados fue uno de los íntimos de la familia Campo, siendo él quien condujo a D. Eustaquio al manicomio de San Baudilio.
Dada la importancia del testigo y con el fin de que no tuviera  contacto con los partidarios del muerto, el juez manda un alguacil al alojamiento de Alvarez. El 20 se presenta ante el juez para prestar declaración y si ya estaba todo embarullado todavía se monta un lío mayor. Leamos lo que cuenta el diario La Iberia en su número de 24/01/1887:
"Llegada la hora de la declaración y reconocimiento, parece que el Alvarez manifestó que coincidían con D. Eustaquio Campo las señales del estrabismo, las ciciatrices de las quemaduras y del panadizo que sufrió en un dedo, la estatura y el timbre de la voz pero que no había encontrado parecido en el semblante; asombroso es como este rumor se propaló, y con él la suspicacia popular comenzó a dar cuerpo a la creencia de que la declaración de aquél había sido en todo contraria a los deseos de la generalidad.
Al día siguiente varios grupos de mujeres y hombres se reunieron ante la casa en que se hospedaba el declarante, protestando enérgicamente contra su conducta y dejando traslucir en sus manifestaciones que conceptuaban los dichos del mismo, resultado de sugestiones extrañas y no fiel reflejo de lo que su conciencia le dictaba, estas primeras manifestaciones de la opinión fueron paulatinamente adquiriendo eco y resonancia,..,y los grupos se aumentaron hasta el punto de hacer precisa la intervención de las autoridades gubernativas para despejar la Plaza Mayor y disolverlos, pues ya multitutd de hombres se habían unido a los primeros manifestantes.
Al poco tiempo la Plaza Mayor estaba otra vez cuajada de vecinos, siendo ya estéril las gestiones que hicieron las autoridades locales para disolver los numerosos grupos que allí se formaron.
En esta situación permanecieron las cosas hasta un poco después de medio día, hora en que acercándose la salida del correo para Béjar, reclamó la autoridad referida el auxilio de la fuerza pública, y obtenido la Guardia Civil escoltó al testigo hasta la Administración de los coches; en este punto, por acentuarse cada vez más amenazadora la manifestación, aquélla autoridad reclamó la protección de más numerosa fuerza, y acudió en su virtud a aquél sitio la compañía de infantería en aquélla ciudad acantonada."
Como el mayoral de la diligencia se negaba a conducir el coche por temor a la muchedumbre, se acuerda que las fuerzas de orden conduzcan a Juan Alvarez fuera de la ciudad para que desde un punto remoto tome el transporte, pero una vez iniciada la comitiva el pueblo se indigna y llega a lanzar pedradas a la escolta que realiza entre quince y veinte disparos, hiriendo mortalmente a un comerciante de nombre Jaime Sagrera.

Vista de Plasencia hacia 1900 
Acuarela de Sir Edgar T.A. Wigram. Grabado de Alessrs Cad Hentschel, Ltd. 


Avanza el año 1887 y el sumario del proceso no termina de concluirse, la prensa de Plasencia muestra su desacuerdo con el retraso y así lo manifiesta en artículos, folletos y proclamas, en los que se deja traslucir influencias externas.

El 10 de julio de 1887, el periódico semanal de Plasencia, El Noticiero  publica, un extenso artículo del que forma parte el siguiente párrafo:
"La duración de ese proceso, dado el procedimiento criminal vigente, excita poderosamente la curiosidad de este pueblo, que no ve nada que se relacione con la política en el asunto Campo Barrado, ni tiene otro interés que el esclarecimiento de un hecho que no comprende ni se explica; es más ni aún sospecha que no se administre justicia, sino que uno y otro día ve a un hombre que cree reconocer y le ve sin personalidad civil, desheredado de los naturales y civiles derechos inherentes a todo ciudadano, y produce admiración que pasen días y noches sin saber quién es realmente, pues si para la conciencia pública es Campo Barrado, hay empero, sobradas razones para dudar, dada la partida de finado y la madurez con que los tribunales entienden en el asunto; y desearían los impacientes saber el fallo de la justicia, sin preocuparse del matíz político de nadie, ni tener en cuenta que éste sea blanco ni el otro negro."
El supuesto Eugenio Santa Olalla por fin reivindica el nombre de Eustaquio Campo Barrado y así firma en un comunicado suyo publicado en El Noticiero el 28/08/1887, manifestando su protesta por verse perseguido por mujeres y chiquillos.

Terminando el año 1887, el juez especial que entiende en la causa, decreta el procesamiento contra el que se decía Eugenio Santa Olalla y hoy usa el nombre de Eustaquio Campo Barrado, quedando en libertad provisional al haber satisfecho la fianza de 5000 pesetas.

El "malo de la historia", D. Felipe Díaz de la Cruz y Mazón, se querella a diestro y siniestro contra las publicaciones que publican sueltos y andanadas que le afectan, llegando a presentar denuncia contra el canónigo magistral de la catedral, D. Benigno Carral, por un artículo publicado el 29 de abril de 1888 en El Noticiero y que dará lugar a otro proceso. El propio D. Felipe Díaz de la Cruz, publica un extenso folleto para defenderse de las acusaciones e infundios que se publican sobre su persona y postular, que el ahora auto llamado Eustaquio Campo Barrado es un farsante.

Por fin, a finales de Julio de 1888, se señala la fecha del 16 de octubre para la celebración del juicio oral en la causa de "el Muerto Resucitado" , despertando el interés de la prensa de ámbito nacional  que envía corresponsales a Plasencia.
Según el sumario instruido, al procesado de nombre Eugenio Santa Olalla según cédula personal, se le acusa en primer lugar, de delito consumado de usurpación de estado civil de Eugenio Santa Olalla Palomar, y en segundo lugar, de tentativa de usurpación de estado civil de otro, o sea de D. Eustaquio Campo Barrado; delitos comprendidos en al artículo 485 del Código Penal, por los que solicita diez años de prisión mayor para el primer delito y cuatro para el segundo.

El abogado defensor, D. Juan Fontán, solicita la libre absolución y que se le permita usar el nombre de Eustaquio Campo Barrado.
Para relatar el desarrollo del juicio me centro en lo publicado por el corresponsal de El País, habiendo crónicas de La Dinastía y de La Vanguardia de Barcelona y de los periódicos de Madrid, El Imparcial, La Correspondencia de España, La Época, La Iberia, etc.