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miércoles, marzo 26, 2014

Viajeros del Ayer: Émile Bégin. Parte II: De Vitoria hasta Burgos.

2. DESDE VITORIA HASTA BURGOS

En su libro de viajes, monsieur Bégin introduce pausas en la descripción del itinerario y añade apartados específicos sobre algunas cuestiones y costumbres que le llaman la atención, tales como la mendicidad existente en algunas zonas de España, sobre la que escribe:
El Angel de la Guarda. Murillo (1655)
"En las distintas provincias, así como en Castilla, la mendicidad por lo general abunda; se manifiesta ostensiblemente, sin vergüenza ni discreción, tan bien identificado su ejercicio profesional como cualquier otra industria, de manera que en las ciudades, ni siquiera parecen buscar la manera de dar lástima a las gentes por lo habituadas que están. Los mendigos visten bastante bien, a veces mejor que los ciudadanos normales, y todos los lugares les son aptos para aprovecharse del público. Una tarde en Sevilla, en el paseo de las Delicias, en medio de una multitud bastante numerosa, tropecé con un señor de buen aspecto, cubierto por una capa negra y le pisé el pie; mi primera reacción fue la de excusarme y llevarme la mano a mi sombrero; su reacción fue extenderme la suya. En otra ocasión, en la catedral de la misma ciudad, estaba admirando cierta encantadora composición en la que Murillo representa la inocencia infantil de Jesús conducido por un ángel, cuando el roce de una mantilla, la expresión de una mirada que me pareció dulce y el murmullo de una boca todavía hermosa, me sacó de mi estudio; mecánicamente respondí en español: -Tiene razón, es uno de los cuadros más magníficos de la catedral-, y reanudé el hilo de mis reflexiones; pero un minuto después, me empujan el codo, y bajo, la mantilla, veo salir una pequeña mano, y escucho una súplica que no tenía nada que ver con el arte. Este hábito de pedir limosna en las iglesias es una de las cosas más chocantes que he observado en España."
Mendigos en el claustro de la catedral de Barcelona
Grabado de Gustavo Doré. L'Espagne (1874). Barón Ch. Davillier 
Tras sus impresiones sobre la mendicidad, el consejo de la Mesta y otros temas, Émile Bégin continúa el relato de su viaje que le llevará desde Vitoria hasta Burgos. Entra en la meseta castellana atravesando el desfiladero de Pancorbo del que comenta lo siguiente:
"El famoso paso llamado la garganta de Pancorbo, en la que los restos del ejército francés, atrincherados hábilmente, forzaron en 1813 a lord Wellington a abandonar la ruta principal de Vizcaya, y a desviarse por la izquierda con todas sus fuerzas, es uno de los puntos estratégicos más interesantes de la Península española. De hecho, nada en cuanto a fortificaciones naturales, podría aparecer de una manera más dramática, comenta un viajero: dos peñascos de más de quinientos pies de altura, absolutamente desnudos, presentan los salientes de sus inmensos esqueletos, amenazando por ambos lados al temerario que se adentra entre sus paredes."   
Paso de Pancorbo. Dibujo de David Roberts,. hacia 1832. Grabado de J.C Varrall
Del paso de Pancorbo existen numerosos grabados de mediados del siglo XIX, algunos de los cuales parecen copias retocadas de otros anteriores. Reproduzco dos dibujos, arriba en blanco y negro el grabado de David Roberts (1796-1864), dibujante y pintor escocés que recorrió España entre 1832 y 1833, tomando numerosos apuntes que servirían para su reproducción en numerosas litografías y libros de viajes de diferentes autores, y debajo de estas líneas una acuarela en color del misterioso barón inglés Edgar T.A. Wigram (1864_1935), en la que reproduce el famoso desfiladero sin las formas un tanto exageradas e imaginarias de David Roberts.

Otra imagen con el paso de Pancorbo. Acuarela de Edgar T.A. Wigram, (1904?)

El viajero prosigue el viaje por la comarca de la Bureba, elogiando la fertilidad de sus campos, pasa por Briviesca, "jolie petite ville de deux mille âmes" y sobre lo accidentado del terreno escribe:
"Las mesetas de aquí son las más elevadas de toda España. Para llegar a la cima, diez mulas no parecen suficientes, cuatro bueyes vienen a unirse. Es digno de ver el aire solemne del boyero caminando al frente del convoy, sosteniendo una vara con misma gravedad que un obispo que caminase con su báculo; a destacar la inagotable verborrea del segundo boyero que acompaña la yunta. Únicamente habla él, gesticula, vocifera; toda la responsabilidad, toda la gloria de la subida le incumbe especialmente; y cuando se alcanza el objetivo, el aire de triunfo y de seguridad con que saluda a los viajeros sugiere la idea de una recompensa."
Desde Monasterio de Rodilla el camino es cuesta abajo y al fin la diligencia y sus maltrechos pasajeros llegan a Burgos.
A la capital castellana, lugar obligado para los viajeros de la época, Émile Bégin dedica un extenso capítulo de su libro, comenzando por una semblanza histórica de la ciudad y los tres periodos de reinado que dejaron su huella, a saber:  el reinado de Carlos V y de su hijo Felipe II; el reinado de Carlos III y por último el de Isabel II.
Vista de Burgos
Grabado de Rouargues Frères (hacia 1850)

Además de las visitas acostumbradas a los monumentos de Burgos, monsieur Bégin recorre sus calles y plazas, observando a las gentes y sus costumbres:
"Por lo general, las calles de Burgos son estrechas, mal pavimentadas, aunque guarnecidas  de aceras; sin embargo las numerosas plazas, grandes y pequeñas, facilitan la circulación del aire. En el centro de casi todas estas plazas se encuentra una fuente. La plaza de la Constitución, muy amplia, rodeada de soportales, está decorada con una estatua de bronce de Carlos III, de factura muy mediocre; en otra plaza hay una sirena de bronce dorado sobre un delfín; la pequeña plaza de Santa María posee un preciosa fuente renacentista. Los mercados de legumbres, de frutas, de carbón ocupan, en el centro de la ciudad, tres plazas que están contiguas y cerca de las cuales se encuentran las lonjas de la carne, del pescado, etc.; de manera que para el extranjero curioso por conocer los productos del país, la forma de vivir y las costumbres de los campesinos,  basta con dar sobre las nueve de la mañana unas cuantas vueltas de paseo. Casi todas las mercancías llegan en caballerías con alforjas." 
Burgos: mercado de la liendre
Dibujo de Gustavo Doré. Grabado de Charles Laplante (1874)
El viajero francés prosigue su paseo por la ciudad, y cuenta sus impresiones con un cierto toque irónico:
"De los mercados al Palacio de Justicia, no hay más que un paso; de las garras del mercader a las garras del procurador; no hay mas que una transición natural; también nosotros hemos sido conducidos, sin apenas habernos dado cuenta, al antro de los pleitos."
De su visita a la catedral de Burgos hace una extensa descripción, destacando la considerable variedad del conjunto catedralicio. De la Puerta de los Apóstoles, lamenta la desafortunada decisión de un obispo de mandar eliminar el parteluz que la precedía. Del interior recalca las riquezas y elegancia de las capillas, grandes como iglesias, señala la gran diferencia de calidad en la talla del venerado Cristo de Burgos en comparación con el Cristo que había visto en la iglesia de Vergara. Sobre el cofre del Cid Campeador, emplazado hoy en la capilla del Corpus, narra la conocida historia de la estratagema del héroe, para engañar a los prestamistas judíos que le hicieron un préstamo para poder pagar a sus mercenarios, dejando como garantía un cofre que supuestamente estaba lleno de joyas y riquezas, cuando en realidad únicamente contenía arena y piedras. Finalmente menciona dos elementos populares de la catedral, el llamado papa-moscas y el confesionario real, donde los reyes castellanos confesaban sus pecados una vez coronados.
Escalera dorada del brazo norte del crucero de la catedral
Dibujo de David Roberts (hacia 1833)
Tras visitar el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas y la cartuja de Miraflores, el viajero y médico francés termina su estancia en Burgos y emprende camino hacia Madrid, adentrándose en los páramos castellanos a los que denomina "désert".

Volver a Parte I: Desde la frontera hasta Vitoria 
Sigue en Parte III: De Burgos a Madrid




 

   
 


1 comentario:

Anónimo dijo...

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