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lunes, marzo 17, 2014

Viajeros del Ayer: Émile Bégin. Parte I: Desde la frontera hasta Vitoria

1. DESDE LA FRONTERA HASTA VITORIA

Buscando en la red imágenes de otros tiempos, he encontrado en algunos antiguos libros de viajes una valiosa e importante fuente de datos y documentación gráfica.

Uno de los libros de viajes más interesantes que descubrí, fue el publicado en 1852 por el médico, oficial de sanidad e historiador francés, Émile Auguste Bégin (1802-1888), quien recorrió la Península Ibérica en 1850, reflejando sus impresiones y anécdotas en el libro "Voyage pittoresque en Espagne, et en Portugal", y que contiene unas magníficas ilustraciones de los MM. Rouargue Frères, grabadores y pintores de gran prestigio.

Fotografía de Émile Bégin tomada en 1872
Ni que decir tiene que los grabados de los hermanos Rouargue, se encuentran reproducidos en infinidad de sitios, y que existen numerosas copias y reproducciones en colecciones de museos y galerías, por lo que junto con la insertación de las ilustraciones, aprovecho para añadir algunos comentarios sobre el itinerario seguido por Émile Bégin, e incluir la traducción de algunos párrafos de su libro.

Los comentarios que hace monsieur Bégin, en ocasiones no son nada elogiosos para las distintas ciudades o regiones por las que transcurrió su viaje. así como tampoco para sus habitantes. También comete errores sobre nombres y lugares geográficos, pero en su conjunto es un notable documento para conocer aspectos y costumbres de las distintas  zonas y de las gentes que poblaban la Península Ibérica a mediados del siglo XIX.


 Uno de los grabados más curiosos es el de una diligencia de la época, tirada por 10 mulas, subiendo por una pronunciada cuesta, el collado de Balaguer, situado en la provincia de Tarragona. Al observar el grabado en color, con el carruaje a punto de volcar, no puedo por menos de imaginar el pavor que debían soportar los sufridos viajeros que se atrevían a viajar por los caminos de tierra y piedras de aquélla época.

El médico y viajero francés entra en España por la frontera de Irún, dando cuenta del cambio en la composición y aparejo del medio de transporte:
Diligencia cruzando el coll de Balaguer (Tarragona) hacia 1850

"Nuestro carruaje intercambia sus cinco caballos por siete mulas, su conductor por un mayoral, su postillón habitual por un zagal, y como añadido se incorpora delante un pequeño mensajero, de sobrenombre el condenado a muerte, ya que habitualmente va de Irún a Madrid sin parar, embridado, desenganchada su cabalgadura a la que monta a horcajadas y a la que dirige al trote, a menudo a galope, en cabeza del enganche. En otros tiempos el servicio se hubiese considerado incompleto sin el escopetero, enemigo oficial de los bandoleros cuando no era él incluso salteador, y que ocupaba provisto de una carabina, el pescante trasero de la diligencia; pero gracias a la guardia civil, los nuevos gendarmes españoles, la ausencia de malhechores ha hecho del escopetero un objeto de lujo y fantasía."
Grabado con la composición de una diligencia hacia de 1840
Del libro "Recuerdos de un viaje por España". Francisco de Paula Mellado. 

 "¡Arre! grita el mayoral; ¡arre!, repite el zagal, acompañando los golpes de látigo o de vara con un puñado de extrañas palabras dirigidas a las mulas, las cuales tienen un apodo que las distingue: Capitana, Bella, Generala, Negra; las mulas poseen cualidades y defectos que resaltan continuamente,  y que acompañan con el ¡dia, dia!, ¡hu, hu! y de juramentos de los que caramba es la expresión más suave. Las mulas, dice M. Challamel, distinguen la jerga. A la primera palabra del postillón, hay que verlas levantar las orejas, enderezarse, ralentizar o apresurar el paso. Si alguna de ellas se muestra poco dócil o va demasiado deprisa, nuestro postillón, ágil como un vasco, salta de su asiento situado a la misma altura que el del coupé de las diligencias francesas, y rápidamente las corrige, lo que a veces dura varios minutos. En algunos momentos, el parloteo con las mulas es general. El delantero, el mayoral, el zagal, vociferan a un tiempo; formando un trío de bajos y contraltos que vienen a unirse a la cadencia de los cascabeles que penden del cuello de las mulas y al chirriante sonido de un eje mal engrasado." 
Monsieur Bégin pasa por San Sebastián destacando su limpieza y la uniformidad de sus edificios, y se dirige a Tolosa, que en aquéllos años era la capital de Guipúzcoa, elogiando de camino, la belleza del valle del río Urola y el balneario de Cestona.

En la villa de Vergara,  visita el famoso Cristo de la Agonía, del que escribe lo siguiente:
"...Lo tienen encerrado en una sombría capilla, en la que lo muestran encendiendo los cirios del santuario; pero al contrario que otras mediocridades por las que cada viajero muestra una admiración dictada por las guías, este Cristo supera infinitamente su renombre, que no traspasa las fronteras del País Vasco. La vista de este Cristo hace daño, me dice desviando los ojos, un hombre del pueblo, un muchacho tranquilo que me acompañaba: ningún elogio podría ser ni más directo, ni más verídico:"
El viajero prosigue viaje hasta Vitoria, y allí recuerda la batalla que tuvo lugar en junio de 1813, entre las tropas napoleónicas que escoltaban a José Bonaparte en su abandono de España y el ejército formado por tropas españolas, inglesas, portuguesas y alemanas, al mando del duque de Wellington.

Grabado que representa la Batalla de Vitoria.
 Martial achievements of Great Britain and her allies from 1799 to 1815
Dibujo: W. Heath; Coloreador: M. Dubourg; Grabador:I. Clark. (1814)
"Nuestras tropas ocuparon Vitoria durante largo tiempo; pero en 1813, después del memorable asunto que lleva su nombre, una batalla casi sin combate, increíblemente enrevesada, confusa sin duda, fue necesario evacuar la Península. José Bonaparte, al que el general Beaufort-d'Hautpoul protegía la retirada, se encontró con la situación del rey don Rodrigo:
 Ayer fui señor de España
Y hoy no tengo una almena
Que pueda decir que es mía
                    Romancero
El campo de batalla es soberbio. El ejército anglo-español, mandado por Wellington confluyó en la planicie por el camino de Burgos, bordeó la ciudad y avanzó hasta la carretera de Francia, al objeto de cortar nuestra retirada. Los testigos oculares aseguraron, dice M. Adolphe Blanqui, que esta maniobra fue ejecutada con una precisión admirable, y que desde lo alto de los muros, la marcha de las columnas inglesas ofrecía un aspecto magnífico. Cada cual atribuye la debacle a la  falta de entendimiento de nuestros generales, y cuenta de esta memorable escaramuza algún hecho trágico o anecdótico. No fue:, en efecto, una derrota normal: el ejército, cargado de tesoros y de mujeres, era seguido como una presa por sus cazadores; las más hermosas damas de la corte de España, y las ricas joyas de la Indias, tentaban igualmente a vencedores y vencidos.Tampoco hubo combate, y sin la división del general Foy, sin las tropas del general Hautpoul, ni siquiera hubiera habido retirada. Se produjo entonces, algo lamentable, las encantadoras y acicaladas damas, se abalanzaban desde sus carruajes hacia la caballería, a los pies de los dragones y les ofrecían todos los tesoros que pudiesen tomar, si las dejaban subirse a horcajadas para escapar de la furia de los españoles. Vimos los carromatos del ejército francés saqueados por los soldados encargados de protegerlos, y el campo de batalla cubierto de calesas, berlinas, carros y cofres ensangrentados o rotos por la metralla y las balas. Un número considerable de mujeres quedaron tendidas en la campa. No se puede observar sin un sentimiento de pesar, la colina y el bosque por donde escaparon el resto de este gran desastre, que cuenta como una fecha destacada en las celebraciones de la independencia española."
Batalla de Vitoria, traslado de prisioneros.
 Martial achievements of Great Britain and her allies from 1799 to 1815
Bibujo: W. Heath; Coloreador: M. Dubourg; Grabador:I. Clark .(1814)








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